Mediación y Coaching

Emociones

La soledad opcional o impuesta

 

La soledad derivada de un sistema social

Hace unos días, la Filmoteca de Navarra me pidió que presentara un par de películas dentro de su ciclo dedicado a la soledad.

La primera de ellas, “La teoría sueca del amor”, es un documental sobre el movimiento iniciado en Suecia en los años 70 en favor de la individualidad e independencia del individuo en sus relaciones sociales. La experiencia les ha demostrado que el supuesto estado de bienestar no garantiza la felicidad fuera del contacto humano. En otros países con muchos menos recursos la ciudadanía parece vivir más feliz simplemente valorando y compartiendo lo que poseen.

http://www.imdb.com/title/tt4716560/

Le persona que me invitó a hacer las presentaciones me recomendó la lectura de un artículo de Rosa Montero, publicado en El País Semanal del pasado día 4 de febrero del presente año.

https://elpais.com/elpais/2018/01/29/eps/1517224907_231613.html

La periodista relata su experiencia personal durante su estancia en el Reino Unido en los años 80. Dedica la primera parte al elogio de la autonomía como forma de crecimiento personal. Estar solo, ser capaz de “sacarse la castañas del fuego” sin tener que recurrir a ayudas externas, es encomiable. Pero claro, estamos hablando de una soledad deseada, con el entramado social y familiar en la recámara, pudiendo recurrir a él en cualquier momento. Una especie de soledad a la carta, lo que en inglés –lengua de matices donde las haya- se llama “solitude”, soledad en el sentido del mero estado de encontrarse o vivir solo, separado del resto de personas.

“Si cuando estás solo te sientes solo, es que estás en mala compañía.” Jean-Paul Sartre

 

Otra cosa es la soledad no deseada, el equivalente del vocablo “loneliness”, ese sentimiento de tristeza y dolor derivado a veces del estado de soledad.

En el Reino Unido se hablaba ya hace más de 30 años de la soledad como problema social, sobre todo entre la gente mayor. El asunto se ha agravado con el tiempo. Montero nos facilita un dato espeluznante: en el mencionado país, en el transcurso de un mes 200.000 personas no han podido tener una sola conversación ni con familiares ni con amigos. No es de extrañar que muchas de esas personas vayan al médico con el único objetivo de poder hablar con alguien, con independencia de cómo se encuentren. En ese país, la soledad ha desplazado a la obesidad como principal amenaza para la salud.

En los países latinos el problema no es de momento tan acuciante, pero llevamos un camino similar al de los países anteriormente citados, sobre todo en lo que concierne a los ancianos. Los problemas económicos de las familias, junto con la cada vez mayor longevidad, hace que los mayores se conviertan en verdaderas víctimas de sus propios familiares. En este sentido, el siguiente artículo nos relata una sangrante situación de abandono.

https://politica.elpais.com/politica/2018/03/26/diario_de_espana/1522092904_996135.html

La gestión individual de la soledad

La segunda película, El rayo verde, de Eric Rohmer, enfoca el problema de la soledad desde un punto de vista más intimista.

http://www.imdb.com/title/tt0091830/

Aquí, en lugar del problema de la soledad, se aborda la gestión emocional que se hace de ella. Alguien, que en apariencia tiene las necesidades básicas satisfechas, se encuentra en un momento determinado sin compañía. Su malestar contamina su entorno y sus amigos se empeñan en someterla a una interminable sesión de consejos no solicitados. Por cierto, qué fácil es resolver los problemas ajenos…

La protagonista se siente, como suele decirse, “mal en su piel”. Al mismo tiempo se resiste a abandonar ese estado al considerar que no le compensa lo que tiene que hacer para abandonarlo. Está metida en su zona de confort, abonada a un cierto victimismo. Su coartada se centra en que para lograr un cambio todo debe estar en su sitio y que cualquier situación que no sea del todo perfecta no vale la pena ser explorada.

“Pour avoir si souvent dormi avec ma solitude, je m’en suis fait presqu’une amie, une douce habitude.” Georges Moustaki, Ma solitude

Estar solo o sentirse solo. Recluirse en uno mismo por el placer de estar en soledad o porque  los demás siempre te decepcionan. Cuando la soledad es una opción, no hay problema. Otra cosa es la soledad impuesta, ya sea por el sistema social o por el propio entorno. Ahí vamos a necesitar ayuda externa. Tomar conciencia a nivel individual y gubernamental es clave para paliar una situación que se agrava de manera particular para los ancianos, esas personas que ha trabajado toda su vida y que merecen un reconocimiento y la recompensa de un mínimo de comodidad y tranquilidad en sus últimos años.

 

Fomentar la autonomía

 

La autonomía, factor clave para el desarrollo de la autoestima

 

Su infancia fue dulce, aunque no especialmente feliz. Desde un punto de vista material, tuvo todo lo que un niño puede desear y, desde luego, mucho más de lo que podía necesitar. Los problemas eran algo ajeno a su vida y, si alguna vez oía hablar de ellos, tenía el pleno convencimiento de que no iban a pasar a mayores porque su padre estaba ahí para solucionarlos. Vivía en una campana de cristal, a salvo de cualquier cosa que pudiera perturbar su tranquila y aséptica existencia, aunque eso también le privaba de experimentar otras sensaciones.

Si bien en la infancia su incapacidad para afrontar problemas tenía una escasa repercusión en su vida, en la adolescencia la cosa empezó a manifestarse con mayor frecuencia e intensidad. En la relación con amigos, profesores, compañeros de equipo, entrenadores, cada vez que surgía algún roce, discrepancia o litigio, se sentía totalmente desarmado. Miraba a su alrededor pero no siempre encontraba a su padre para que saliera al rescate.

Fueron pasando los años y ese muchacho, convertido en hombre y padre de familia, seguía sin encontrar los recursos para afrontar problemas. Por ley de vida, el apoyo de su padre se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo. Le seguía costando mucho tomar decisiones, tal era su inseguridad y falta de confianza en sí mismo.

La sobreprotección lastra al individuo. Es una bomba de relojería que tiene todos los visos de explotar más temprano que tarde a lo largo de la vida.

La cabeza le daba vueltas sin cesar. La situación era insostenible. ¿Cómo voy a poder salir de ella?, pensaba. Su desesperación adquirió dimensiones insoportables. Culpaba a sus padres por cómo le había educado y se envenenaba con ese sentimiento. Hasta que un día se encendió un interruptor en su interior y tomó la decisión más importante de su vida: haría lo que fuera preciso para acabar con la situación. Dio un puñetazo en la mesa y salió a dar un paseo. Las mejores ideas las había tenido siempre mientras caminaba. Se mostró resuelto a dejar de lado su temor a parecer vulnerable y pidió ayuda a un amigo. Un arduo trabajo de autoconocimiento le ayudó a desarrollar una autoestima que parecía desaparecida desde tiempo inmemorial. Poco a poco fue tomando el timón de su vida y adquiriendo práctica en la toma de decisiones.

Era consciente de que no es suficiente con haber llegado a ese estado y actuar de manera rutinaria sino que hay que trabajar todos los días para no correr el riesgo de recaer y volver a la casilla de salida. A menudo se hace la misma reflexión: qué duro es sobrevivir a una infancia regalada… Y se ha propuesto llevar la lección a la práctica en todos los ámbitos de su vida: personal, profesional y social.

Fomentar la autonomía en la infancia eleva el nivel de autoestima cuando se producen los logros, por pequeños que sean.

Con la lección bien aprendida, intenta aplicarla a la educación de sus hijos. No piensa hacerles pasar por una vida como la suya. Aun sin intención –da por hecho que en su caso se actuó de buena fe- la sobreprotección puede equipararse en sus consecuencias a un maltrato del cual es difícil y costoso recuperarse. En sus relaciones profesionales ha constatado que lo que dice Daniel H. Pink es totalmente cierto: el control lleva a la docilidad; la autonomía, al compromiso. La autonomía genera autoestima, y ésta es uno de los elementos básicos y originales de la inteligencia emocional. De hecho, es el que permite acceder al resto de elementos.

Estemos abiertos a opiniones ajenas, solicitemos consejos y ayuda si lo consideramos necesario, pero tengamos el firme propósito de tomar nuestras propias decisiones y hacernos responsables de ellas. Nuestra felicidad está en juego.

 

El valor adaptativo del miedo

El miedo, mi gran aliado

 

El miedo está siempre a nuestra disposición, desde la más tierna infancia hasta el último día de nuestros días. Se puede presentar con múltiples caras, en las más diversas circunstancias y en diferentes intensidades.

Influidos por el carácter, por las circunstancias, por la educación o por los ejemplos presenciados, reaccionamos de una manera u otra cuando se nos presenta una situación que nos produce miedo. Estas situaciones son muy variopintas: cambios sustanciales, falta de estabilidad laboral –una reciente encuesta señala que el 37% de los españoles teme perder su empleo a corto plazo-, inestabilidad política –parece innecesario dar ejemplos-, inseguridad personal y colectiva, el futuro de nuestros seres queridos, la muerte, el error, la falta de aceptación, incluso el éxito –por la responsabilidad que acarrea-, etc. En definitiva, cualquier incertidumbre es susceptible de generar miedo.

Hace unos años, a un amigo que se encontraba enfermo -en una fase avanzada de la enfermedad-, le preguntaron en una entrevista: “¿Te da miedo la muerte?”. “Nada.”, contestó. “Estoy seguro que después de morir seremos felices.”. Ignoro si su respuesta era sincera o simplemente quería tranquilizar a sus amigos. En todo caso, aunque algunos podrían considerarlo como una actitud optimista, yo la vi más como una muestra de la coherencia que demostró a lo largo de su vida. Él se preocupaba y ocupaba de las cosas que podía controlar; al resto no le dedicaba ni un ápice de su tiempo ni de su energía.

Hay básicamente tres tipos de situaciones en la vida: las que podemos controlar; aquellas en las que, sin controlarlas, podemos ejercer una cierta influencia, y las que escapan totalmente a nuestro control. Muchas veces centramos nuestra atención y el consecuente miedo en lo que está fuera de nuestro control. Por la razón que sea, entre las que destacaría el deseo de eludir responsabilidades, solemos dedicar gran parte de nuestro tiempo a lo que no podemos controlar. Y eso nos genera una ansiedad y un estrés inmensos, porque nos sentimos en manos de fuerzas externas.

¿Por qué pensamos que el miedo es siempre algo negativo? ¿Acaso no nos sirve para sobrevivir, para anticiparnos a las eventuales amenazas que se cruzan en nuestro camino? ¿No es el miedo un excelente motivador para ponernos en acción y reforzar nuestra seguridad? ¿No es el miedo requisito imprescindible para mostrar valentía?

El miedo no es siempre controlable, pero hay momentos en que podemos disponer de un cierto espacio de libertad para escoger entre tener miedo o no tenerlo. La forma sana de expresarlo se traduce en una actitud proactiva; la forma inefectiva se manifiesta en parálisis, pasividad o negación del mismo.

“No hay mayor espejismo que el miedo.” Lao Tzu

El problema no es la realidad, sino nuestra percepción de ella. Frente a una situación incómoda, la forma en que reaccionamos es muchas veces más determinante que la situación en sí. Dar un paso atrás, vernos desde la posición de un espectador neutral, nos puede ayudar a tener una perspectiva más afinada de la situación. ¿Es realmente el tema tan agobiante, tan digno de ser temido? ¿Qué voy a pensar de esto dentro de cinco años?

“Superar lo que más temes es lo que más fuerza te da.” Matshona Dhliwayo

Vivir con miedo o aprender a gestionarlo en la medida de lo posible. Ahí está la gran decisión. ¿Voy a ser esclavo del miedo o su aliado? Eleonor Rossevelt recomendaba hacer cada día tres cosas que nos produjeran un cierto miedo. Es un buen consejo que podríamos ampliar a situaciones que nos incomoden, siempre y cuando el objetivo tenga un sentido práctico y nos sirva de ayuda. Tengamos muy en cuenta que el miedo es uno de esos obstáculos que no se franquean rodeándolos, sino afrontándolos de cara.

Así que, cuando nos digan “No tengas miedo” -una de esas frases que se suelen soltar de manera bastante frívola a modo de consejo bienintencionado-, podríamos contestar: “Gracias por tu interés, pero quisiera algo más. Miedo voy a tener de todas formas.  Lo que deseo es estar en condiciones de superarlo y de poder afrontar la situaciones que lo generan”.

 

El presente, ese desconocido

El presente, atrapado entre el pasado y el futuro

 

Somos expertos en valorar el pasado y en dedicar nuestro tiempo a la expectación de lo por venir. Adictos a la nostalgia y a la anticipación, raramente gozamos del momento presente.

La verdad es que es difícil definir el presente. Echemos un vistazo a la definición que nos ofrece el diccionario de la RAE:

Dicho del tiempo: Que es aquel en que está quien habla

Se entiende lo que quiere decir, pero, aun así, es complicado trasladarlo a la realidad. ¿Cuánto dura? Ahora que estoy escribiendo, es presente, pero cuando paso a la siguiente frase, ese presente del que acabo de hablar ya es pasado. Creo que para entender lo que nos pasa con el tiempo tenemos que hacer una pequeña trampa: arañar un poco del pasado y otro poco del futuro y añadirlo a lo que entendemos como presente. Para vivir algo plenamente necesitamos un cierto lapso de tiempo que nos permita percibir las cosas.

Bien, ya le hemos regalado un poco más de espacio (tiempo) al presente. El problema, sin embargo, no desaparece. Nuestra mente sigue con su continuo vaivén: atrás, adelante, atrás, adelante… Rechazamos el momento presente; no estamos cómodos con él. El pasado va adquiriendo más calidad a medida que se va alejando; el futuro está lleno de esperanza, de misterio o de miedo. El pasado no se puede cambiar; por lo tanto, lo que hacemos es alterar la percepción que tenemos del mismo, reinterpretándolo y adecuándolo a nuestros intereses. En todo caso, a ambos tiempos les dedicamos la mayor parte de nuestros pensamientos y energías.

“El futuro es, en principio al menos, moldeable, pero el pasado es sólido, macizo e inapelablemente fijo. Sin embargo, en la práctica de la política de la memoria, futuro y pasado han intercambiado sus respectivas actitudes”  Zygmunt Bauman 

 

PercepciónTiempo

 

Un ejemplo muy ilustrativo es el caso de las vacaciones. Todo el mundo se muestra entusiasmado cuando se acercan, reina la excitación sobre las cosas maravillosas que nos van a deparar y su preparación es causa de alegría y felicidad. No se tarda mucho tiempo, una vez comenzadas, en dejarse llevar por el runrún de su final. Se van descontando los días del calendario y la melancolía se va instalando en las mentes. ¡Y estamos en vacaciones, en ese período tan esperado y en el que nos lo íbamos a pasar tan bien! Una vez terminadas, entramos en lo que los expertos llaman depresión posvacacional, que tiene una duración variable pero que suele desvanecerse cuando entra en liza la perspectiva de las siguientes vacaciones.

La razón principal por la que nos ocurre esto es la falta de conciencia, tanto de nosotros mismos como de los demás y de nuestro entorno. Para abandonar la necesidad de anclarnos en el pasado y en el futuro necesitamos reconocer lo que estamos sintiendo, darle un nombre a la emoción que se deriva de ese sentimiento y decidir cómo vamos a actuar como consecuencia de ello. ¿Recuerdas aquella ocasión en la que tuviste una fuerte reacción emocional frente un acontecimiento concreto? Da un repaso a los puntos que acabo de mencionar e intenta determinar cuál fue tu emoción y cómo impactó en tus pensamientos y en tu conducta. Te servirá de ayuda en el futuro.

Los sentimientos y sensaciones son experiencias integrales, que moran tanto en nuestro cerebro emocional como en nuestro cuerpo. Si estamos atentos a lo que nos comunican, podemos disfrutarlos, afrontarlos y gestionarlos de manera que nos sirvan de aprendizaje.

“Vive eternamente quien vive en el presente.”  Ludwig Wittgenstein

 

Las preguntas no formuladas

Olvidé muchas preguntas

 

Te fuiste, como todos, cuando te tocó, aunque para los seres queridos ese momento llegue siempre demasiado pronto. Tu vida fue plena en muchos sentidos. Dejaste un buen recuerdo en las personas que se cruzaron en tu camino, muchas de las cuales vivieron mejor porque tú viviste, y ésa es una de las mejores definiciones del concepto de éxito.

Trabajamos juntos en diversos proyectos que nos llevaron a lugares lejanos. Compartimos mesa con personajes considerados mundanamente importantes y también con personas interesantes. Parecíamos un buen complemento el uno para el otro. El futuro se presentaba brillante y lleno de retos. Y sin embargo…

Con la serenidad que da el paso y el poso del tiempo, entiendo que compartimos más experiencias que conversaciones. El silencio, como forma de comunicación, ofrece dos caras: por un lado, uno tiene la sensación de que las cosas se dan por entendidas, que si no las comentas es que hay acuerdo, al menos en lo básico; por el otro, el silencio te llena de dudas, de preguntas que quedan en el aire sin respuesta. Y tras cada reflexión, tras cada pregunta muda, uno piensa que ya llegará el momento de exteriorizarla.

Preguntas

El tiempo, gran aliado para algunas cosas, ejerce un gran poder de descomposición para otras. Uno se acostumbra a no preguntar si nunca es preguntado. Las dudas no despejadas se acumulan y algunas decisiones en apariencia incomprensibles adquieren la dolorosa categoría de desprecio o ninguneo. Si suena a reproche, no dudes de que lo es; pero, en primer y principal lugar, hacia mí mismo. Todos los días, sin excepción, me pregunto por qué no pregunté, por qué no expresé mis sentimientos y mis frustraciones.

Y llega un día en que el tiempo ejerce su inapelable dictadura y te deja sin la oportunidad que estabas esperando para poner las cartas sobre la mesa y boca arriba. Se acabó. Ahí te quedas con tus cosas. Apáñatelas tú solo.

Afortunadamente, el tiempo también ha venido a mi rescate con su mejor versión. Me ha abierto los ojos a una nueva perspectiva. Lo que hasta hace poco eran miradas frustrantes hacia el pasado, son ahora visiones de oportunidad. En lugar de llorar sobre la leche derramada, pienso que puedo ayudar a otras personas a que el cántaro no se les caiga de las manos. Yo he aprendido la lección pero he pagado una factura muy alta en términos de tiempo, esfuerzo y desgaste emocional. Si estas líneas pueden servir para que alguien reflexione y pueda gestionar mejor que yo una situación semejante, las doy por bien empleadas.

No me gusta dar consejos no solicitados; camuflaré éste bajo el disfraz de una recomendación: no permitáis que el tiempo determine si una conversación se va a quedar para siempre pendiente. Vosotros mismos os lo agradeceréis.

 

El reconocimiento

El reconocimiento como herramienta de desbloqueo

 

Vamos a empezar por definir el reconocimiento. Se trata de una manera de expresarse y de actuar que produce en la otra parte la sensación de ser valorada por todo aquello que piensa, dice y hace, y todo ello manifestado con el máximo respeto.

Me encuentro de bruces con una situación conflictiva, con bastantes elementos que confluyen y contribuyen a ella, y con graves daños colaterales. He hablado con ambas partes y puedo decir que las posiciones son muy claras y su antagonismo muy evidente: una se siente maltratada, herida y poco escuchada; la otra, ninguneada, agredida y engañada. En apariencia las cosas están en un punto sin retorno. Ambas han expresado de forma nítida sus posiciones y su intención de no moverse de ellas.

Goats

Como suele ocurrir en estos casos, por lo menos una de las partes sale a la búsqueda y captura de cómplices que confirmen que su posición es la correcta, al tiempo que se encarga de intentar engrosar su lista de aliados en la denigración de la otra parte.

No es una novedad: que el asunto vaya por esos derroteros es de lo más corriente, como lo es el hecho de que las consecuencias del conflicto desborden a las partes para afectar de manera negativa a todo un colectivo. Ya son muchos los testigos de la situación que han mostrado su inquietud por las repercusiones que dicho conflicto está teniendo en la comunidad.

Dejar pasar el tiempo sin más no produce más que el enquistamiento de la situación. En estos casos la actitud de evitación del conflicto no sirve más que para acrecentarlo y mantenerlo, pues es un asunto con la suficiente entidad como para afrontarlo sin dilación.

Algunas de las personas afectadas por este conflicto me preguntan si, al ser las posturas tan diametralmente enfrentadas, vale la pena intentar una vía alternativa a la judicial. En efecto, tras varias decisiones judiciales la situación ha vuelto al punto de partida con el añadido del enconamiento y el deterioro de las relaciones hasta puntos alarmantes, sin mencionar los costes económicos que ello ha supuesto. Dos poderosas razones para intentar la vía de la mediación.

Lo voy a intentar. No hace falta dar muchas más vueltas a la situación presente. Toca “rascar”. Parece evidente que, una vez más, voy a tener que ponerme el traje de neopreno y dejar la superficie en la que están instaladas las posiciones para sumergirme y explorar los intereses y las necesidades de cada una de las partes.

Tras escuchar lo que tiene que decir cada una de las partes implicadas, les voy a pedir un esfuerzo, reconociendo para mis adentros que va a ser titánico: deben admitir como posible el punto de vista del otro y renunciar a la certeza absoluta sobre el propio; deben admitir los errores propios –tras reflexionar si los hubiere-; y, tal vez lo más importante y complicado, deben dar y recibir reconocimiento positivo.

Complicado, lo sé. Pero merece la pena hacer el esfuerzo. Mi tarea va a ser hacerles comprender que, con independencia de quién tenga más o menos razón, deben tener muy claras las opciones. ¿Cuál va a ser la mejor alternativa en caso de no llegar a un acuerdo?: ¿Volver a empezar, con los costes adicionales y las posturas todavía más enconadas?,  ¿mantener el statu quo, con las pérdidas tanto económicas como emocionales para ambas partes y para el resto la comunidad afectada?

Lograr una respuesta sincera a estas preguntas constituye un desafío. Las partes deben centrarse en ellas y en hacer un ejercicio de memoria: ¿Qué les llevó en un principio a formalizar un acuerdo de colaboración? ¿Cuáles eran los elementos positivos que lo posibilitaron?

Es el momento de que las partes hagan una decidida apuesta por su valentía e inteligencia. Esta vía les ayudará a hacerse responsables de sus decisiones y de su destino. Allá vamos.

La inteligencia emocional se aprende

Inteligencia emocional y autoestima

Hay actividades y situaciones en las que nos encontramos muy incómodos, lo que nos genera actitudes negativas: una difícil relación con un compañero de trabajo, la deficiente gestión de un conflicto con un usuario, el engorro que supone presentar un informe de forma correcta y en plazo, la alergia a la informática, etc. La casuística puede ser muy variada. Esas actitudes constituyen interferencias que impiden el desarrollo íntegro de nuestro potencial a la hora de rendir en el trabajo o de relacionarnos con nuestro entorno en la vida privada.

Desarrollar la inteligencia emocional sirve, además de para apartar los obstáculos o interferencias anteriormente señaladas, para otras muchas cosas. Una de ellas es la mejora de la gestión de las propias emociones, lo que constituye una enorme ayuda para afrontar todo tipo de situaciones, y de manera muy concreta los conflictos.

El emocionalmente inteligente se muestra seguro de sí mismo, al tiempo que muy respetuoso con los demás. Esa seguridad le permite mostrarse positivo y digno de confianza. En una sociedad un tanto neurótica no suele pasar desapercibido, pues su destreza le permite mantener los niveles de estrés por debajo de los del resto de personas. Está bien equipado para afrontar los cambios que se le presenten, tanto en su círculo íntimo como en el social y profesional, y le preocupa sólo lo justo caer en el error, porque es capaz de aprender de él.

Los elementos que integran la inteligencia emocional se retroalimentan. El primero y más básico es la autoestima. De su buen nivel se beneficia el propio interesado y todas las personas que, de cerca o de lejos, se relacionan con él.

“Cuanto mejor te sientas contigo mismo, menos necesitarás alardear de ello.” Robert Hand

Se puede saber si la autoestima es real o una mera pose fijándose bien en dos detalles: si el individuo en cuestión acepta sin problemas a los que son muy diferentes a él; y si no tiene problemas para ser cuestionado, e incluso solicita recibir críticas sobre su forma de actuar.

En caso de recibir un feedback positivo, uno demuestra su alto nivel de autoestima tomándose un tiempo prudencial para reflexionar y asimilar  sobre el mismo, sin darlo por sentado y merecido sin más.

 

Rubik

Pertrechado con una tendencia optimista, suele tener pensamientos positivos sobre sí mismo, se siente cómodo al decir que “no” a situaciones que considera inadecuadas o inoportunas, y lo hace ofreciendo explicaciones honestas y bien argumentadas. Consecuentemente, no busca culpar a nadie de sus problemas o errores, pues se hace completamente responsable de sus pensamientos, palabras y actos.

No rehúye el conflicto por sistema; cuando lo hace es porque el tema en cuestión carece de importancia o considera que es mejor abordarlo más adelante. Lo afronta con determinación, con una actitud asertiva, es decir, convincente, firme, al tiempo que muy respetuosa con todas las partes implicadas.

Aunque correcto en su manera de presentarse ante los demás, no se obsesiona con su aspecto físico y nunca siente la necesidad de llegar a ser otra persona. Es consciente de que su destino está, en buena parte, en sus manos. Por ello se centra en los problemas que puede resolver o por lo menos en los que pueden estar bajo su influencia; no pierde el tiempo y la energía –más que para conversaciones de café- en hablar de los que están totalmente fuera de su control.

Repasando con detenimiento las características de las personas emocionalmente inteligentes, sin haber pasado siquiera del primer elemento, es decir, de la autoestima, tal vez muchos pensarán que se encuentran muy lejos de alcanzar un nivel aceptable. Pero hay una excelente noticia: por escaso que sea el nivel que uno tenga, la inteligencia emocional se aprende y se incrementa. Eso sí, el asunto exige trabajo; para eso no hay píldoras mágicas.

 

La negociación, un campo de minas

Las trampas en la negociación

 

Cuando presenciamos una situación conflictiva desde la distancia -sea ésta física o emocional-, nuestra percepción sobre la misma está exenta de ciertas influencias. Hasta se diría que resolver los problemas ajenos es mucho más fácil que resolver los propios y que para que el mundo fuera una balsa de aceite bastaría con organizar un mercado de intercambio de problemas.

Pero cuando el tema nos afecta de forma más o menos directa, la cosa cambia. Una de las cuestiones básicas a la hora de intentar resolver un conflicto es saber si es conveniente o no negociar con la otra parte y, en caso afirmativo, cómo y cuándo hacerlo.

Debemos tener en cuenta que para valorar las situaciones – y el tema que nos ocupa no es una excepción- utilizamos dos tipos de razonamiento: el intuitivo y el analítico. El primero tiene la ventaja de ser rápido pero es muy selectivo con la información que maneja y nos puede inducir a error; el segundo, aunque es más sistemático, no siempre nos proporciona la respuesta más adecuada. Aunque pueda utilizar ambos, cada persona suele tener uno de los dos como dominante.

“Lo verdaderamente terrible es que todo el mundo tiene sus razones.” Jean Renoir

trampa

La manera en que abordemos los conflictos influirá mucho en la disposición o no a negociar con la otra parte. Robert Mnookin llama a ciertas perspectivas “trampas o distorsiones cognitivas”. Unas nos llevan a rechazar la negociación cuando probablemente la mejor opción sería negociar y otras, por el contrario, nos impulsan a hacerlo cuando tal vez lo mejor habría sido abstenerse.

Un ejemplo es la consideración de la otra parte como esencialmente perversa, dotada de una maldad inherente a su personalidad. Esta demonización impregna la situación de tal manera que cierra la posibilidad a entablar cualquier tipo de negociación; en el extremo opuesto está la trampa de la contextualización: se considera que la conducta de la otra parte es debida a las circunstancias y todo se le debe perdonar; esa predisposición estimula el deseo de negociar, sea o no conveniente hacerlo.

“A la hora de evaluar el comportamiento de los demás tendemos a exagerar la importancia de la disposición y de los rasgos de personalidad, pero subestimamos la influencia del contexto. Por el contrario, cuando se trata de justificar nuestra propia conducta la tendencia es exactamente la opuesta: recurrimos a la presión del contexto para justificar aquellos comportamientos de los que no nos sentimos orgullosos.” Robert Mnookin, Pactar con el Diablo

Otra trampa es la que se deriva de ver el mundo como una competición constante. Quien así lo hace no entiende la negociación. Es la llamada suma cero. Para él hay un pastel que debe tener un beneficiario, y todo lo que consiga la otra parte va en detrimento de la suya. Este punto de vista es muy habitual en las rupturas matrimoniales, en las que a los contendientes les cuesta entender que el beneficio de uno puede repercutir en el bienestar del otro y, al fin y al cabo, de ambos. Como contrapartida a esta trampa, está la de la adicción a ganar-ganar, ver siempre la posibilidad de un resultado en el que ambos ganen. Debemos tener en cuenta que eso no es posible en la totalidad de casos. Hay situaciones en las que el pastel no se puede hacer más grande de lo que es.

“Nunca compitas con alguien que no tiene nada que perder.” Baltasar Gracián

Reconozcamos y admitamos que estamos expuestos a esas trampas y seamos conscientes de la fuerza que tienen nuestras emociones. No tengamos miedo de exponernos a otras perspectivas que nos serán útiles para tomar la decisión con mayor tranquilidad y, seguramente, acierto.

 

El razonamiento motivado

Aferrarse a las creencias

 

Por curiosidad profesional caigo de vez en cuando en foros deportivos de los periódicos digitales, en los que el campo de batalla habitual es la interminable –y dicho sea de paso, fatigante- pugna entre los dos clubs de fútbol punteros en España.

Debo decir que muchas -la mayoría- de las aportaciones atienden únicamente a un criterio visceral y excluyente. El objetivo de los participantes -estaba a punto de llamarles debatientes- suele ser casi con exclusividad la denigración sistemática del equipo rival. En las escasas ocasiones en las que he tenido la osadía de lanzarme al ruedo, he reiterado mi opinión al respecto: denigrar al adversario es un reconocimiento de baja autovaloración, pues si el otro equipo es tan malo, ¿qué mérito tiene el mío cuando lo derrota?

Este tipo de argumentación no es, evidentemente, exclusivo del ámbito del deporte. Las tertulias televisivas, radiofónicas y cualquier discusión política están presididas por este mismo enfoque. Las excepciones son rarísimas.

Esa obsesión por tener la razón, por intentar hacer valer el punto de vista propio como el único digno de ser tenido en cuenta, significa una renuncia al ejercicio crítico, de manera particular al autocrítico. Este comportamiento no sólo es socialmente aceptado sino que quien se desvía de esa línea es considerado poco menos que un traidor a “la causa”: si no denigras al partido A, no eres un buen militante del partido B, y viceversa.

 

Different Opinions

 

Estamos asistiendo en estos momentos a una exhibición de censura de la opinión individual dentro del grupo, en aras a un supuesto “hacer piña”, que raya el ridículo. Pocas personas están por la labor de querer entender posiciones divergentes y con ello se obstaculizan las vías de resolución de conflictos de muy diversa índole.

Parece como si la propia existencia individual o grupal sólo pudiera estar justificada por la aniquilación de todo aquél que ose tener una opinión discrepante. Se valora más el aferrarse a una creencia que el daño que ello pueda suponer al entorno personal o general.

¿Tenemos miedo a comprobar que los argumentos contrarios son tan o más válidos que los nuestros? ¿Está nuestra autoestima condicionada a la valoración social de nuestros argumentos?

La psicología social denomina a este fenómeno como razonamiento motivado. Es el proceso que lleva a las personas a confirmar lo que ya creen, ignorando los datos y hechos que lo contradicen. Se refiere a la tendencia de los individuos a procesar la información de manera que encaje con algún objetivo predeterminado.

“El razonador motivado devalúa o directamente ignora la importancia de los mensajes contradictorios, cuestiona la credibilidad de sus fuentes y rastrea su memoria en busca de argumentos que los contrarresten.” Guillem Rico, Líderes políticos, opinión pública y comportamiento electoral en España, Centro de Investigaciones Sociológicas (2009)

Sobre la influencia de nuestros sesgos en la toma de decisiones, vale la pena leer este artículo: http://www.scientificamerican.com/espanol/noticias/todos-tenemos-sesgos-pero-eso-no-nos-impide-tomar-decisiones-validas/

En cualquier discusión o debate, ¿cuántas veces metemos con calzador los argumentos para que encajen con nuestras creencias, a pesar de las evidencias en contra? ¿Cuándo fue la última vez que, tras una discusión, escuchaste o dijiste “Me has convencido y te lo agradezco”?

La sociedad necesita que tanto individuos como colectivos se decidan a cambiar este enfoque. El primer paso –y es un gran paso- es ser consciente de ello. A partir de ahí se puede empezar a construir una nueva forma de comunicación más eficaz.

 

 

 

La resiliencia de un viajero involuntario

Resiliencia emocional

A primera hora de la tarde un hombre de mediana edad se sube al tren en la estación de Tafalla. Él no viaja; lo hace para acompañar a su madre al asiento. Una vez se despide de ella, se dirige a la puerta para apearse. Pese a sus insistentes intentos, no logra abrirla. Al cabo de unos segundos el tren emprende la marcha.

Su reacción inmediata es de estupor e incomprensión; mira en vano a su alrededor para tratar de encontrar la cámara oculta. Tiene durante un instante la tentación de accionar la alarma, pero desiste; le parece una reacción desproporcionada a su problema. Respira profundamente e intenta encarar el problema y sus repercusiones. Ha dejado a su mujer en la estación con el perro. Éste no está en las mejores condiciones físicas, pues acababan de diagnosticarle un cáncer abdominal en estado avanzado. El coche está aparcado a escasos metros de la estación pero las llaves están a buen recaudo en el bolsillo del viajero involuntario.

El hombre busca al interventor del tren y le explica la situación. “Usted no podía subir al tren. Los que no viajan no están autorizados, y al verle subir deduje que usted también viajaba”. Otra respiración profunda. “Pensé que dejaban unos minutos para casos como éste. Mi madre tiene una cierta edad y lleva una maleta de considerable peso”. “Lo entiendo”, responde el interventor, “pero las normas son las normas”. Otra dosis de profunda respiración. Vayamos a lo práctico, piensa el hombre. “¿Qué opciones tengo?”, pregunta. “No podemos detener el tren y menos con el retraso que llevamos. Déjeme que averigüe cuál es el primer tren que pasa en dirección contraria”.

Un par de llamadas más tarde le sugiere que se baje en Castejón y tome el primer tren de vuelta, que pasa en un par de horas. Tercera respiración profunda. Le quedan unos quince minutos para la parada, tiempo que aprovecha para entablar conversación con el interventor. Hace ya un buen rato que, tras una rápida valoración de la situación, ha tomado la decisión de tomarse el asunto a guasa. El interventor es consciente de ello y su expresión denota alivio. Tal vez temía que el viajero involuntario reaccionase con ira contra las costumbres y leyes ferroviarias. “Pues menos mal que no le ha pasado esto saliendo de Madrid hacia Sevilla con el AVE. ¡No se hubiera podido apear hasta Córdoba!”. Fue una charla fluida y agradable, que sólo se vio interrumpida por el aviso de llegada a la primera parada del tren, el inesperado destino del viajero.

 

Resiliencia

Tiempo atrás, ese mismo hombre habría afrontado la situación de una manera diametralmente distinta. Empezando por un ataque de pánico, seguido de otro de ira, se habría erigido, para deleite del resto de pasajeros, en el auténtico protagonista de un viaje de no más de veinte minutos de duración.

Pero ese hombre, cuyo alto nivel de cociente intelectual estaba fuera de toda duda, había tenido hasta hace relativamente poco tiempo graves problemas de autogestión, uno de los pilares básicos de la inteligencia emocional. Todos padecemos reveses a lo largo de nuestra vida; desde los más insignificantes –como es el caso del presente ejemplo- hasta los más serias. Lo importante es saber recuperarse y reaccionar de manera emocionalmente inteligente y efectiva, haciendo que pensamientos, actitudes y emociones negativas cambien de signo. En otras palabras, actuar con resiliencia.

Afortunadamente, la inteligencia emocional se puede desarrollar si uno lo desea. El primer paso es trabajar el autoconocimiento, adquirir consciencia de nosotros mismos y de los demás, para poder elevar nuestro nivel de autoestima. Requiere trabajo, pero vale la pena porque su repercusión es enorme en todos los ámbitos de la vida.

¿Eres plenamente consciente de cómo reaccionas cuando algo va mal?