Mediación y Coaching

Archivo Mensual: noviembre 2014

La Mediación

La mediación, profesión y forma de entender la vida

Llevar una mediación significa fundamentalmente facilitar la comunicación entre las personas en conflicto a fin de llegar a un acuerdo duradero. Tomas Fiutak, Le médiateur dans l’arène.

Los conflictos son inherentes a la condición humana porque el hombre se mueve por percepciones. “Un conflicto se produce cuando individuos o grupos entran en competición para defender los mismos intereses, guiados por objetivos y/o motivos más o menos incompatibles.” (Thomas Fiutak).

No es necesario que esos objetivos sean incompatibles; basta con que sean percibidos como tales. Uno de los factores que más influyen en esa percepción de incompatibilidad es la deficiente comunicación: el mensaje se va diluyendo o modificando a partir de lo que digo -que muchas veces empieza por no ser lo mismo que lo que tenía intención de decir-, lo que la otra parte oye, lo que está dispuesta a oír, lo que entiende y lo que desea que el emisor crea que ha entendido.

Una vez desencadenado el conflicto, las partes disponen de diversas opciones para hacerle frente, tanto para gestionarlo como para resolverlo. La manera en que se aborda un conflicto depende de varios factores: pueden influir el contexto, la cultura, el carácter, las emociones y la actitud. Todas ellas se traducen en un mayor o menor grado de protagonismo de las partes en su gestión y resolución.

Siendo la mediación un proceso de arraigo relativamente reciente, muchas personas que no están directamente familiarizadas con los métodos alternativos de resolución de conflictos tienen una idea un tanto errónea de ella, siendo habitualmente confundida con el arbitraje o la conciliación.

Pero veamos en primer lugar las diversas opciones que existen para resolver los conflictos, desde la decisión de un juez hasta la pura negociación directa entre las partes.

Lo que un juez decide tiene un poder vinculante y de obligado cumplimiento. Las partes carecen de poder, salvo su eventual derecho a apelar su decisión.

En segundo lugar, el arbitraje, proceso resultante de un acuerdo de las partes en designar voluntariamente a un tercero, y de someterse a su decisión, que también es de obligado cumplimiento.

La conciliación es igualmente un proceso voluntario. El conciliador, que puede ser elegido por las partes, propone soluciones y las partes son libres de aceptarlas o no. Se trata de un acuerdo privado.

La mediación es un proceso que podría asemejarse a una negociación asistida, una búsqueda no violenta de soluciones a percepciones de intereses compatibles. El mediador trabaja con las partes de manera colaborativa en el análisis de conflicto. Dirige el proceso pero son las propias partes las que gestionan sus discrepancias y su forma de alcanzar acuerdos. Es un proceso voluntario, que tanto el mediador como las partes pueden abandonar en el momento que consideren oportuno.

En el caso de la negociación, las partes dialogan, sin intervención de terceros, para consensuar un acuerdo. No hace falta decir que es un proceso voluntario y que las partes tienen la máxima capacidad de decisión.

La mediación se rige por los principios de voluntariedad, confidencialidad, imparcialidad con respecto a las partes y neutralidad con respecto al resultado. Requiere por parte de todos los participantes una gran dosis de creatividad.

El mediador debe reunir una serie de características que lo hagan apto para este complicado trabajo. Hay que tener en cuenta su necesidad de percibir lo posible y guiar a los protagonistas hacia un punto en el que puedan juzgar el valor de un acuerdo mutuo. Hay que ser consciente de que pasará por momentos de tensión frente a los clientes y frente a sus propias tensiones internas. Deberá ser capaz de mover muchos hilos al mismo tiempo, muchas veces con información insuficiente. Una buena dosis de sentido del humor le será de gran ayuda. Saber ganarse la confianza, saber escuchar, ser sensible a los valores ajenos y mantener un lenguaje claro y neutral.

En palabras del mencionado Thomas Fiutak, podríamos resumir la labor del mediador como la de proveer los mecanismos para alentar a las partes a pasar libremente de la desconfianza mutua a una colaboración efectiva.

En la mediación se produce una explosión de emociones que conduce a las partes a tomar conciencia de la realidad del otro; es el momento crucial del proceso, en el que las personas participantes están listas para un cambio de comportamiento, con el objetivo de construir una nueva realidad que ayude a encontrar soluciones.

¿Qué ventajas ofrece la mediación? En primer lugar, la rapidez. En casos de mediación entre empresas, por ejemplo, muchas veces bastan dos o tres sesiones para alcanzar un acuerdo. En segundo lugar, el bajo coste, particularmente comparado con el arbitraje. En tercer lugar, la asunción de responsabilidad en la gestión del conflicto; no se delega a terceros. Por último, y en ocasiones como factor más importante, se preservan las relaciones futuras entre las partes, pues el acuerdo es suyo y así lo han deseado.

La mediación es un canto a la responsabilidad personal, pues las partes se hacen cargo de la gestión del problema; es una apuesta decidida por la inteligencia al servicio de las relaciones humanas; fomenta la autoconfianza, pues transforma el miedo a mostrarse vulnerable en autoestima por ser capaz de gestionar situaciones complicadas. Quien haya participado de alguna manera en una mediación de calidad, difícilmente dejará de aplicar sus técnicas de comunicación en cualquier ámbito de sus relaciones personales y profesionales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Motivación

La motivación, ese motor que no siempre está a punto

Si hacemos un repaso mental a las personas que hemos conocido a lo largo de nuestra vida, no tendremos problemas en identificar a aquéllas que, según nuestros parámetros, consideramos que han logrado el éxito y a otras que, a pesar de tener las condiciones necesarias para ello, se han quedado a medio camino.

Una de las claves para alcanzar los objetivos está en la motivación, ese carburante que nos permite mantenernos en la carrera diaria y cuya intensidad está fuertemente ligada al rendimiento profesional.

Para analizar la relación entre motivación y rendimiento, vale la pena echar mano del mundo del deporte, ámbito que nos ofrece múltiples ejemplos del desarrollo de la actividad humana, tanto física como mental. Entre los deportistas encontramos diferentes patrones de motivación, con las lógicas consecuencias en su rendimiento, tanto en el entrenamiento como en la competición.

No es la carga lo que te hace caer, sino la manera en que la llevas. Lou Holtz

Un primer patrón lo configuran aquellos deportistas que han aprendido a instalarse en la impotencia. Se caracterizan por un nivel de esfuerzo bajo y por atribuir sus fracasos a factores externos -mala suerte o rivales fuera de alcance. No les vale la pena el esfuerzo, pues piensan que el resultado escapará siempre a su control. Este sentimiento de impotencia tiene su origen en experiencias pasadas, en las que, por diversas razones, las derrotas fueron el pan de cada día.

La buena noticia es que lo que se aprende puede ser desaprendido. Un buen coach trabajará para redefinir su concepto de éxito, llevándolo al terreno de la mejora personal, que es lo único que el deportista puede controlar, y ayudándole a olvidarse de la comparación con otros, ambición tan habitual como estéril.

Un segundo patrón lo constituye el miedo al fracaso. Se trata de un motivador muy fuerte, pero que resta energía y placer a la actividad que se lleva a cabo. La ansiedad generada por el miedo se traduce en bajo rendimiento. El miedo al fracaso puede tener varias causas, aunque casi todas hacen que la autoestima y los afectos estén condicionados a los resultados deportivos.

Los síntomas del miedo al fracaso se detectan por la invención de excusas antes y durante la competición, la preocupación por la valoración ajena y miedo al nivel del adversario. La ansiedad provoca la sensación de falta total de control. Los afectados se sienten incapaces de hacer un análisis racional de la derrota, ya que consideran al fracaso como única medida de su valor.

La primera medida para dominar ese miedo es reconocerlo. La labor del coach consistirá en establecer un canal de comunicación muy fluido y paciente con el deportista y lograr que identifique la derrota como una oportunidad para aprender, actitud propia de los grandes deportistas. Es fundamental que sea capaz de separar su identidad de su rendimiento. Las técnicas de establecimiento de objetivos personales son de gran ayuda.

Algunos creen que ganar acarrea consecuencias negativos, lo que los convierte en sujetos del miedo al éxito. No todos los deportistas están en condiciones de digerir las expectativas poco realistas de su entorno, ni se sienten cómodos con la idea de servir de ejemplo a otros. Otro factor que puede influir es un cierto miedo a eclipsar a compañeros menos dotados. Se dan incluso casos de deportistas con talento que se retienen en la competición por miedo a decepcionar a un ser querido que ha puesto sus expectativas de futuro fuera del ámbito del deporte.

Los que tienen miedo al éxito perciben la competición como una especie de pequeña tortura por la que tienen que pasar con una cierta frecuencia; aflojan en su esfuerzo cuando están en ella e incluso llegan a evitarla si les es posible.

Sus objetivos deben ser claros y no debe permitir que les sean impuestos otros. Necesitan seguridad y ayuda para expandir su zona de confort, así como técnicas de visualización que representen su mejor versión, acorde con su potencial. Las dinámicas de grupo ayudarán a armonizar su rendimiento con el del resto del equipo.

El perfeccionismo es un motivador que causa muchos problemas. Es la minuciosidad llevada al extremo. El perfeccionista no está nunca satisfecho con lo que hace y se siente culpable cuando descansa. Necesita ayuda para poner su rendimiento en perspectiva y darse cuenta de la necesidad del descanso físico y mental. Se le puede ayudar instándole a verbalizar los aspectos positivos de la competición, una vez acabada ésta. Se le debe fomentar el placer del proceso, independizándolo del resultado.

El deportista instalado en el bajo rendimiento, llamado coloquialmente “manta”, es aquél con talento natural pero adicto a la ley del mínimo esfuerzo. Su principal enemigo es precisamente su talento. Se queda anclado en éxitos pasados y alcanza niveles competitivos para los que no está preparado. Su principal reto es identificar la relación entre esfuerzo y éxito. Debe cambiar la perspectiva del tiempo, ya que está centrado en el pasado y debe entender que los éxitos pasados no garantizan los futuros.

La eficacia adquirida, término acuñado por el psicólogo Robert Rotella, es el patrón ideal y el que proporciona los mejores resultados. El deportista con esta motivación asume el control de su rendimiento, no necesita excusas y percibe las debilidades como desafíos. Su confianza no se pone en riesgo por el hecho de padecer alguna derrota. Se prepara a conciencia, con objetivos claros y sabe que los factores externos, por sí solos, no son determinantes. Sabe abstraerse de las distracciones en la competición y considera que tanto el pasado como el presente y el futuro pueden aportar cosas importantes.

Muchos son los casos de talentos desperdiciados por un mal ajuste en la motivación. Se me ocurren varios, tanto en el pasado como en el presente. Sería deseable reducir su número en el futuro. En eso estamos.

Fuera de juego

¿Te sientes fuera de juego?

Awareness requires living in the here and now, and not in the elsewhere, the past or the future.
Eric Berne, Games People Play

Una calurosa tarde de domingo, acuciado por la urgencia de refrescar mi garganta, entré en una cafetería del centro de la ciudad. El local estaba abarrotado de un púbico chillón cuyo centro de atención era un televisor que emitía un partido de fútbol. Por lo caldeado del ambiente, imaginé que el encuentro era de los de alto voltaje. Se enfrentaban, en efecto, dos de los equipos llamados “gallitos” de la competición.

Cuando entré, el partido estaba empatado pero, a los pocos minutos, el equipo local marcó un gol. El individuo que tenía a mi lado profirió inmediatamente un sonoro grito:

-¡¡¡Fuera de juego!!!

Deduje que se trataba de un aficionado del equipo que acababa de ver perforada su portería. En efecto, tanto él como la mayoría de sus colegas telespectadores, aunque residentes en esta ciudad, provenían de la región del equipo visitante.

-¿Era fuera de juego, verdad?, me dijo mi vecino, dándome un codazo que por poco no acabó con mi vaso de refresco en el suelo.

-La verdad, no me lo ha parecido, pero tal vez la repetición nos saque de dudas.

La repetición, antaño conocida como la “moviola”, dejó claro que el árbitro acertó en su decisión de dar validez al gol.

-Ya ve, parece que el gol es legal.

-Pero bueno, ¿no se da usted cuenta que el delantero se ha quedado solo delante del portero en el momento del remate?

Tuve que explicarle que lo que determinaba la situación de fuera de juego era la posición del balón en el momento del pase y que las imágenes era muy explícitas al respecto: no se daban las condiciones para la anulación del gol.

Mordiendo su cigarro puro y con la cara de color rojo cereza, me espetó:

-¡Bueno, pero seguro que si hubiera sido fuera de juego tampoco lo habría anulado!

-Me temo que eso nunca lo sabremos, le contesté.

Acabado el partido con victoria local, me despedí de mi compañero de barra deseándole más suerte para los próximos partidos.

En cualquier otro momento de mi vida, la anécdota no hubiera superado la categoría de banal. Ese día, sin embargo, no pude dejar de darle vueltas a la cabeza durante mi trayecto de regreso a casa. En primer lugar, el estado de excitación en el que se encontraban los espectadores del bar me hizo reflexionar sobre las cosas que podemos controlar y las otras. Sin darnos cuenta, dejamos en manos -en esta ocasión, en pies- de otras personas, sobre las que además no podemos ejercer ningún tipo de control, la responsabilidad de nuestro bienestar emocional.

Me llamó igualmente la atención la absoluta necesidad de seguridad que tenemos, y cuya confirmación solicitamos encarecidamente (“¿Era fuera de juego, verdad?”).

A esa necesidad se une la de tener razón, mucho más acuciante que la conquista de la verdad. En el caso de marras, la revelación del acierto arbitral pasó a un segundo plano ante la hipótesis de que, en caso de que la posición del jugador hubiera sido ilegal, el árbitro habría actuado de manera torticera, dando a pesar de todo por válido el gol, en perjuicio de sus amados colores. Ese tranquilizador “Piensa mal y acertarás”, que nos invita a no indagar más allá de la superficie de las cosas y a quedarnos en nuestra querida zona de confort.

Gracias a la adquisición de habilidades de conciencia propia y ajena, unos minutos de audiencia televisiva compartida dieron para mucho. Me di cuenta de que no sólo estaba en condiciones de poder identificar lo que el otro pensaba y sentía, sino de que también me importaba. Hace un tiempo no habría sido capaz de captar todos esos matices tan útiles para vivir plenamente. Pensé en lo curioso que resulta el hecho de que un desconocido te ofrezca la oportunidad de descubrir en la práctica los conocimientos previamente adquiridos. Y al mismo tiempo sentí la necesidad de incorporarlos a mis formaciones para poder compartirlos con más personas. Todo un privilegio.