Mediación y Coaching

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Aprobado general

Si no lo hemos experimentado directamente, seguro que muchos hemos oído hablar de un profesor que tenía la costumbre de regalar un aprobado general.

Recuerdo el conocido caso de un catedrático de universidad -hace de eso muchas décadas- que utilizaba con asiduidad esa práctica. Cuando alguien se la reprochaba, siempre contestaba: “Ya les suspenderá la vida”. Manifestación en apariencia banal, como si fuese consecuencia de una falta de interés por el devenir del alumno. En realidad, de una crueldad inmensa con consecuencias catastróficas para quien en principio podría considerarse como beneficiado por la medida.

En efecto: hay muchas probabilidades de que quien esté acostumbrado a recibir el aprobado sin haber hecho el más mínimo esfuerzo sea arrollado por el torbellino de la vida y recoja el correspondiente suspenso. Un suspenso mucho más doloroso y duradero que el de la aquella asignatura. Puedo dar fe de varios casos. Tan difícil de superar es una juventud dura como lo es superar una demasiado edulcorada.

Cierto es que cada persona tiene su propia manera de reaccionar frente a las circunstancias; eso nos hace genuinamente distintos y humanos. Pero precisamente por eso, habrá muchos que interiorizarán la idea de que el esfuerzo no es necesario para alcanzar el éxito. Así, nuestra tarea no es la de dejar el camino allanado para que los que vienen detrás puedan circular con comodidad sino enseñarles a allanarlo por sus propios medios. No siempre van a tener un pionero que les preceda y les deje las cosas fáciles.

En el caso concreto de la educación en la infancia, conozco casos muy cercanos de elogio por parte de padres y profesores al talento y la inteligencia de algunos alumnos. Para mí, no son ni el talento ni la inteligencia en sí lo digno de elogio, sino el trabajo que supone ponerlos en práctica. Elogiar más el talento que el esfuerzo tiene el alto riesgo de que el niño se convenza de que su talento será siempre suficiente para triunfar.

Proteger es enseñar a utilizar las herramientas precisas para vivir; sobreproteger es hacer creer que todo es positivo, ocultando que el mundo tiene colmillos.

Tan dados como somos al movimiento pendular, corremos el riesgo de caer en el otro extremo y preconizar la dificultad como paradigma del aprendizaje. Una cosa es que te lo dejen chupado y otra que te lo pongan poco menos que imposible. Esfuerzo sí, pero esfuerzo inteligente, tendente a la adquisición de hábitos y habilidades con el objetivo de estar en condiciones de superar los obstáculos. Recordemos que una vida plena requiere ponerse retos a la altura de las propias capacidades. Ni más bajos, lo que lleva al aburrimiento, ni tan altos que caigamos en brazos de la frustración. Una vez adquiridas esas habilidades, es imprescindible ponerlas en práctica de manera sostenida y constante. Nos cuesta hacerlo; diría que es una de las asignaturas pendientes más evidentes del ser humano.

Con la práctica no llegaremos a la perfección, pero eso no es ningún problema porque la perfección, diría que casi por definición, es inalcanzable. Pero el hábito del esfuerzo repetido afina el talento y nos acerca a la transformación y ésta, al cambio deseado.

I yearn not for the easy path, but for the right path.  For ‘easy’ and ‘right’ are rarely compatible. Craig D. Lounsbrough

Un buen resultado puede llegar, en escasísimas ocasiones, como fruto de una casualidad, pero recordemos que el resultado que no es consecuencia de un proceso no sirve para aprender. Y los procesos suelen requerir esfuerzos.

Por favor, no caigamos en la tentación de regalar un aprobado general, en ningún ámbito y en ningún momento. Es un veneno de efectos a largo plazo, pero enormemente letal.

Conflicto en la charca

Gregg F. Relyea y Joshua N. Weiss escribieron un cuento titulado ‘Trouble At The Watering Hole’, algo así como ‘Conflicto en la charca’. El cuento fue publicado por Resolution Press y cuenta con las ilustraciones Vikrant Singh. Está acompañando de un manual para padres y profesores y tiene como objetivo enseñar a los niños a gestionar las situaciones de conflicto con las que se pudieran encontrar. El cuento relata los problemas de convivencia de un grupo de animales.

Emo, un osezno, vive feliz en compañía de su madre. Le gusta bañarse en la charca y jugar con su amigo Chickie, un petirrojo.

Un día, después de jugar, cuando Emo se disponía a hacer la siesta, escuchó un gran alboroto. Escondidos tras unos arbustos. Emo y Chickie contemplaron cómo un alce, un lobo y un ciervo discutían a grito pelado. Todos reivindicaban la propiedad de la charca y su derecho prioritario a su uso particular.

“¡El agua es mía!”, dijo el alce.

“¡No! ¡Es mía!”, dijo el ciervo.

“¡Ni hablar, me pertenece!”, aulló y gritó el lobo.

La cosa se ponía fea. Los tres animales exhibían sus razones y las acompañaban de argumentos disuasorios en forma de astas, pezuñas y colmillos afilados.

Cuando la cosa empezaba a ponerse fea, Elmo hizo de tripas corazón, dio un paso adelante y le dijo al alce:

“¿No cree que ha llegado el momento de calmarse un poco?”

“¿Y eso de qué va a servir?”, contestó el alce.

“Podrían hablar por turnos y escuchar lo que desea cada uno”, añadió Chickie.

“¡Nada de escucharnos! No hay nada de qué hablar. ¡Soy el animal más grande y más fuerte de este bosque!”, dijo. “Por lo tanto, el agua debería ser solo para mí”.

“Un momento”, dijo el lobo. “Soy el animal más listo del bosque. ¡El agua debería ser mía!”.

El ciervo dio un golpe en el agua con sus pezuñas y gritó: “¡He estado viniendo a esta charca desde hace mucho más tiempo que cualquiera de vosotros! ¡Por derecho, el agua me pertenece!”.

Los mosquitos daban vueltas zumbando. También reclamaban el agua.

Estaba claro que escucharse los unos a los otros no era su prioridad.

Emo se estaba impacientando. “¿Podemos calmarnos de una vez y escuchar las razones por las que cada uno necesita el agua?”

El ciervo fue el primero en reaccionar. “¿Tendrán razón estos dos? Todos necesitamos el agua, pero me pregunto si no será por diferentes razones…” Propuso al alce y al lobo que hablaran no solo de por qué necesitaban el agua sino también de cuándo.

Resulta que el alce solo necesitaba ir a la charca durante el día cuando le entraba la sed, después de comer su ración de hierba. El ciervo chupaba el agua del musgo y de las hojas, así como de la nieve que se deshace; cualquier hora del día le iba bien para pasarse por la charca. El lobo, por su parte, tan solo se paseaba por allí durante sus rondas nocturnas.

Vaya, parece que había sido útil saber que cada uno necesita la charca, pero en diferentes momentos y por distintas razones. Pero cuando parecía que todo estaba listo para llegar a un acuerdo, el lobo, que es muy sagaz, hizo la siguiente observación: “Aunque sepamos cuándo y por qué la necesitamos, la charca se nos queda pequeña. No hay agua para todos”.

Intervino entonces el ciervo, que había estado observando el trajín del castor con ramas y palos, y tuvo una idea: le preguntó si podría construir un dique para desviar un poco de agua del riachuelo cercano y poder llenar la charca.

El castor accedió gustoso, no sin antes advertirles que ese trabajo no podía hacerlo solo. Se las ingeniaron para ayudarle y lograron su objetivo. Ni tan siquiera la llegada de una bandada de garzas, que se posaron para beber de la charca, supuso para ellos una amenaza; las garzas les explicaron que estaban migrando hacia el Sur y se detenían tan solo un momento para beber un sorbo y tomar fuerzas para el viaje.

                                                                       *

A pesar de que los niños son los principales destinatarios del cuento, bien haríamos los adultos en tomar nota de varios aspectos a la hora de abordar un conflicto:

  • Como en todo conflicto, en este se produce una incompatibilidad -o al menos una percepción de esta- en las reivindicaciones de las partes. Todos quieren lo mismo y creen que el hecho de que uno lo obtenga anula las reivindicaciones ajenas.
  • No hay que temer al hecho de que las posiciones iniciales sean distantes y expresadas con vehemencia, cuando no con ira.
  • La simple exposición de deseos deja el conflicto intacto. Para abordar su gestión, hay que profundizar en los motivos que cada parte tiene para su particular reivindicación. Pasar del “qué” al “para qué”.
  • Para ello es necesario que cada parte se exprese y que las otras escuchen de manera atenta. Siempre se puede encontrar un resquicio que nos ayude en el planteamiento.
  • Vale la pena confirmar si el mero hecho de “repartir el pastel” soluciona las cosas. A veces existe la posibilidad de hacer un “pastel más grande”, cuyo reparto resulte más beneficioso para todos.
  • La colaboración de las partes en la construcción del acuerdo aumenta las probabilidades de éxito.

En cualquier caso, hemos de ser conscientes que la gestión eficaz de un conflicto requiere un ejercicio de responsabilidad personal, una mente abierta, mucho trabajo y altas dosis de paciencia.

¿Cuántas charcas nos encontramos a lo largo de nuestra vida y cómo gestionamos su uso?

La soledad opcional o impuesta

 

La soledad derivada de un sistema social

Hace unos días, la Filmoteca de Navarra me pidió que presentara un par de películas dentro de su ciclo dedicado a la soledad.

La primera de ellas, “La teoría sueca del amor”, es un documental sobre el movimiento iniciado en Suecia en los años 70 en favor de la individualidad e independencia del individuo en sus relaciones sociales. La experiencia les ha demostrado que el supuesto estado de bienestar no garantiza la felicidad fuera del contacto humano. En otros países con muchos menos recursos la ciudadanía parece vivir más feliz simplemente valorando y compartiendo lo que poseen.

http://www.imdb.com/title/tt4716560/

Le persona que me invitó a hacer las presentaciones me recomendó la lectura de un artículo de Rosa Montero, publicado en El País Semanal del pasado día 4 de febrero del presente año.

https://elpais.com/elpais/2018/01/29/eps/1517224907_231613.html

La periodista relata su experiencia personal durante su estancia en el Reino Unido en los años 80. Dedica la primera parte al elogio de la autonomía como forma de crecimiento personal. Estar solo, ser capaz de “sacarse la castañas del fuego” sin tener que recurrir a ayudas externas, es encomiable. Pero claro, estamos hablando de una soledad deseada, con el entramado social y familiar en la recámara, pudiendo recurrir a él en cualquier momento. Una especie de soledad a la carta, lo que en inglés –lengua de matices donde las haya- se llama “solitude”, soledad en el sentido del mero estado de encontrarse o vivir solo, separado del resto de personas.

“Si cuando estás solo te sientes solo, es que estás en mala compañía.” Jean-Paul Sartre

 

Otra cosa es la soledad no deseada, el equivalente del vocablo “loneliness”, ese sentimiento de tristeza y dolor derivado a veces del estado de soledad.

En el Reino Unido se hablaba ya hace más de 30 años de la soledad como problema social, sobre todo entre la gente mayor. El asunto se ha agravado con el tiempo. Montero nos facilita un dato espeluznante: en el mencionado país, en el transcurso de un mes 200.000 personas no han podido tener una sola conversación ni con familiares ni con amigos. No es de extrañar que muchas de esas personas vayan al médico con el único objetivo de poder hablar con alguien, con independencia de cómo se encuentren. En ese país, la soledad ha desplazado a la obesidad como principal amenaza para la salud.

En los países latinos el problema no es de momento tan acuciante, pero llevamos un camino similar al de los países anteriormente citados, sobre todo en lo que concierne a los ancianos. Los problemas económicos de las familias, junto con la cada vez mayor longevidad, hace que los mayores se conviertan en verdaderas víctimas de sus propios familiares. En este sentido, el siguiente artículo nos relata una sangrante situación de abandono.

https://politica.elpais.com/politica/2018/03/26/diario_de_espana/1522092904_996135.html

La gestión individual de la soledad

La segunda película, El rayo verde, de Eric Rohmer, enfoca el problema de la soledad desde un punto de vista más intimista.

http://www.imdb.com/title/tt0091830/

Aquí, en lugar del problema de la soledad, se aborda la gestión emocional que se hace de ella. Alguien, que en apariencia tiene las necesidades básicas satisfechas, se encuentra en un momento determinado sin compañía. Su malestar contamina su entorno y sus amigos se empeñan en someterla a una interminable sesión de consejos no solicitados. Por cierto, qué fácil es resolver los problemas ajenos…

La protagonista se siente, como suele decirse, “mal en su piel”. Al mismo tiempo se resiste a abandonar ese estado al considerar que no le compensa lo que tiene que hacer para abandonarlo. Está metida en su zona de confort, abonada a un cierto victimismo. Su coartada se centra en que para lograr un cambio todo debe estar en su sitio y que cualquier situación que no sea del todo perfecta no vale la pena ser explorada.

“Pour avoir si souvent dormi avec ma solitude, je m’en suis fait presqu’une amie, une douce habitude.” Georges Moustaki, Ma solitude

Estar solo o sentirse solo. Recluirse en uno mismo por el placer de estar en soledad o porque  los demás siempre te decepcionan. Cuando la soledad es una opción, no hay problema. Otra cosa es la soledad impuesta, ya sea por el sistema social o por el propio entorno. Ahí vamos a necesitar ayuda externa. Tomar conciencia a nivel individual y gubernamental es clave para paliar una situación que se agrava de manera particular para los ancianos, esas personas que ha trabajado toda su vida y que merecen un reconocimiento y la recompensa de un mínimo de comodidad y tranquilidad en sus últimos años.

 

Fomentar la autonomía

 

La autonomía, factor clave para el desarrollo de la autoestima

 

Su infancia fue dulce, aunque no especialmente feliz. Desde un punto de vista material, tuvo todo lo que un niño puede desear y, desde luego, mucho más de lo que podía necesitar. Los problemas eran algo ajeno a su vida y, si alguna vez oía hablar de ellos, tenía el pleno convencimiento de que no iban a pasar a mayores porque su padre estaba ahí para solucionarlos. Vivía en una campana de cristal, a salvo de cualquier cosa que pudiera perturbar su tranquila y aséptica existencia, aunque eso también le privaba de experimentar otras sensaciones.

Si bien en la infancia su incapacidad para afrontar problemas tenía una escasa repercusión en su vida, en la adolescencia la cosa empezó a manifestarse con mayor frecuencia e intensidad. En la relación con amigos, profesores, compañeros de equipo, entrenadores, cada vez que surgía algún roce, discrepancia o litigio, se sentía totalmente desarmado. Miraba a su alrededor pero no siempre encontraba a su padre para que saliera al rescate.

Fueron pasando los años y ese muchacho, convertido en hombre y padre de familia, seguía sin encontrar los recursos para afrontar problemas. Por ley de vida, el apoyo de su padre se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo. Le seguía costando mucho tomar decisiones, tal era su inseguridad y falta de confianza en sí mismo.

La sobreprotección lastra al individuo. Es una bomba de relojería que tiene todos los visos de explotar más temprano que tarde a lo largo de la vida.

La cabeza le daba vueltas sin cesar. La situación era insostenible. ¿Cómo voy a poder salir de ella?, pensaba. Su desesperación adquirió dimensiones insoportables. Culpaba a sus padres por cómo le había educado y se envenenaba con ese sentimiento. Hasta que un día se encendió un interruptor en su interior y tomó la decisión más importante de su vida: haría lo que fuera preciso para acabar con la situación. Dio un puñetazo en la mesa y salió a dar un paseo. Las mejores ideas las había tenido siempre mientras caminaba. Se mostró resuelto a dejar de lado su temor a parecer vulnerable y pidió ayuda a un amigo. Un arduo trabajo de autoconocimiento le ayudó a desarrollar una autoestima que parecía desaparecida desde tiempo inmemorial. Poco a poco fue tomando el timón de su vida y adquiriendo práctica en la toma de decisiones.

Era consciente de que no es suficiente con haber llegado a ese estado y actuar de manera rutinaria sino que hay que trabajar todos los días para no correr el riesgo de recaer y volver a la casilla de salida. A menudo se hace la misma reflexión: qué duro es sobrevivir a una infancia regalada… Y se ha propuesto llevar la lección a la práctica en todos los ámbitos de su vida: personal, profesional y social.

Fomentar la autonomía en la infancia eleva el nivel de autoestima cuando se producen los logros, por pequeños que sean.

Con la lección bien aprendida, intenta aplicarla a la educación de sus hijos. No piensa hacerles pasar por una vida como la suya. Aun sin intención –da por hecho que en su caso se actuó de buena fe- la sobreprotección puede equipararse en sus consecuencias a un maltrato del cual es difícil y costoso recuperarse. En sus relaciones profesionales ha constatado que lo que dice Daniel H. Pink es totalmente cierto: el control lleva a la docilidad; la autonomía, al compromiso. La autonomía genera autoestima, y ésta es uno de los elementos básicos y originales de la inteligencia emocional. De hecho, es el que permite acceder al resto de elementos.

Estemos abiertos a opiniones ajenas, solicitemos consejos y ayuda si lo consideramos necesario, pero tengamos el firme propósito de tomar nuestras propias decisiones y hacernos responsables de ellas. Nuestra felicidad está en juego.

 

El valor adaptativo del miedo

El miedo, mi gran aliado

 

El miedo está siempre a nuestra disposición, desde la más tierna infancia hasta el último día de nuestros días. Se puede presentar con múltiples caras, en las más diversas circunstancias y en diferentes intensidades.

Influidos por el carácter, por las circunstancias, por la educación o por los ejemplos presenciados, reaccionamos de una manera u otra cuando se nos presenta una situación que nos produce miedo. Estas situaciones son muy variopintas: cambios sustanciales, falta de estabilidad laboral –una reciente encuesta señala que el 37% de los españoles teme perder su empleo a corto plazo-, inestabilidad política –parece innecesario dar ejemplos-, inseguridad personal y colectiva, el futuro de nuestros seres queridos, la muerte, el error, la falta de aceptación, incluso el éxito –por la responsabilidad que acarrea-, etc. En definitiva, cualquier incertidumbre es susceptible de generar miedo.

Hace unos años, a un amigo que se encontraba enfermo -en una fase avanzada de la enfermedad-, le preguntaron en una entrevista: “¿Te da miedo la muerte?”. “Nada.”, contestó. “Estoy seguro que después de morir seremos felices.”. Ignoro si su respuesta era sincera o simplemente quería tranquilizar a sus amigos. En todo caso, aunque algunos podrían considerarlo como una actitud optimista, yo la vi más como una muestra de la coherencia que demostró a lo largo de su vida. Él se preocupaba y ocupaba de las cosas que podía controlar; al resto no le dedicaba ni un ápice de su tiempo ni de su energía.

Hay básicamente tres tipos de situaciones en la vida: las que podemos controlar; aquellas en las que, sin controlarlas, podemos ejercer una cierta influencia, y las que escapan totalmente a nuestro control. Muchas veces centramos nuestra atención y el consecuente miedo en lo que está fuera de nuestro control. Por la razón que sea, entre las que destacaría el deseo de eludir responsabilidades, solemos dedicar gran parte de nuestro tiempo a lo que no podemos controlar. Y eso nos genera una ansiedad y un estrés inmensos, porque nos sentimos en manos de fuerzas externas.

¿Por qué pensamos que el miedo es siempre algo negativo? ¿Acaso no nos sirve para sobrevivir, para anticiparnos a las eventuales amenazas que se cruzan en nuestro camino? ¿No es el miedo un excelente motivador para ponernos en acción y reforzar nuestra seguridad? ¿No es el miedo requisito imprescindible para mostrar valentía?

El miedo no es siempre controlable, pero hay momentos en que podemos disponer de un cierto espacio de libertad para escoger entre tener miedo o no tenerlo. La forma sana de expresarlo se traduce en una actitud proactiva; la forma inefectiva se manifiesta en parálisis, pasividad o negación del mismo.

“No hay mayor espejismo que el miedo.” Lao Tzu

El problema no es la realidad, sino nuestra percepción de ella. Frente a una situación incómoda, la forma en que reaccionamos es muchas veces más determinante que la situación en sí. Dar un paso atrás, vernos desde la posición de un espectador neutral, nos puede ayudar a tener una perspectiva más afinada de la situación. ¿Es realmente el tema tan agobiante, tan digno de ser temido? ¿Qué voy a pensar de esto dentro de cinco años?

“Superar lo que más temes es lo que más fuerza te da.” Matshona Dhliwayo

Vivir con miedo o aprender a gestionarlo en la medida de lo posible. Ahí está la gran decisión. ¿Voy a ser esclavo del miedo o su aliado? Eleonor Rossevelt recomendaba hacer cada día tres cosas que nos produjeran un cierto miedo. Es un buen consejo que podríamos ampliar a situaciones que nos incomoden, siempre y cuando el objetivo tenga un sentido práctico y nos sirva de ayuda. Tengamos muy en cuenta que el miedo es uno de esos obstáculos que no se franquean rodeándolos, sino afrontándolos de cara.

Así que, cuando nos digan “No tengas miedo” -una de esas frases que se suelen soltar de manera bastante frívola a modo de consejo bienintencionado-, podríamos contestar: “Gracias por tu interés, pero quisiera algo más. Miedo voy a tener de todas formas.  Lo que deseo es estar en condiciones de superarlo y de poder afrontar la situaciones que lo generan”.

 

La responsabilidad

Asumir la responsabilidad o simplemente reconocerla

Una de las cosas que me gustan de la lengua inglesa es su capacidad para matizar los significados de sus palabras. Entre los múltiples ejemplos destaco aquí los vocablos “Responsible” y “Accountable”. En español ambos se traducen como “Responsable”. Hay, sin embargo, una diferencia entre ambas acepciones: la segunda hace referencia a la obligación de “rendir cuentas” de tus actos; es decir, ser responsable “ante a alguien”.

Digo esto porque hay una extendida tendencia a manifestar de manera bastante frívola la “asunción” de la responsabilidad cuando algo no ha funcionado de la manera esperada. “Asumo mi responsabilidad”, se suele decir. Pero la cosa raramente va más allá. En realidad lo que se expresa es simplemente el reconocimiento, no la asunción. Asumir no es lo mismo que reconocer; asumir suele tener consecuencias mucho más duras que limitarse a reconocer una responsabilidad.

“Es fácil ensuciar cuando no eres tú el que tiene que limpiarlo.” Criss Jami

Uno no nace con el gen de la responsabilidad incorporado. Como ocurre con tantas otras cosas, la responsabilidad se trabaja empezando por la voluntad de alcanzarla, pasando por un  desarrollo de la inteligencia emocional –autoconocimiento, autoestima, conocimiento y valoración de los otros-, para ponerla en práctica de manera sostenida y constante.

Responsabilidad

Es fácil de identificar, tanto en los ámbitos personales como profesionales, a las personas responsables. Se distinguen por estas características:

1- Proactividad: No esperan a que se les diga lo que deben hacer. Se adelantan, toman la iniciativa con firmeza y decisión

2- Autoconciencia: Sabe quiénes son, cuáles son sus objetivos, sus puntos fuertes y débiles.

3- Automotivación: Su motivación no está sujeta a factores o estímulos externos; viene de su interior.

4- Autodisciplina: No precisan de sometimiento a normas impuestas para adquirir una disciplina que les permita desenvolverse en la vida.

5- Búsqueda constante de la mejora personal: Son inconformistas y autoexigentes, y siempre están a la búsqueda de su mejor versión.

6- Ejemplo: En lugar de decir lo que hay que hacer, lo hacen. No les duelen prendas a la hora de realizar tareas que se suponen no son de su competencia. No emplean el látigo, tiran del carro. Y recogen ese papel que hay en el suelo.

Las personas responsables se desenvuelven como pez en el agua en un entorno de libertad. No la temen; es más, la necesitan, pues la libertad lleva una gran carga de responsabilidad, que es donde ellos destacan.

“La libertad es la voluntad de ser responsables de nosotros mismos.” Friedrich Nietzsche

Una persona emocionalmente inteligente es capaz de asimilar grandes dosis de libertad porque siempre sabrá gestionar la responsabilidad inherente. Buena noticia en muchos aspectos. En el mundo profesional, por ejemplo, los viejos paradigmas de coerción de libertades van poco a poco dejando paso a otro tipo de mentalidades. Las empresas bien dirigidas están ofreciendo un mayor grado de libertad a sus empleados a medida que van creciendo, y de esta manera atraen talento e innovación. Una manera eficaz de irse asegurando el éxito.

En el ámbito personal, la aceptación de la responsabilidad es una de las más claras muestras de madurez y el valor que nos será más útil para alcanzar nuestra mejor versión.

 

El presente, ese desconocido

El presente, atrapado entre el pasado y el futuro

 

Somos expertos en valorar el pasado y en dedicar nuestro tiempo a la expectación de lo por venir. Adictos a la nostalgia y a la anticipación, raramente gozamos del momento presente.

La verdad es que es difícil definir el presente. Echemos un vistazo a la definición que nos ofrece el diccionario de la RAE:

Dicho del tiempo: Que es aquel en que está quien habla

Se entiende lo que quiere decir, pero, aun así, es complicado trasladarlo a la realidad. ¿Cuánto dura? Ahora que estoy escribiendo, es presente, pero cuando paso a la siguiente frase, ese presente del que acabo de hablar ya es pasado. Creo que para entender lo que nos pasa con el tiempo tenemos que hacer una pequeña trampa: arañar un poco del pasado y otro poco del futuro y añadirlo a lo que entendemos como presente. Para vivir algo plenamente necesitamos un cierto lapso de tiempo que nos permita percibir las cosas.

Bien, ya le hemos regalado un poco más de espacio (tiempo) al presente. El problema, sin embargo, no desaparece. Nuestra mente sigue con su continuo vaivén: atrás, adelante, atrás, adelante… Rechazamos el momento presente; no estamos cómodos con él. El pasado va adquiriendo más calidad a medida que se va alejando; el futuro está lleno de esperanza, de misterio o de miedo. El pasado no se puede cambiar; por lo tanto, lo que hacemos es alterar la percepción que tenemos del mismo, reinterpretándolo y adecuándolo a nuestros intereses. En todo caso, a ambos tiempos les dedicamos la mayor parte de nuestros pensamientos y energías.

“El futuro es, en principio al menos, moldeable, pero el pasado es sólido, macizo e inapelablemente fijo. Sin embargo, en la práctica de la política de la memoria, futuro y pasado han intercambiado sus respectivas actitudes”  Zygmunt Bauman 

 

PercepciónTiempo

 

Un ejemplo muy ilustrativo es el caso de las vacaciones. Todo el mundo se muestra entusiasmado cuando se acercan, reina la excitación sobre las cosas maravillosas que nos van a deparar y su preparación es causa de alegría y felicidad. No se tarda mucho tiempo, una vez comenzadas, en dejarse llevar por el runrún de su final. Se van descontando los días del calendario y la melancolía se va instalando en las mentes. ¡Y estamos en vacaciones, en ese período tan esperado y en el que nos lo íbamos a pasar tan bien! Una vez terminadas, entramos en lo que los expertos llaman depresión posvacacional, que tiene una duración variable pero que suele desvanecerse cuando entra en liza la perspectiva de las siguientes vacaciones.

La razón principal por la que nos ocurre esto es la falta de conciencia, tanto de nosotros mismos como de los demás y de nuestro entorno. Para abandonar la necesidad de anclarnos en el pasado y en el futuro necesitamos reconocer lo que estamos sintiendo, darle un nombre a la emoción que se deriva de ese sentimiento y decidir cómo vamos a actuar como consecuencia de ello. ¿Recuerdas aquella ocasión en la que tuviste una fuerte reacción emocional frente un acontecimiento concreto? Da un repaso a los puntos que acabo de mencionar e intenta determinar cuál fue tu emoción y cómo impactó en tus pensamientos y en tu conducta. Te servirá de ayuda en el futuro.

Los sentimientos y sensaciones son experiencias integrales, que moran tanto en nuestro cerebro emocional como en nuestro cuerpo. Si estamos atentos a lo que nos comunican, podemos disfrutarlos, afrontarlos y gestionarlos de manera que nos sirvan de aprendizaje.

“Vive eternamente quien vive en el presente.”  Ludwig Wittgenstein

 

Las preguntas no formuladas

Olvidé muchas preguntas

 

Te fuiste, como todos, cuando te tocó, aunque para los seres queridos ese momento llegue siempre demasiado pronto. Tu vida fue plena en muchos sentidos. Dejaste un buen recuerdo en las personas que se cruzaron en tu camino, muchas de las cuales vivieron mejor porque tú viviste, y ésa es una de las mejores definiciones del concepto de éxito.

Trabajamos juntos en diversos proyectos que nos llevaron a lugares lejanos. Compartimos mesa con personajes considerados mundanamente importantes y también con personas interesantes. Parecíamos un buen complemento el uno para el otro. El futuro se presentaba brillante y lleno de retos. Y sin embargo…

Con la serenidad que da el paso y el poso del tiempo, entiendo que compartimos más experiencias que conversaciones. El silencio, como forma de comunicación, ofrece dos caras: por un lado, uno tiene la sensación de que las cosas se dan por entendidas, que si no las comentas es que hay acuerdo, al menos en lo básico; por el otro, el silencio te llena de dudas, de preguntas que quedan en el aire sin respuesta. Y tras cada reflexión, tras cada pregunta muda, uno piensa que ya llegará el momento de exteriorizarla.

Preguntas

El tiempo, gran aliado para algunas cosas, ejerce un gran poder de descomposición para otras. Uno se acostumbra a no preguntar si nunca es preguntado. Las dudas no despejadas se acumulan y algunas decisiones en apariencia incomprensibles adquieren la dolorosa categoría de desprecio o ninguneo. Si suena a reproche, no dudes de que lo es; pero, en primer y principal lugar, hacia mí mismo. Todos los días, sin excepción, me pregunto por qué no pregunté, por qué no expresé mis sentimientos y mis frustraciones.

Y llega un día en que el tiempo ejerce su inapelable dictadura y te deja sin la oportunidad que estabas esperando para poner las cartas sobre la mesa y boca arriba. Se acabó. Ahí te quedas con tus cosas. Apáñatelas tú solo.

Afortunadamente, el tiempo también ha venido a mi rescate con su mejor versión. Me ha abierto los ojos a una nueva perspectiva. Lo que hasta hace poco eran miradas frustrantes hacia el pasado, son ahora visiones de oportunidad. En lugar de llorar sobre la leche derramada, pienso que puedo ayudar a otras personas a que el cántaro no se les caiga de las manos. Yo he aprendido la lección pero he pagado una factura muy alta en términos de tiempo, esfuerzo y desgaste emocional. Si estas líneas pueden servir para que alguien reflexione y pueda gestionar mejor que yo una situación semejante, las doy por bien empleadas.

No me gusta dar consejos no solicitados; camuflaré éste bajo el disfraz de una recomendación: no permitáis que el tiempo determine si una conversación se va a quedar para siempre pendiente. Vosotros mismos os lo agradeceréis.

 

El reconocimiento

El reconocimiento como herramienta de desbloqueo

 

Vamos a empezar por definir el reconocimiento. Se trata de una manera de expresarse y de actuar que produce en la otra parte la sensación de ser valorada por todo aquello que piensa, dice y hace, y todo ello manifestado con el máximo respeto.

Me encuentro de bruces con una situación conflictiva, con bastantes elementos que confluyen y contribuyen a ella, y con graves daños colaterales. He hablado con ambas partes y puedo decir que las posiciones son muy claras y su antagonismo muy evidente: una se siente maltratada, herida y poco escuchada; la otra, ninguneada, agredida y engañada. En apariencia las cosas están en un punto sin retorno. Ambas han expresado de forma nítida sus posiciones y su intención de no moverse de ellas.

Goats

Como suele ocurrir en estos casos, por lo menos una de las partes sale a la búsqueda y captura de cómplices que confirmen que su posición es la correcta, al tiempo que se encarga de intentar engrosar su lista de aliados en la denigración de la otra parte.

No es una novedad: que el asunto vaya por esos derroteros es de lo más corriente, como lo es el hecho de que las consecuencias del conflicto desborden a las partes para afectar de manera negativa a todo un colectivo. Ya son muchos los testigos de la situación que han mostrado su inquietud por las repercusiones que dicho conflicto está teniendo en la comunidad.

Dejar pasar el tiempo sin más no produce más que el enquistamiento de la situación. En estos casos la actitud de evitación del conflicto no sirve más que para acrecentarlo y mantenerlo, pues es un asunto con la suficiente entidad como para afrontarlo sin dilación.

Algunas de las personas afectadas por este conflicto me preguntan si, al ser las posturas tan diametralmente enfrentadas, vale la pena intentar una vía alternativa a la judicial. En efecto, tras varias decisiones judiciales la situación ha vuelto al punto de partida con el añadido del enconamiento y el deterioro de las relaciones hasta puntos alarmantes, sin mencionar los costes económicos que ello ha supuesto. Dos poderosas razones para intentar la vía de la mediación.

Lo voy a intentar. No hace falta dar muchas más vueltas a la situación presente. Toca “rascar”. Parece evidente que, una vez más, voy a tener que ponerme el traje de neopreno y dejar la superficie en la que están instaladas las posiciones para sumergirme y explorar los intereses y las necesidades de cada una de las partes.

Tras escuchar lo que tiene que decir cada una de las partes implicadas, les voy a pedir un esfuerzo, reconociendo para mis adentros que va a ser titánico: deben admitir como posible el punto de vista del otro y renunciar a la certeza absoluta sobre el propio; deben admitir los errores propios –tras reflexionar si los hubiere-; y, tal vez lo más importante y complicado, deben dar y recibir reconocimiento positivo.

Complicado, lo sé. Pero merece la pena hacer el esfuerzo. Mi tarea va a ser hacerles comprender que, con independencia de quién tenga más o menos razón, deben tener muy claras las opciones. ¿Cuál va a ser la mejor alternativa en caso de no llegar a un acuerdo?: ¿Volver a empezar, con los costes adicionales y las posturas todavía más enconadas?,  ¿mantener el statu quo, con las pérdidas tanto económicas como emocionales para ambas partes y para el resto la comunidad afectada?

Lograr una respuesta sincera a estas preguntas constituye un desafío. Las partes deben centrarse en ellas y en hacer un ejercicio de memoria: ¿Qué les llevó en un principio a formalizar un acuerdo de colaboración? ¿Cuáles eran los elementos positivos que lo posibilitaron?

Es el momento de que las partes hagan una decidida apuesta por su valentía e inteligencia. Esta vía les ayudará a hacerse responsables de sus decisiones y de su destino. Allá vamos.