Mediación y Coaching

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@Javier_Salvat

 

Te das cuenta de que has dado un salto cualitativo cuando la persona a la que rindes cuentas de tus actos eres tú mismo.

Muchas personas no viven plenamente el presente pero lo añoran amargamente cuando se convierte en pasado.

Debemos estar agradecidos a los obstáculos. Ellos son el principal estímulo para dar un puñetazo en la mesa y decidirse a cambiar.

Uno de los parámetros para identificar el sentido de la vida es nuestra capacidad de ofrecer al mundo un valor añadido.

Las barreras más difíciles de franquear son las autoimpuestas.

El sermón moralizante es de efecto efímero a la vez que nefasto para una comunicación eficaz.

Hay personas que te ven; otras tan solo tienen una vaga idea de que estás por ahí.

Llega un día en que adquieres conciencia de tu hábito de postergar y encontrar defectos en cualquier oportunidad. Es una excelente señal.

Culpar a los demás nos hace sentir justos, superiores. Hasta que profundizamos en ese sentimiento.

La sensación de que el bienestar sólo puede lograrse a base de que a otros les falte algo es una renuncia al poder propio.

Si eres capaz de “subir al balcón” y ver el conflicto no sólo como parte sino también como observador, tu visión será mucho más clara.

“Ya está todo inventado” es la frase favorita de los que no tienen la más mínima intención de hacer nada.

A unos les encanta hablar de proyectos; a otros, acometerlos. Lo importante es ser consciente de con cuáles de ellos estamos hablando.

Esas energías que se consumen intentando demostrar que los demás están equivocados serían mucho más productivas trabajando la autoestima.

La principal razón por la cual no aprovechamos las oportunidades es nuestra falta de atención cuando se presentan.

No se logran conductas estables si no se trabajan antes las actitudes.

El hábito ayuda más a alcanzar la mejor versión que el esfuerzo puntual, por grande que sea.

La sensación de hartazgo es un arma de doble filo: por un lado da paso a la posibilidad de cambio y por otro a la resignación. A elegir.

Limitar los encuentros a las personas de pensamiento afín no hace más que impedir la expansión y el crecimiento personal.

Ante una dificultad dos actitudes nos definen: trabajar para superarla o alimentarla para que cumpla su función de excusa.

Una de las claves del éxito es ser capaz de mostrar el mismo entusiasmo cuando ponemos en práctica un propósito que el que mostrábamos al plantearlo.

Vayamos subiendo nuestro propio listón y dejemos de compararlo con los listones ajenos.

Existen poderosas razones tanto para quedarnos como estamos como para crecer. Las razones que acaben pesando más nos definirán.

El viaje entre quien crees ser y quien realmente eres se hace teniendo el coraje de abrir los ojos y la mente.

Rechazar de plano cualquier posibilidad de que una opinión divergente sea aceptable complica mucho la defensa legítima de la propia.

No imagino nada más frustrante que llegar al final del camino con la sensación de haber podido hacer mucho más.

Quien no soporta la bajeza de sus propias ideas expresa su frustración mediante actos violentos.

Aunque las circunstancias sean más o menos fijas, admitamos que nuestras reacciones ante ellas pueden ser de lo más variable, y nos definen.

Añoramos el ayer, suspiramos por el mañana y no encontramos la manera de definir lo que sentimos por el hoy. Gran asignatura pendiente.

Los pensamientos profundos no compensan los sentimientos someros.

En ocasiones, la falta de profundidad en la gestión de los problemas puede tener consecuencias más nefastas que su mera ignorancia.

El gran reto es conseguir sacar lo mejor de uno mismo sin que para ello sea necesario el estímulo negativo de otros.

Quien conecta con sus propias emociones lo tiene muy complicado para ser violento.

Los lugares que valen la pena son aquellos en los que, tras haber abandonado tu ego antes de entrar, no necesitas recuperarlo al salir.

Las buenas intenciones, aunque necesarias, no son suficientes para la gestión de los problemas. Un enfoque inteligente sigue siendo básico.

Si no damos al interlocutor la oportunidad de explicarse estamos mostrando muy poca seguridad en nuestra opinión.

El principal escollo no es la falta de calidad personal sino nuestra ignorancia de que la poseemos.

Una de las nefastas consecuencias del bloqueo en el autoconocimiento es la deriva hacia la conducta violenta.

Si no logramos dejar de lado la preocupación, más vale aplazar la gestión del problema hasta que se despeje el nubarrón emocional.

El hecho de ser mayoritaria no valida o invalida una opinión. De un lado, el papanatismo; del otro, la necesidad de remar a contracorriente.

Invertir en crecimiento personal permite que el cuarto menguante sea el más enriquecedor.

La creencia de que la autocrítica equivale a debilidad afecta negativamente tanto al creyente como a su entorno.

Cuando planteas un proyecto, los ojos de tu interlocutor delatan de inmediato si está pensando en las posibilidades o en los obstáculos.

Nadie tiene la certeza absoluta; y el problema está en que algunos piensan que sí.

Ser perfeccionista y tener dificultades para tomar decisiones van de la mano. La clave es saber es cuál es la causa y cuál la consecuencia.

Hacer suposiciones siempre nos lleva por el camino de la confusión. Vale la pena utilizar el viejo truco de hacer preguntas.

Los momentos impactantes pueden definir quiénes somos o quiénes queremos ser.

El intento de apagar la luz ajena no hace más que impedir encender la propia.

Te piden -a menudo exigen- que tomes partido por una postura u otra. Error. La solución se construye a partir de aceptar los elementos válidos de cada una.

Mi orgullo no está en el lugar o en la familia en que nací; eso son circunstancias. Lo que tiene valor es lo que hago con ellas.

Hay quien dice que el que no esté de acuerdo en cambiarlo todo está aceptando todo lo que va mal. Veo que sigue la alergia a los matices.

Hay dos actitudes para abordar una situación conflictiva: explorar para encontrar una solución o buscar la confirmación de lo que nos gusta.

Cuánto mejor sería aprovechar cualquier oportunidad para demostrar quién queremos ser en lugar de quién quieren los demás que seamos…

Supongo que al decir en determinadas circunstancias que no se tiene miedo lo que se quiere decir es que se hará lo posible por superarlo.

La pereza o el miedo nos hacen adoptar posturas prêt-à-porter. Un esfuerzo de rigor nos acercaría a posturas más a medida de la realidad.

La realidad es eso tan molesto que impide que mis opiniones prevalezcan sobre las ajenas.

¿Cuándo volveré a disponer de otra oportunidad? Muy fácil: en todo momento.

¿Te debe algo la vida? ¿Le debes tú algo a ella? ¿Y a la de los demás? No sé si dedicarle a esto unos minutos o la vida entera de reflexión.

Se bajan del tren del crecimiento personal aquellos que creen que el proceso consiste en la mera ingesta de instrucciones externas.

Una mente sedentaria no sólo no crece sino que se encoge para no dar cabida más que a creencias limitantes.

La innovación más fructífera es la de la propia mente.

Revisar una creencia no es traicionarla, sino dotarla de un valor renovado. O no.

Incluso las creencias más arraigadas, aquellas que damos por inamovibles, necesitan una revisión periódica.

Las reflexiones son para que quien las lea reflexione a su vez, no para asumirlas como una verdad absoluta que, por otra parte, nadie posee.

En muchas ocasiones el pesimismo es la simple consecuencia de un falta de atención.

Una emoción ignorada es una emoción imposible de gestionar.

Las emociones, más que ser calificadas y etiquetadas, necesitan ser escuchadas.

La fuerza de un argumento suele ser inversamente proporcional a la fuerza que se ejerce para imponerlo.

La generalización es el recurso fácil ante la falta de argumentos. Por eso quien recurre a ella lo pasa tan mal cuando le piden concreción.

Justificar acciones por mera coincidencia ideológica con quien las realiza es una renuncia al libre albedrío y la responsabilidad personal.

Ante un problema hay dos opciones: intentar resolverlo o taparlo con otro mayor. En la segunda, lejos de desaparecer, crece y se perpetúa.

Una solución a un conflicto puede partir de negociar tanto los puntos comunes como los divergentes.

Algún beneficio oculto tendrá el apego a las actitudes que nos perjudican y de las que somos plenamente conscientes. Merece reflexión.

Si la verdad siempre acaba por triunfar y al ser humano le gusta apostar al caballo ganador, no entiendo por qué no tiene más adeptos.

Una de las mayores satisfacciones de tener una alta autoestima es la de pensar por uno mismo, sin necesidad de seguir instrucciones.

Sería bueno reflexionar sobre la razón por la que en nuestra balanza personal pesa más un gramo de obstáculos que un kilo de oportunidades.

La buena gestión del miedo es una excelente catapulta de crecimiento.

Enseñemos a pensar, no a pensar “de una determinada manera”. Esto último pertenece al ámbito de la libertad personal.

Cuando uno está cerrado a otras soluciones se siente obligado a proponer la suya, por nefasta que ésta sea.

Quien carece de argumentos necesita un enemigo y si no hay ninguno a disposición, lo crea.

La mediocridad es una decisión personal y no guarda ninguna relación con el talento.

La violencia verbal es un vano intento de superar un sentimiento de inferioridad.

La queja, como recurso sistemático, forma parte del lenguaje del que se siente derrotado.

“O todo o nada” es la estrategia negociadora que suele desembocar en el “nada”.

“Impongo, luego existo” parece ser uno de los lemas existenciales de la actualidad.

Sólo uno mismo sabe si piensa libremente o si es adoctrinado.

Muchos no elevan su nivel de comunicación y conducta social simplemente porque ignoran que son capaces de hacerlo.

El adicto a la visceralidad abomina de la razón, tan alejada de su zona de confort.

Espero que llegue el día en que las personas crean más en sí mismas y no tanto en quienes les dan instrucciones.

Entre analizar con rigor la opinión ajena discrepante de la propia o denigrar sin más a la persona que la expresa, la elección queda clara.

Una escucha atenta ayuda a entender posiciones distintas a la nuestra. Pero resulta más fácil juzgar con el interruptor apagado.

La intensidad de la envidia suele ser mayor que la felicidad del envidiado.

 

 

 

 

 

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