Mediación y Coaching

Archivo Mensual: enero 2017

Cómo reaccionar ante una evaluación negativa

Evaluar una evaluación negativa

 

A las evaluaciones les ocurre lo mismo que a otras muchas cosas: lo realmente determinante no es el hecho en sí sino cómo reaccionamos ante ellas. Cuando hemos realizado una tarea que a nuestro entender es correcta, por no decir muy buena, recibir un feedback negativo nos descuadra. Y la primera reacción suele ser de estupor e incredulidad.

Tras esa reacción inicial, vale la pena analizar detenidamente si la evaluación negativa ha sido realizada de manera correcta. Ello nos ayudará no solo a identificar la idoneidad de la misma sino también como guía para cuando seamos nosotros los que tengamos que evaluar la tarea de otras personas.

Varias son los requisitos que debe cumplir una evaluación para que sea considerada válida y eficaz. No nos olvidemos que el objetivo es la mejora en el rendimiento, nunca un mero desahogo personal.

El primero, que por obvio parecería innecesario señalar, es el de hacerlo con respeto hacia el destinatario, y tras haber considerado de manera apreciativa  las cualidades de esa persona, con independencia del problema en concreto a evaluar.

Es igualmente necesario separar a la persona del problema. Lo que estamos evaluando es su actuación, no su identidad; esta debe permanecer intocable. En otras palabras, es la conducta o el rendimiento el objetivo de la evaluación. Si no se hace de esta manera, la percepción es que estamos atacando a la persona, con independencia de la tarea en cuestión. Y eso deslegitima la evaluación.

La forma de expresarse es también determinante. Recordemos que se está evaluando una tarea y que, en todo caso, se está manifestando una percepción. Por tanto, debe manifestarse lo que se percibe, cómo impacta en quien lo percibe y finalmente cuál es la petición que se realiza a la persona evaluada. No se trata de culpabilizar al destinatario. Con este esquema en mente, no perdamos de vista el objetivo: esto no es una simple queja sino una propuesta de cambio para resolver un problema. Añadiría que en la mayoría de casos este tipo de evaluación o feedback correctivo es recomendable hacerlo de manera privada.

Evaluation

Tanto para evaluar como para recibir sin problema la evaluación, son de gran utilidad una serie de factores. Se debe aceptar lo que el destinatario tenga de positivo y ponerlo de manifiesto; tener en cuenta que la otra persona puede tener unos valores que, aunque distintos a los propios, pueden constituir un valor añadido. Ser flexible ayuda, como lo hace el saber comunicarse de manera asertiva. La evaluación precisa de claridad en la comunicación acerca de lo que se quiere corregir, y de una manifestación expresada con el máximo respeto.

Dejo para el final una de las características más importantes y que de alguna manera facilitan el resto: tener un alto nivel de autoestima. Cuando uno es consciente de sus propios recursos y limitaciones, no tiene el más mínimo problema en valorar de manera objetiva a los demás, tanto en lo positivo como en lo que merece corrección. Para él, hacerlo no supone una amenaza para su seguridad y no tendrá objeción en reconocer un error cuando él mismo lo haya cometido.

Desde el punto de vista negativo, y como contrapartida a los requisitos anteriormente mencionados, está claro que limitan la capacidad de evaluar de manera correcta cualquier miedo o inseguridad personal, que merman la capacidad de juicio y fomentan la tendencia a maximizar los defectos ajenos y la tendencia automática a la crítica.

Muy común también es la falta de habilidades sociales, que acarrean una comunicación defectuosa y poco asertiva. Quien carezca de ellas tendrá muchos problemas en reconocer lo positivo del destinatario y el reconocimiento que ello lleva implícito.

Todos estos elementos son esenciales a la hora de identificar si la evaluación que hemos recibido es conforme a la realidad, si está realizada con criterios objetivos y expresada en términos concretos y dirigidos a la conducta a corregir o simplemente forma parte de la expresión de un malestar personal que va más allá de asunto en cuestión. De igual manera, este análisis es sumamente valioso para cuando seamos nosotros los que tengamos que evaluar la conducta o la tarea de otra persona.

 

 

 

La argumentación de las críticas

Desviando la argumentación

 

El reciente discurso de Meryl Streep en el escenario del Berverly Hilton, en ocasión de la entrega de los Globos de Oro, ha provocado todo tipo de reacciones. Desde el apoyo incondicional y absoluto por parte de los detractores de Donald Trump hasta la denigración de la actriz por parte de los que consideran al presidente electo un individuo al que todo se le puede y debe perdonar.

La actriz criticó duramente al político echándole en cara, entre otras cosas, haberse burlado –con mímica incluida- de una persona con discapacidad, y de fomentar la violencia. La reacción de Trump en las redes sociales ha sido la de acusar a Streep de criticarle sin conocerle, de un lado, pero ha aprovechado la ocasión para incluir en su respuesta la consideración de que la actriz está sobrevalorada, como si ello llevara implícito la falta de legitimidad para la crítica. La misma lógica habría valido para invalidar su derecho a la crítica bajo la acusación de ser una mala jugadora de golf, por ejemplo.

Vaya por delante que la aportación por parte de quien escribe estas líneas es totalmente independiente de su opinión respecto al presidente electo. Ése sería un tema para otro debate. Hoy hablo de algo en lo que se cae con demasiada frecuencia: cuando uno recibe una crítica sobre algún aspecto de su vida, en lugar de rebatir esa crítica se aparta el foco del objeto de la misma para contraatacar apuntando a la calidad o valor profesional de quien la emite. Esa actitud manifiesta una falta de argumentos para rebatir el tema en cuestión y la consecuente necesidad de desviar la atención hacia otros aspectos de la vida del crítico. Una actitud que tiene sin duda enormes réditos entre los incondicionales del criticado.

OpinionFact

Supongamos el caso a la inversa: Trump acusa a Streep de sobreactuar en sus películas y ésta replica diciendo que la política exterior de aquél es deficiente. Mismo esquema, mismo desvío.

Otro argumento esgrimido en la repulsa a las palabras de la actriz es el de considerar que el momento y el lugar no eran los indicados para hacer ese tipo de declaraciones. Si seguimos esa lógica, debemos concluir que, en el hipotético caso de que Meryl Streep hubiera aprovechado la ocasión para alabar al presidente electo, los mismos partidarios de Donald Trump se habrían igualmente escandalizado y puesto el grito en el cielo por considerar que ése no era el contexto adecuado. Sería lo lógico, ¿no?

En este caso se ha puesto en evidencia a un personaje enormemente mediático, pero no nos llevemos a engaño: se trata más de una postura personal que política y es práctica habitual de personas pertenecientes a un amplio abanico de tendencias y de actividades muy diversas.

Ojalá llegue el día en que no necesitemos elogiar todo lo que piensa, dice o hace un personaje con el que tenemos cierta afinidad, sea cual sea ese todo y lo que signifique esa persona para nosotros. Entre otras cosas, esa incondicionalidad no hace ningún favor al destinatario, a las personas de su entorno ni, caso de ser alguien con alta repercusión pública, al conjunto de la comunidad.

Esta manera de “argumentar” no es patrimonio exclusivo de la política. En muchos otros ámbitos –profesional, deportivo, familiar-, cuando se producen discrepancias, desacuerdos o conflictos, las partes en juego tienen tendencia a la generalización de acusaciones, a meter en la cesta de las denuncias todo aquello que pueda castigar a la otra parte y dañar su reputación, sin reparar si ello es cierto o justo.

Saber argumentar no sólo enaltece a quien lo practica sino que ayuda a resolver problemas y conflictos. Su práctica debería ser enseñada desde la infancia y con ello nos ahorraríamos infinidad de problemas. Aunque cabría preguntarse si de verdad interesa formar a los jóvenes en argumentación, escucha, diálogo, discutir, negociación y gestión de situaciones conflictivas. Si no se hace será por algo.