Mediación y Coaching

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Todos mis tweets son autobiográficos porque en un momento u otro han pasado por mi imaginación, que forma parte de mi vida  @Javier_Salvat

Te das cuenta de que has dado un salto cualitativo cuando la persona a la que rindes cuentas de tus actos eres tú mismo.

Muchas personas no viven plenamente el presente pero lo añoran amargamente cuando se convierte en pasado.

Debemos estar agradecidos a los obstáculos. Ellos son el principal estímulo para dar un puñetazo en la mesa y decidirse a cambiar.

Uno de los parámetros para identificar el sentido de la vida es nuestra capacidad de ofrecer al mundo un valor añadido.

Las barreras más difíciles de franquear son las autoimpuestas.

El sermón moralizante es de efecto efímero a la vez que nefasto para una comunicación eficaz.

Hay personas que te ven; otras tan solo tienen una vaga idea de que estás por ahí.

Llega un día en que adquieres conciencia de tu hábito de postergar y encontrar defectos en cualquier oportunidad. Es una excelente señal.

Culpar a los demás nos hace sentir justos, superiores. Hasta que profundizamos en ese sentimiento.

La sensación de que el bienestar sólo puede lograrse a base de que a otros les falte algo es una renuncia al poder propio.

Si eres capaz de «subir al balcón» y ver el conflicto no sólo como parte sino también como observador, tu visión será mucho más clara.

«Ya está todo inventado» es la frase favorita de los que no tienen la más mínima intención de hacer nada.

A unos les encanta hablar de proyectos; a otros, acometerlos. Lo importante es ser consciente de con cuáles de ellos estamos hablando.

Esas energías que se consumen intentando demostrar que los demás están equivocados serían mucho más productivas trabajando la autoestima.

La principal razón por la cual no aprovechamos las oportunidades es nuestra falta de atención cuando se presentan.

No se logran conductas estables si no se trabajan antes las actitudes.

El hábito ayuda más a alcanzar la mejor versión que el esfuerzo puntual, por grande que sea.

La sensación de hartazgo es un arma de doble filo: por un lado da paso a la posibilidad de cambio y por otro a la resignación. A elegir.

Limitar los encuentros a las personas de pensamiento afín no hace más que impedir la expansión y el crecimiento personal.

Ante una dificultad dos actitudes nos definen: trabajar para superarla o alimentarla para que cumpla su función de excusa.

Una de las claves del éxito es ser capaz de mostrar el mismo entusiasmo cuando ponemos en práctica un propósito que el que mostrábamos al plantearlo.

Vayamos subiendo nuestro propio listón y dejemos de compararlo con los listones ajenos.

Existen poderosas razones tanto para quedarnos como estamos como para crecer. Las razones que acaben pesando más nos definirán.

El viaje entre quien crees ser y quien realmente eres se hace teniendo el coraje de abrir los ojos y la mente.

Rechazar de plano cualquier posibilidad de que una opinión divergente sea aceptable complica mucho la defensa legítima de la propia.

No imagino nada más frustrante que llegar al final del camino con la sensación de haber podido hacer mucho más.

Quien no soporta la bajeza de sus propias ideas expresa su frustración mediante actos violentos.

Aunque las circunstancias sean más o menos fijas, admitamos que nuestras reacciones ante ellas pueden ser de lo más variable, y nos definen.

Añoramos el ayer, suspiramos por el mañana y no encontramos la manera de definir lo que sentimos por el hoy. Gran asignatura pendiente.

Los pensamientos profundos no compensan los sentimientos someros.

En ocasiones, la falta de profundidad en la gestión de los problemas puede tener consecuencias más nefastas que su mera ignorancia.

El gran reto es conseguir sacar lo mejor de uno mismo sin que para ello sea necesario el estímulo negativo de otros.

Quien conecta con sus propias emociones lo tiene muy complicado para ser violento.

Los lugares que valen la pena son aquellos en los que, tras haber abandonado tu ego antes de entrar, no necesitas recuperarlo al salir.

Las buenas intenciones, aunque necesarias, no son suficientes para la gestión de los problemas. Un enfoque inteligente sigue siendo básico.

Si no damos al interlocutor la oportunidad de explicarse estamos mostrando muy poca seguridad en nuestra opinión.

El principal escollo no es la falta de calidad personal sino nuestra ignorancia de que la poseemos.

Una de las nefastas consecuencias del bloqueo en el autoconocimiento es la deriva hacia la conducta violenta.

Si no logramos dejar de lado la preocupación, más vale aplazar la gestión del problema hasta que se despeje el nubarrón emocional.

El hecho de ser mayoritaria no valida o invalida una opinión. De un lado, el papanatismo; del otro, la necesidad de remar a contracorriente.

Invertir en crecimiento personal permite que el cuarto menguante sea el más enriquecedor.

La creencia de que la autocrítica equivale a debilidad afecta negativamente tanto al creyente como a su entorno.

Cuando planteas un proyecto, los ojos de tu interlocutor delatan de inmediato si está pensando en las posibilidades o en los obstáculos.

Nadie tiene la certeza absoluta; y el problema está en que algunos piensan que sí.

Ser perfeccionista y tener dificultades para tomar decisiones van de la mano. La clave es saber es cuál es la causa y cuál la consecuencia.

Hacer suposiciones siempre nos lleva por el camino de la confusión. Vale la pena utilizar el viejo truco de hacer preguntas.

Los momentos impactantes pueden definir quiénes somos o quiénes queremos ser.

El intento de apagar la luz ajena no hace más que impedir encender la propia.

Te piden -a menudo exigen- que tomes partido por una postura u otra. Error. La solución se construye a partir de aceptar los elementos válidos de cada una.

Mi orgullo no está en el lugar o en la familia en que nací; eso son circunstancias. Lo que tiene valor es lo que hago con ellas.

Hay quien dice que el que no esté de acuerdo en cambiarlo todo está aceptando todo lo que va mal. Veo que sigue la alergia a los matices.

Hay dos actitudes para abordar una situación conflictiva: explorar para encontrar una solución o buscar la confirmación de lo que nos gusta.

Cuánto mejor sería aprovechar cualquier oportunidad para demostrar quién queremos ser en lugar de quién quieren los demás que seamos…

Supongo que al decir en determinadas circunstancias que no se tiene miedo lo que se quiere decir es que se hará lo posible por superarlo.

La pereza o el miedo nos hacen adoptar posturas prêt-à-porter. Un esfuerzo de rigor nos acercaría a posturas más a medida de la realidad.

La realidad es eso tan molesto que impide que mis opiniones prevalezcan sobre las ajenas.

¿Cuándo volveré a disponer de otra oportunidad? Muy fácil: en todo momento.

¿Te debe algo la vida? ¿Le debes tú algo a ella? ¿Y a la de los demás? No sé si dedicarle a esto unos minutos o la vida entera de reflexión.

Se bajan del tren del crecimiento personal aquellos que creen que el proceso consiste en la mera ingesta de instrucciones externas.

Una mente sedentaria no sólo no crece sino que se encoge para no dar cabida más que a creencias limitantes.

La innovación más fructífera es la de la propia mente.

Revisar una creencia no es traicionarla, sino dotarla de un valor renovado. O no.

Incluso las creencias más arraigadas, aquellas que damos por inamovibles, necesitan una revisión periódica.

Las reflexiones son para que quien las lea reflexione a su vez, no para asumirlas como una verdad absoluta que, por otra parte, nadie posee.

En muchas ocasiones el pesimismo es la simple consecuencia de un falta de atención.

Una emoción ignorada es una emoción imposible de gestionar.

Las emociones, más que ser calificadas y etiquetadas, necesitan ser escuchadas.

La fuerza de un argumento suele ser inversamente proporcional a la fuerza que se ejerce para imponerlo.

La generalización es el recurso fácil ante la falta de argumentos. Por eso quien recurre a ella lo pasa tan mal cuando le piden concreción.

Justificar acciones por mera coincidencia ideológica con quien las realiza es una renuncia al libre albedrío y la responsabilidad personal.

Ante un problema hay dos opciones: intentar resolverlo o taparlo con otro mayor. En la segunda, lejos de desaparecer, crece y se perpetúa.

Una solución a un conflicto puede partir de negociar tanto los puntos comunes como los divergentes.

Algún beneficio oculto tendrá el apego a las actitudes que nos perjudican y de las que somos plenamente conscientes. Merece reflexión.

Si la verdad siempre acaba por triunfar y al ser humano le gusta apostar al caballo ganador, no entiendo por qué no tiene más adeptos.

Una de las mayores satisfacciones de tener una alta autoestima es la de pensar por uno mismo, sin necesidad de seguir instrucciones.

Sería bueno reflexionar sobre la razón por la que en nuestra balanza personal pesa más un gramo de obstáculos que un kilo de oportunidades.

La buena gestión del miedo es una excelente catapulta de crecimiento.

Enseñemos a pensar, no a pensar «de una determinada manera». Esto último pertenece al ámbito de la libertad personal.

Cuando uno está cerrado a otras soluciones se siente obligado a proponer la suya, por nefasta que ésta sea.

Quien carece de argumentos necesita un enemigo y si no hay ninguno a disposición, lo crea.

La mediocridad es una decisión personal y no guarda ninguna relación con el talento.

La violencia verbal es un vano intento de superar un sentimiento de inferioridad.

La queja, como recurso sistemático, forma parte del lenguaje del que se siente derrotado.

«O todo o nada» es la estrategia negociadora que suele desembocar en el «nada».

«Impongo, luego existo» parece ser uno de los lemas existenciales de la actualidad.

Sólo uno mismo sabe si piensa libremente o si es adoctrinado.

Muchos no elevan su nivel de comunicación y conducta social simplemente porque ignoran que son capaces de hacerlo.

El adicto a la visceralidad abomina de la razón, tan alejada de su zona de confort.

Espero que llegue el día en que las personas crean más en sí mismas y no tanto en quienes les dan instrucciones.

Entre analizar con rigor la opinión ajena discrepante de la propia o denigrar sin más a la persona que la expresa, la elección queda clara.

Una escucha atenta ayuda a entender posiciones distintas a la nuestra. Pero resulta más fácil juzgar con el interruptor apagado.

La intensidad de la envidia suele ser mayor que la felicidad del envidiado.

Tan importante como conocer tu potencial es conocer tus límites. Educar en un frívolo «Tú lo puedes todo» puede llevar a frustraciones.

Para gestionar bien un conflicto es necesario bajar el nivel del razonamiento motivado y superar el terror a las necesidades ajenas.

Para que las cosas cambien a mejor, es bueno echar mano del viejo truco de intentarlo, en lugar de limitarse a que simplemente cambien.

Se habla mucho de negociar, pero ¿cuántos son conscientes de que ello implica irremediablemente ceder en cosas consideradas importantes?

Somos capaces de estar muy por encima del pensamiento dicotómico, pero no somos conscientes de ello y caemos en él constantemente.

Muchos confunden la mesa de negociaciones con la de imposiciones. Y pesar de ello, hay que intentar que no abandonen la mesa.

Cultivemos el hábito de escuchar para poder enriquecer nuestra opinión.

Cuando te limitas a ser reactivo le estás entregando el poder a la otra parte.

Ser reactivo es mucho más fácil que ser proactivo, pero los resultados son rehenes de la acción que les precede.

Un profundo análisis nos ayuda a identificar y aislar deseos, necesidades y merecimientos, y tomar las decisiones más coherentes.

Analizar con honestidad todas las opciones evitaría que muchos cayeran en brazos de una de ellas por el mero hecho de que otra sea nefasta.

En un análisis, quedarse únicamente con la parte que justifica nuestra posición produce una satisfacción efímera que no resuelve nada.

La falta de rigor en el análisis de las situaciones puede deberse a pereza, ignorancia o mala fe. Cosas no excluyentes, por cierto.

La alta autoestima nos permite huir tanto de los que nos quieren manipular con esperanzas como de los que lo quieren hacer con miedos.

Reprimir las ganas de aleccionar a quien no piensa como tú es un primer paso; el definitivo es no sentir la necesidad de hacerlo.

Ayudar a los demás a identificar su potencial es muy útil para confirmar el propio.

Con la autocrítica, uno crece; con el crecimiento, uno perfecciona su autocrítica.

La autoestima y la madurez caminan de la mano. ¿Cuál es tu reacción cuando la realidad refuta tus argumentos? ¿Negarla o aceptarla?

Si los ingredientes para gestionar un problema se limitan a emotividad y simplificación, la perpetuación del mismo están garantizada.

La autoestima alta te permite aceptar sin problema alguno tus carencias y trabajar para resolverlas con independencia de la opinión ajena.

No es lo mismo tener razones que tener razón.

No tengo el suficiente dinero como para permitirme no invertir en formación.

La intolerancia a las ideas distintas indica que las propias tienen los pies de barro a ojos de quien las defiende.

Lo que nos vaya a deparar el futuro siempre debe estar por debajo de lo que le podamos ofrecer nosotros a él.

Hagamos un favor al mundo y dejemos de ser tímidos con nuestro potencial.

Uno tiene libertad de reacción ante sus circunstancias, incluso si éstas le privan de una cierta libertad.

Lo que uno será mañana empieza con lo que hace hoy, pero entre esto último hay que incluir también la rectificación de errores.

El mayor acto de generosidad es hacer sentir a otra persona, con absoluta sinceridad, que su vida es importante.

Hoy puede ser un gran día. ¿Por qué iba a ser hoy una excepción?

Unos creen en el azar, otros en la causa y efecto, sin sospechar, ni unos ni otros, que quizás en toda ocasión haya parte de ambas cosas.

A decidir: buscar contextos de nivel mediano, en los que destacar no requiera esfuerzo, o apuntar más alto, con la consiguiente exigencia.

Ojalá encontrásemos argumentos tan contundentes para ponernos en acción como los que encontramos para postergar nuestras obligaciones.

Los valores son mucho más individuales que colectivos. El problema es que sometemos los primeros a los que nos cuentan sobre los segundos.

Ingredientes para vivir y convivir con plenitud: mantener la autoestima alta, valorar a los demás y comunicar con eficacia.

Quedarse en las percepciones y no profundizar en los asuntos es muy tentador. Y los manipuladores lo saben.

Mi objetivo es que todas las personas destaquen, no frente a los demás sino frente a su versión precedente.

Quedarse en las percepciones y no profundizar en los asuntos es muy tentador. Y los manipuladores lo saben.

El denominador común de toda relación humana está en las necesidades y cuando éstas están insatisfechas la comunicación se resiente.

No podemos pretender que los destinatarios de nuestro mensaje reaccionen como nos gustaría, si lo enviamos pensando en nosotros mismos y no en ellos.

Cualquier actividad humana requiere estar bien equipado de autoestima. No se puede hacer alpinismo con zapatos de claqué.

Persigamos la inmunidad a la crítica negativa y la aceptación de la constructiva.

Aceptar los propios defectos no equivale a resignarse a ellos y no debe afectar a la autoestima.

Para identificar si una crítica es constructiva, basta con pedir a quien nos la hace que nos diga cómo habríamos actuado mejor. Su reacción nos lo dirá todo.

Nada debilita más que el miedo a la debilidad.

Saber identificar el elogio exagerado y la denigración injusta demuestra inteligencia emocional.

En lugar de denegar el elogio porque consideramos que eso debilita, enseñemos a digerirlo para que contribuya a elevar la autoestima.

Aunque no siempre estemos de acuerdo con nosotros mismos, es sano mantener una relación fluida.

La mayoría de veces no hace falta arrojar luz sobre un problema; basta con arrojar perspectiva.

Una mente abierta es inclusiva, lo que significa la aceptación de los demás pero sin olvidarse de uno mismo.

Las personas de alta calidad no condicionan su trato a los demás a la relación de poder que tengan con ellos.

El problema no está en pensar de determinada manera, sino en la necesidad de hacerlo.

Si dices que tienes muchas ganas de hacer algo pero nunca encuentras el momento, tal vez lo que en realidad te falta no es tiempo sino pasión.

Si bien ayudar a los demás es de las tareas más loables que existen, no debemos caer en la obsesión tóxica de necesitar que nos necesiten.

Estar de acuerdo debe incomodar a bastante gente porque es frecuente ver personas discrepando cuando en realidad sus puntos de vista son coincidentes.

Reconocer una realidad no implica que nos guste. Tal vez sea esa confusión la que genere tanta falta de reconocimientos.

Un acuerdo, aunque no garantice la felicidad, facilita la armonía. No lo menospreciemos.

Tenemos tanto derecho a tener miedo como obligación de poner todo lo que esté en nuestras manos para superarlo.

La presunción de inocencia, como cualquier otro tema, no debería caer en la redes del razonamiento motivado.

La calidad de las características personales viene determinada por sus dosis.

Entre las múltiples maneras de expresar la inseguridad personal, la violencia y el sarcasmo ocupan lugares destacados.

Necesitar manifestar que todo va mal es una de las zonas de confort más concurridas.

Quien necesita estímulos para motivarse parte en clara desventaja.

La honestidad implica no aceptar la deshonestidad ajena aunque ésta favorezca los intereses propios.

En un conflicto, no es tan importante saber de qué munición dispones para argumentar como saber utilizarla.

Unos se centran en su objetivo y otros se distraen con las circunstancias.

Lanzarse a enjuiciar situaciones con conocimiento de causa tiene sus riesgos. Hacerlo desde la ignorancia, además de ser injusto, te garantiza una exhibición de ridiculez.

Si el objeto real fuera el que se exhibe en las discusiones, los conflictos serían del todo irresolubles o muy fáciles de resolver.

El compromiso se lo pone difícil a las circunstancias.

Debe ser bastante estresante no dar con la tecla que te permite comprender la existencia de opiniones discrepantes.

Los más proclives a dar lecciones son de largo los menos predispuestos a recibirlas.

Lograr una autoestima alta supone ahorrarse toda la energía que requiere la búsqueda del reconocimiento social.

Quien no tiene seguridad en sus opiniones se levanta cada mañana a la búsqueda y captura de enemigos para justificarlas.

Todo cambio requiere una previa sensación de urgencia.

La flexibilidad es patrimonio de quien tiene amplitud de miras; la tozudez está mucho más repartida.

El desarrollo del potencial propio y la puesta en práctica del talento, ¿es una obligación además de un derecho?

No es lo mismo -y a veces están muy alejados- lo que a mí me gusta que lo que es mejor para un colectivo. Qué difícil parece desenredar el ovillo de esa confusión.

Si las prohibiciones van acompañadas de sugerencias alternativas son mucho más comprensibles.

Nuestra máquina de valorar sólo se pone en marcha cuando le presentamos lo perteneciente al pasado o al futuro; con el presente se encalla.

Para ser eficaz el talento debe ir acompañado de otro talento: el de saber ponerlo en práctica.

La percepción de lo imposible es un a priori. Nunca tendrás la certeza hasta que te arriesgues a intentarlo.

Las personas que dicen estar en posesión de la verdad acompañan su expresión de prepotencia de un rictus de inseguridad personal.

Debería haber una alarma para cuando en tu disco duro estás agotando la capacidad de guardar rencor.

Una de las mejores cosas que podemos tomar es la iniciativa.

Llevar una vida reactiva equivale a una declaración de impotencia.

Si valoro la relación con la persona con la que estoy en conflicto, en lugar de pelearme por un pedazo del pastel le plantearé asociarme con ella para fabricar juntos un pastel más grande.

Quien se cierra por sistema a soluciones alternativas, logrará su objetivo en muy escasas ocasiones.

Una vida plena requiere, además de ser buena persona, entender que no todo el mundo es como tú y saber gestionar esa diferencia.

El conflicto es un magnífico ámbito de autoconocimiento: ayuda a resideñar objetivos y expectativas, y a saber priorizar.

Una mente abierta nos puede confirmar que el objetivo de la otra parte en conflicto no es el que inicialmente pensábamos. Ahí puede radicar parte de la solución.

Si tu primera reacción ante un opinión contraria a la tuya es la de querer castigar a quien la emite, detente y pregúntate qué o quién te está coartando tu libertad de pensamiento y expresión.

 El que piensa por sí mismo tarde o temprano acaba siendo descubierto.

La obsesión por homogeneizar a la gente hace que solo se aspire a la tolerancia en lugar de a una sincera aceptación.

Antes de abordar la gestión del conflicto en el que estás enfrascado, haz una sincera reflexión para averiguar si esa situación está dentro de tu zona de confort.

Hay una fórmula para evitar que la mera idea del reconocimiento del valor ajeno no produzca una úlcera gástrica: el autoconocimiento.

Antes de empezar a gestionar un conflicto, piensa qué importancia le das a la relación con la otra parte. Estamos hablando de una cuestión de prioridades.

Ser flexible no implica renunciar a tus principios sino saber conjugarlos con los ajenos.

Hay dos cosas que siempre flotan: el corcho y la mentira.

El hábito de dar las cosas por supuestas puede bloquear un talento.

Por justa que parezca una causa, mentir para apoyarla equivale a un torpedo en su línea de flotación.

Nuestros enemigos nos ofrecen, sin intención de hacerlo, las mejores oportunidades de aprendizaje.

Para abordar un conflicto es muy útil echarle un pulso a tu propia perspectiva.

Puedes mirar la vida como si fueras deudor o acreedor de ella. Hay diferencia.

Valorar cualquier acción en función de sus autores en lugar de hacerlo sobre los hechos objetivos va reconduciendo sin cesar el debate a la casilla de salida.

La manipulación es una forma de adoctrinamiento clandestino.

Tolerancia es un término que no me gusta porque da a entender que quien la practica lo hace desde una posición de superioridad moral.

El ser humano es muy dado a mostrarse tolerante con quien piensa como él.

Es complicado resolver conflictos si uno no logra abandonar el tan extendido aunque inconsefable lema «Lo que no me gusta es inadmisible».

La mayor dificultad en entender a los demás no está en lo que dicen o hacen sino en nuestro sesgo.

El riesgo está tanto en no cumplir las obligaciones como en sentirse cómodo con ese incumplimiento.

El reconocimiento de mis debilidades y carencias es uno de los pilares de mi fuerza.

El impacto de un elogio o una crítica depende mucho más de la reacción del destinatario que de la intención del emisor.

En el ranking de tareas dificultosas, reconocer un error y pedir ayuda figuran ambas en un lugar destacado.

Para gestionar un conflicto ayuda mucho que cada parte imagine cómo solucionaría el problema de la otra.

Corregir la propia opinión no es traicionarla, sino dotarla de mayor valor.

Una cosa es la mera falta de conocimientos y otra la negativa a adquirirlos.

Si nuestro proyecto genera una negativa, antes de tomarlo como una agresión personal, analicémoslo detenidamente.

Ante un reto no debe preocuparnos tanto nuestra capacidad como nuestra disposición.

Identificado el talento, uno puede considerarse afortunado; pero lo verdaderamente importante es darlo a conocer y ponerlo a trabajar.

Escribir ayuda a pensar.

Uno no debería dejar de hacer lo correcto por el simple hecho de que no favorece a sus intereses.

Uno asimila estar solo a sentirse solo cuando el autoconocimiento es pobre.

El victimismo es la zona de confort con más residentes.

La confusión de miedo con respeto me desconcierta. Quien infunde miedo me puede generar cualquier cosa antes que respeto.

Me inspiran más confianza las personas que saber detectar el talento que las que se limitan a constatar dónde está.

Si una negativa razonada a nuestro requerimiento nos descoloca, señal de a nuestra autoestima le ha llegado el momento de una revisión.

Es tan signo de madurez y asertividad saber decir “no” como aceptarlo como respuesta.

Un conflicto se produce cuando hay incompatibilidad -o percepción de la misma- en alcanzar un objetivo. Por eso el ser humano, tan dado a desear una cosa y la contraria al mismo tiempo, tiene tantos conflictos consigo mismo.

Es de agradecer que haya tantas personas que nos estimulen a ejercitar el criterio selectivo para no caer en la trampa del maniqueísmo. Si nosotros no queremos, nadie nos puede obligar a escoger entre A y B . El abecedario tiene muchas más letras.

El lenguaje no verbal de la persona a la que se le acaba de solicitar que argumente su opinión es sumamente revelador.

El inseguro no soporta no ser elogiado de manera constante e incondicional. A quien no lo haga lo considera un enemigo acérrimo.

En la cultura de la satisfacción permanente, de intolerancia a las dificultades, uno encontrará siempre motivos para la queja y desperdiciará las múltiples oportunidades de amar lo que hace.

Aunque no sepa cómo hacerlo, quien tiene la sensación de que podría hacer las cosas mejor ya está en el buen camino. Esa insatisfacción, unida a la urgencia, son requisitos fundamentales para el cambio.

Debemos contribuir a la felicidad ajena por dos razones: 1- la felicidad es una aspiración legítima de todos; 2- para protegernos de los infelices porque suelen pasar factura al prójimo.

Lanzarse a enjuiciar situaciones con conocimiento de causa tiene sus riesgos. Hacerlo desde la ignorancia, además de ser injusto, te garantiza una exhibición de ridiculez.

Unos se centran en su objetivo y otros se distraen con las circunstancias.

Si el objeto real fuera el que se exhibe en las discusiones, los conflictos serían del todo irresolubles o muy fáciles de resolver.

El compromiso se lo pone difícil a las circunstancias.

Debe ser bastante estresante no dar con la tecla que te permite comprender la existencia de opiniones discrepantes.

El día en que no sientas la necesidad de imponer tu opinión a los demás, alégrate; has dado un paso clave en tu crecimiento.

La resignación es el disfraz más utilizado por la apatía.

La tan habitual falta de rigor hace que los problemas no sean estudiados ni en extensión ni en profundidad.

No todo el mundo necesita un empujón para ponerse en marcha; hay a quien le basta el suave roce de una mano en el hombro.

El ser humano es muy fácilmente manipulable por su proverbial alergia a ir al fondo de las cosas.

Guardar rencor estresa mucho y es más que probable que el destinatario ni se entere.

Si no se trabaja la empatía desde la infancia, el maltrato se podrá reprimir, pero no evitar.

Para la gestión de conflictos ayuda más la visión global que la aguda.

A veces uno rehuye la soledad porque tiene pendiente una conversación incómoda consigo mismo.

La procrastinación, única actividad que vale la pena procrastinar.

Tu respuesta debería ser resultado de tu decisión, no forzosamente de la de cierta mayoría.

Ser honesto implica, entre otras cosas, sentir y manifestar la misma indignación cuando una pretendida injusticia nos perjudica que cuando nos beneficia.

La exhibición de lo superfluo sirve tanto para ocultar lo importante como las propias carencias.

Hay quien piensa que trasladar un problema de lugar es resolverlo.

El rendimiento es el resultado de restar las interferencias al potencial. El problema surge cuando no se sabe identificar ni lo uno ni lo otro.

Comunicar pensando en el destinatario o en uno mismo. Una aparente obviedad que sin embargo marca toda la diferencia.

Las circunstancias más favorables son a veces los obstáculos más difíciles de franquear.

La credibilidad es el perfume que delata la autoestima.

La honestidad intelectual no tiene más practicantes por el miedo que produce ser calificado de inepto o traidor.

Lo que uno escribe o dice es su interpretación de una realidad. Cuando otros leen sus textos o escuchan sus palabras, las interpretan a su manera. Y sin, embargo, hay quien se incomoda si esa interpretación ajena no coincide con la suya.

Por mucha convicción que tengamos sobre un asunto, más nos vale valorar hechos y no intenciones.

En la comunicación deficiente, el receptor exagera la mala calidad del mensaje y el emisor la minimiza. Un ejercicio de empatía equilibra las cosas.

Lo lógico es ver la realidad y sacar conclusiones; lo habitual es tener la conclusión lista sin el paso previo por la realidad.

Mucho más decisivo que mis circunstancias es lo que decida hacer con ellas.

La autovaloración que requiere la denigración de otro es forzosamente baja.

Me parece interesante que de vez en cuando nos hagamos esta pregunta: ¿Qué parte de la realidad nos damos permiso para ver?

Dale un mordisco a la realidad y verás que no es tan insoportable como pensabas; a lo mejor incluso se te quitan las ganas de seguir fabricándote una a tu medida.

Hay dos formas de afrontar el crecimiento, con resultados muy distintos: buscar que nos digan lo que nos gusta oír o lo que necesitamos aprender.

Es curiosa la obsesión del ser humano por intentar convencer al prójimo de que la realidad es como le gustaría que fuese.

Ser honesto implica, entre otras cosas, sentir y manifestar la misma indignación cuando una pretendida injusticia nos perjudica que cuando nos beneficia.

Las circunstancias más eficaces son las de fabricación propia.

El rendimiento es el resultado de restar las interferencias al potencial. El problema surge cuando no se sabe identificar ni lo uno ni lo otro.

La verdadera traición no está en cambiar de opinión sino en mantenerla cuando has comprobado su desajuste con la realidad.

Hay mucha más predisposición a corregir la manera de expresar una opinión que la opinión misma.

Cada uno tiene su propio listón individual y el reto de ir elevándolo con cierta frecuencia. De esta manera se contribuye a elevar el listón colectivo.

El ejemplo lo das si, en lugar de levantar la voz, te levantas tú.

Cuando fracasamos, la lección a aprender es si ha sido por una mala estrategia o por falta de esfuerzo. Esa identificación marcará el futuro.

El reconocimiento de errores tiene pocos adeptos por dos razones: 1- la creencia de que ello implica debilidad y 2- el rechazo al esfuerzo de rectificación.

Muchos conflictos se perpetúan porque dar el primer paso se percibe como una señal de debilidad.

¿Por qué valoramos mal una buena idea de alguien cuya ideología no nos gusta? ¿Por qué valoramos bien una mala idea de alguien con quien compartimos ideología?

De los acontecimientos que han marcado tu vida, ¿cuáles se han producido por iniciativa tuya? Una pregunta a responder en la intimidad. O no.

Una mente cerrada no se abrirá hasta que sea consciente de su estado.

Una cosa es estar enamorado de un objetivo y otra muy distinta es sentirse obligado a bendecir cualquier acción -la que sea- que vaya encaminada a conseguirlo.

Lo primero que debemos pensar al establecer un objetivo es si éste va a ofrecer un valor añadido a nuestra vida y a la de los demás.

Está de moda decir que nunca hay que abandonar la lucha por un objetivo, pero, ¿qué ocurre cuando te das cuenta que el objetivo no vale la pena?

Cuando presentas un proyecto a un grupo de posibles colaboradores, fíjate en sus ojos: la gama que va desde el escepticismo hasta la pasión te dará pistas sobre quién puede hacer el viaje contigo.

¿Por qué valoramos mal una buena idea de alguien cuya ideología no nos gusta? ¿Por qué valoramos bien una mala idea de alguien con quien compartimos ideología?

No es nuestra opinión lo que nos define, sino la manera en que hemos llegado hasta ella.

Una conversación con alguien de tu misma opinión es una catarata de confirmaciones; con alguien que no piensa como tú, una oportunidad única de crecimiento para ambos.

Impedir el brillo ajeno es una forma de maltrato.

Cuánta gente hablando en todo momento y en todo lugar y, sin embargo, qué pocas conversaciones…

La importancia de un problema viene determinada tanto por su causa como por la manera en que se aborda su resolución.

Negar segundas oportunidades es uno de los paradigmas de falta de empatía.

El esfuerzo que a uno le supone ir renovando excusas podría dedicarlo a cumplir con su obligación.

La atrofia del criterio selectivo te hace aceptar cualquier cosa que te suene bien.

Antes de valorar a alguien uno debería preguntarse si lo que va a expresar beneficia de algún modo a esa persona.

El secreto de una buena vida es encontrar, en todos sus ámbitos, las dosis adecuadas.

Sería deseable que quien nos priva de la soledad lo hiciera para ofrecernos compañía.

La soledad debería existir solamente como opción.

Hay frases que impactan como un adoquín en un charco.

Intentar paliar la soledad ajena es una de las más generosas manifestaciones de empatía.

Hay quien lo tiene todo y no es feliz y hay quien es feliz sin tener nada. Pero no saquemos conclusiones erróneas: la felicidad no está en la escasez ni en la abundancia sino en cómo digiere cada uno su situación.

Estar obsesionado en llevar al extremo una vida independiente puede atrofiar tus habilidades de socialización.

Antes de predicar tu causa, intenta convencerte a ti mismo. Si no te resulta convincente, replantéatela.

Ante las dificultades, el tipo de deseo que formulemos nos define: 1- No encontrarnos con ellas 2- Ser capaces de afrontarlas y superarlas.

Siendo el ser humano un animal social, ¿qué sentido tiene dedicarse a solventar únicamente los problemas propios?

Para facilitar la resolución de un conflicto no es necesario compartir visión sino predisposición.

La lógica nos dice que es deseable que las partes consideren que su relevancia es mayor en la resolución del conflicto que en su mantenimiento.

La obsesión por la perfección nos conduce al rechazo, y éste, a la soledad. La perfección no existe.

La actitud prepotente en cualquier ámbito es un intento fallido de camuflar la inseguridad y falta de confianza que uno tiene en sus conocimientos y/u opiniones.

Lo que para nosotros pueda parecer carente de importancia para otros puede ser vital. Se puede ser humano de muchas maneras.

Si lo que la vida te pide para salir de tu zona de confort te desanima a salir de ella, ¿te consideras legitimado para la queja?

Cambiar de opinión es humano y en muchas ocasiones, deseable. Otra cosa es esa extendida actitud de desear una cosa y la contraria al mismo tiempo.

Es signo de crecimiento personal el hecho de que una discrepancia, en lugar de ser percibida como una invitación al contraataque, lo sea a la reflexión.

No es ni justo ni útil intentar imponer a los demás las soluciones que a nosotros nos han funcionado (o eso creemos).

Como ocurre con tantas cosas, el problema de la soledad no es tanto su existencia como su gestión.

Si tus retos no están a la misma altura que tus habilidades, te frustras o te aburres. Si no conoces tus habilidades, te sumes en una incertidumbre total.

Aquel que solo se satisface con el todo, prácticamente se garantiza la insatisfacción permanente.

El problema no es discrepar sino no poder superar la necesidad de hacerlo.

El ataque al pasado y/o al origen personal de un tertuliano, además de un patético reconocimiento de falta de argumentos, pulveriza la credibilidad del emisor.

No hay cosa que desestabilice más a una mente cerrada que el hecho de oír una opinión que no le gusta pero que sabe cierta.

Normalmente, cuando se elogia el potencial de alguien es porque no lo está aprovechando.

Se puede aprender de un error siempre y cuando te des cuenta de que lo has cometido y lo reconozcas.

La zona de confort es esa camisa que nos hemos acostumbrado a llevar a pesar de ser dos tallas inferiores a la nuestra.

Echar a volar o quedarse acurrucado en el nido elucubrando sobre nuestro potencial de vuelo. Dos opciones, dos resultados.

Quien no sabe hacer jugar las circunstancias a su favor, las culpa de todo.

Cuanto mayor es el sentimiento de agradecimiento por lo que tienes, menor es la sensación de que te faltan cosas.

La labor más rentable es la de unir la imaginación con la realidad.

La opinión que se pretende imponer por la fuerza, carece de fuerza.

Un rechazo abre un abanico de oportunidades.

Uno de los signos de la grandeza propia es el reconocimiento de la ajena.

Quien se respete intentará ser feliz.

Quien dice no creer en sí mismo tal vez lo haga para eludir la responsabilidad y el esfuerzo que comporta ofrecer su mejor versión.

El hábito no hace al monje, pero algunos de los que se lo ponen se acaban creyendo que lo son.

Es importante saber decir «No» cuando así se crea conveniente, empezando por decírselo a uno mismo.

Uno puede sentirse tranquilo si la cara que ofrece a los demás se parece a la que ve en el espejo.

La tenacidad solo tiene sentido si actúa como complemento de una acción positiva.

El ser humano suele ocuparse más de adquirir fuerza mental que de poner ésta al servicio de un fin que valga la pena.

Las oportunidades se parecen mucho a los taxis. Si te quedas sentado en un banco de la acera, no se parará ninguno a preguntarte si te quieres subir a él.

Es mucho más valiente y digno de confianza quien es capaz de rectificar siguiendo su conciencia que el que se mantiene en sus trece bajo el dictado ajeno.

Muchas veces la falta de confianza en uno mismo es consecuencia de una mera especulación, derivada del hecho de no haberse puesto a prueba.

Ni mi imaginación debe tener límites ni mi falta de imaginación debe limitar las acciones ajenas.

Nos dotamos de un filtro para ver las cosas no como son sino como nos gustaría que fueran. Creceremos cuando cuestionamos la calidad del filtro.

Está bien reconocer los puntos en los que estamos de acuerdo, pero el trabajo importante debe centrarse en los otros.

No ver a los demás ni como obstáculos ni como trampolines en nuestro camino, sino como lo que son: personas. Esta perspectiva lo cambia todo.

Querer no te garantiza poder, pero es sin duda uno de sus ingredientes principales.

Lo más grave no es hacer mal las cosas, sino la extendida aceptación social de ese hecho.

Cuando el infortunio ajeno se convierte en nuestra principal fuente de felicidad, estamos reconociendo que no sabemos influir sobre ella.

Todo el mundo quiere ganar, pero hay que estar dispuesto a hacer lo necesario para lograrlo. Y está claro que no todos lo están.

Las personas que se creen importantes están en lo cierto: lo son, así como todos los demás.

Hay quien simula indignación por recibir ataques, cuando en realidad los está deseando porque cree que sin ellos no es nada.

El más limpio no es el que más limpia sino el que menos ensucia. En todos los ámbitos.

Sorprende la poca importancia que se le da al autoconocimiento. Que yo sepa hay tan solo una persona que nos garantiza su compañía todos los días de nuestra vida.

El mero hecho de que la carga emocional ajena sea distinta a la nuestra no la hace forzosamente más llevadera. Cuidado con los juicios.

Las relaciones sociales incluyen la que se tiene con uno mismo.

Un líder nunca busca el seguimiento incondicional, sino la mejora constante de la calidad de su ejemplo.

Si no hay servicio, la autoridad carece de razón de ser.

A veces, la diferencia entre virtudes y defectos radica únicamente en la dosis. La paciencia es un ejemplo.

Quien no tiene nada que perder, no tiene opción de ser valiente.

Procuremos que nuestra ambición esté a la altura de nuestro talento. Sólo ese equilibrio nos permitirá fluir.

Cuando alguien hace una generalización, conviene contestar: “Muy interesante. Cuando dices eso, ¿a qué te refieres exactamente?”. Esta pregunta suele provocar balbuceos o silencios.

No pretendo que se entiendan otras opciones, pero sí que se haga el máximo esfuerzo por entenderlas.

Una de las consecuencias del crecimiento personal es no necesitar perder las cosas para poder valorarlas.

Con el paso del tiempo vas identificando el “para qué” que le corresponde a cada “qué”.

Reivindico mi derecho a vivir en la ignorancia una vez agotados todos los esfuerzos para superarla.

La mejor forma de aferrarse a la vida es soltar lastre.

El miedo a caerte te hace caer y el miedo a levantarte te impide levantarte. Si no lo superas, el miedo escogerá por ti la peor opción.

Mientras uno no identifique cuál es su necesidad insatisfecha que le provoca el deseo de castigar a la otra parte, la gestión del conflicto será muy complicada.

El problema no está en la incertidumbre en sí, sino en no afrontarla con alegría.

¿Me preguntas cómo me gano la vida? No me la gano, me la regalaron.

Buscamos ansiosamente lugares con energía sin darnos cuenta de que somos nosotros su principal fuente.

La consideración de que el talento es patrimonio exclusivo de unos pocos constituye el paradigma de la irresponsabilidad y del escapismo.

El obseso con el reconocimiento y el violento tiene la misma tarea: deben identificar su necesidad insatisfecha.

No te fíes tanto de tu estado actual como de tu tendencia.

Me pregunto por qué aceptamos como algo normal el hecho de que se valore más la voluntad propia que la ajena.

El «por qué» pertenece al pasado y el «para qué» al futuro. Ambos interesantes de conocer, pero uno debe priorizar en función de su enfoque.

Cuando me arrepiento de lo hecho, tengo siempre a mi disposición una pregunta que me abre los ojos: ¿Cuál era en ese momento mi necesidad insatisfecha?

La necesidad de que la gente haga lo que a nosotros queramos está ya sea en el origen o en el mantenimiento del conflicto.

Hay dos tipos de talento: el que tienes para ciertas cosas y el talento para descubrirlo.

La tan habitual consigna “O estás conmigo o contra mí” es un insulto a la inteligencia de los destinatarios, al considerarlos incapaces de soluciones alternativas.

El peligro de los que dicen estar en posesión de la verdad es que puede llegar un momento en que realmente se lo crean.

Si quieres saber los defectos de alguien, lo que esa persona reprocha a los demás te dará las mejores pistas.

En un conflicto se considera normal que cada parte defienda sus intereses. ¿Qué pasaría si cada parte defendiera los intereses de todos?

La vida puede dar un cambio radical en cualquier momento. Lo ideal es que ese cambio lo provoque uno mismo.

Nuestras carencias nos hacen humanos. Nuestros esfuerzos por paliarlas incrementan nuestra calidad humana.

No te extrañe que, entre las personas a las que ayudes, haya alguna que no te perdone el haberle dejado sin problema.

Dado que la perfección es inalcanzable, identifiquemos la imperfección que podamos tolerar.

Al expresar nuestra opinión lo primero es mantener el respeto hacia uno mismo. Que agrade o no al interlocutor debería ser un efecto colateral, no un objetivo.

La calidad de una opción no viene determinada en modo alguno con su número de adeptos.

Pensar que lo que funciona no precisa cambios es limitarse. Siempre hay algo que cambiar para que lo que va bien perdure.

Todo el mundo merece ser tratado como lo son los clientes antes de llegar a serlo.

La obsesiva búsqueda de la felicidad absoluta nos impide apreciar y saborear múltiples felicidades.

Mirar hacia tu interior y que te empiece a gustar. De eso se trata.

Es habitual considerar que las únicas opciones merecedoras de cuestionamiento son las ajenas.

Pensar que los triunfadores han nacido con talentos especiales constituye la más antigua y habitual de las excusas.

El método más utilizado para vivir de acuerdo con la verdad es modificarla al gusto propio.

Aunque sólo sea en legítima defensa, debemos procurar que se eleve el nivel de autoestima de la mayoría. Quien lo tiene bajo pasa factura al resto.

Quien cree que su opinión es incuestionable percibe a quien discrepa de ella como el paradigma de la injusticia.

El miedo a que el triunfo propio eclipse al de un ser querido constituye un obstáculo que no todos saben salvar.

Más que el objetivo que se proponga, es la honestidad en el uso de los medios lo que define a una persona.

Confundir imperfecto con nefasto se debe, al hablar de uno mismo, a una baja autoestima; al hablar de otros, puede que también.

La expresión «Mal líder» es un oxímoron.

Para disfrutar de los pros hay que superar algún contra. Ocurre que muchos son los que quieren disfrutar de los primeros y pocos están dispuestos a afrontar los segundos.

Nuestro nivel de honestidad se manifiesta en cómo reaccionamos cuando la realidad no nos ofrece los argumentos que le irían bien a nuestra causa.

La convicción de que el mero hecho de que algo te guste significa que te conviene a ti y a toda la colectividad, está en el origen de numerosos conflictos, algunos de ellos de gran magnitud.

Estoy en plena negociación conmigo mismo. Bueno, como cada día.

Obtener lo que realmente queremos y al mismo tiempo satisfacer las necesidades de quienes conforman nuestro entorno. William Ury cree que este es el dilema humano más omnipresente y difícil.

Al inicio de cualquier proceso de crecimiento o desarrollo hay un interruptor que va encendiendo los pasos posteriores: la decisión de ponerse en marcha.

No podemos llegar a realizamos mientras el casting de personajes que afectan a nuestra vida no lo confeccionamos nosotros mismos.

Uno no puede comprometerse con ideas que van volando. Debe primero echarles el lazo, definirlas, afinarlas y otorgarles la categoría de objetivo.

La distancia entre las intenciones y la acción será de la dimensión que decidamos darle.

La imperfección debe ser el saldo natural de nuestros esfuerzos, no un objetivo resignado.

Uno se estanca si cree estar sistemáticamente por debajo de las circunstancias.

Por alguna misteriosa razón, costumbres y tradiciones, aun siendo obsoletas, estériles o dañinas, tienen para muchos más atractivo que el cambio.

Te pueden ayudar a explorar caminos que desconocías, pero la responsabilidad de tu elección es solo tuya.

El vértigo que produce tomar por fin conciencia de tus capacidades se convierte en placer en cuanto las pones en práctica.

La búsqueda obsesiva del mérito la practica quien no lo tiene.

Tras una decepción, cuanto menos tarda uno en sentirse espoleado para revertir la situación, menos oportunidades le ofrece al estéril lamento.

¿Se parecen los consejos que damos a los demás a los que nos damos nosotros mismos?

Maduras más con los reveses que con los años.

Cada vez que la vida me ha dado un bofetón, le he agradecido que lo haya hecho a tiempo.

Si necesitas anunciar a los demás que has cambiado, probablemente todavía no lo hayas hecho.

Si no nos acostumbramos a hacer preguntas sólidas, nos acabaremos conformando con respuestas de baja calidad.

Tanto para las ideas como para las acciones, la clave es saber dar con el detonante.

No intentar algo por considerarlo difícil es, además de una excusa, una manera de autodefinirse.

No nos desesperemos si nuestro interlocutor no entiende nuestro mensaje tal como lo emitimos. Cada uno tiene su propio filtro y reacciona en consecuencia.

No es de las emociones incómodas que debemos protegernos, sino de nuestra ineficacia para gestionarlas.

Todo lo que escribo es autobiográfico porque en un momento u otro ha pasado por mi imaginación, que forma parte de mi vida.

El nivel de autoestima es inversamente proporcional a la necesidad de compararse con los demás.

El cuestionamiento te lleva al autoconocimiento y éste a mejorar la autoestima, que beneficia al interesado y a su entorno. La clave está en empezar a hacerse preguntas.

Saber identificar lo que podemos controlar, aquello en lo que sólo podemos influir y lo que escapa a nuestro control, nos puede ahorrar gran cantidad de energía.

La violencia contra las mujeres se empezará a gestionar bien el día que deje de ser una cuestión de género para ser una cuestión de especie.

Conviene cuestionarlo todo, pero de manera particular las creencias que nos limitan.

Atrévete a caminar desbrozando el camino hasta tu mejor versión. Serás admirado, odiado y enviado. Pero serás más persona.

Sólo yo puedo ser el pionero de mi vida.

Los supuestos valores que se erosionan al ser expuestos al acoso de la mayoría, no son valores sino puro maquillaje.

No me convencen los lemas del tipo «Hoy por ti, mañana por mí». Las cosas se deben hacer de manera correcta por definición, no como una inversión a futuro.

Cuánto tiempo cuesta llegar a lo sencillo…

Una de las tentaciones más difíciles de resistir es la de decir a la gente lo que le gusta oír.

Si de mi experiencia -reacción al compendio de errores y aciertos- sólo me aprovecho yo, ¿qué sentido habrá tenido mi paso por este mundo?

Esa persona que se esfuerza tanto en despreciar a los demás y en encontrar que todo está mal, ¿de qué tiene miedo?, ¿cuál es su necesidad insatisfecha?

Mientras no seamos capaces de ver nuestras emociones con perspectiva, corremos el riesgo de convertirnos en sus esclavos.

Para la realización de tus objetivos, la opinión ajena debería ser orientativa, no vinculante.

Es mucho más efectivo propiciar un momento que esperar el momento propicio.

Conforme me voy conociendo voy saldando viejas cuentas que tenía conmigo mismo.

Los problemas de adaptación a una determinada situación pueden deberse a una falta de comprensión sobre las propias emociones. Trabajemos el autoconocimiento.

El nivel de autoconocimiento es inversamente proporcional a la subjetividad con la que valoramos las distintas situaciones.

No sé por qué algunas personas hacen el paripé de pedir explicaciones cuando de todas maneras sólo son capaces de aceptar como válida la opción que más se ajusta a sus gustos.

Dicen que es mejor pedir perdón que permiso. Yo creo que lo mejor es saber cuándo toca pedir una cosa o la otra.

Minusvalorar al prójimo no eleva tu nivel. Del mismo modo, el otro no necesita que te rebajes para subir el suyo. Cada uno va por libre.

La nostalgia no es el dolor por un pasado feliz sino el lamento por haber perdido en su día la oportunidad de que lo fuera.

Las circunstancias están sobrevaloradas.

Todos somos un compendio de luces y sombras. Lo que importa es la lucha diaria para que el saldo sea luminoso.

No creo en la eficacia de «tranquilizar» la conciencia. A esta nadie la engaña; está al corriente de todo. Por definición.

Si las consecuencias de los hechos no gustan a quien los comete, éste siempre puede explicar que fueron distintos a como en realidad sucedieron. Así es sencillo, así de ominoso.

No se logra cambiar un hábito mientras la necesidad no supere en intensidad al simple deseo.

¿De qué sirve buscar la aprobación de los demás si no te la das tú mismo?

Una buena dosis de observación y de honestidad intelectual permiten salir del bucle consistente en idealizar a ciertas personas o situaciones y menospreciar a otras.

La capacidad de observación es de máxima importancia porque te abre el camino a todas las demás.

Si el objetivo de tu mensaje es denigrar o incomodar a la otra parte en conflicto, piensa que tu satisfacción será efímera y no alcanzará más allá de tus vísceras. Y el conflicto seguirá irresoluto.

Si uno rasca en su interior, verá que no vale tan poco como piensa ni tanto como quiere aparentar.

Lo correcto es valorar las situaciones con rigor y honestidad. Además, para las valoraciones superficiales y sesgadas hay demasiada competencia.

Obtenemos menos cosas de las que deseamos porque la mayoría de peticiones no nos las hacemos a nosotros mismos.

Una de las maneras de expresar la baja autoestima es considerar a los demás como sacos de boxeo para sustituir al verdadero blanco de tus iras.

El día en que te des cuenta de lo que eres capaz de hacer, no te asustes si te entra el vértigo. Es normal.

El intento de autoengaño se manifiesta de manera habitual en los defectos ajenos: no vemos los que tienen los otros sino los que nos gustaría que tuvieran.

El conflicto está servido mientras unos crean que sus derechos son de mejor calidad que los ajenos.

Enorme decepción se lleva quien ha vivido intentando satisfacer las expectativas ajenas cuando se entera de que esas ni siquiera existían.

La vida está plagada de apagones que pueden ser determinantes para un resurgir más luminoso.

La culpa es de las cosas que peor se distribuyen.

Si te sientes insatisfecho, enhorabuena. Cumples el primer requisito para iniciar el camino del cambio.

Los prejuicios entelan la mirada hacia los demás pero también hacia nosotros mismos. Son uno de los principales obstáculos para el autoconocimiento.

Una cosa no se merece por el mero hecho de desearla. Esa es la confusión a la que lleva la cultura de la satisfacción inmediata.

Lo determinante no es la educación que hemos recibido sino qué es lo que pensamos de ella cada uno de nosotros.

Negarse de manera sistemática a hacer autocrítica equivale a renunciar a una de las características que nos hacen más humanos.

Uno empieza a estar en condiciones de gestionar su vida -conflictos incluidos- cuando la realidad deja de parecerle insoportable.

Estar muy atentos a cómo reaccionamos ante las experiencias cotidianas nos dará las mejores pistas para profunfizar en el autoconocimiento.

Yo creo que el autoengaño no llega nunca a pasar la barrera de la tentativa, pero quien se conoce bien a sí mismo ni siquiera necesita intentarlo.

Renunciar a desarrollar el propio potencial es una forma de maltrato autoinfligido.

Aprender a gestionar la incertidumbre me parece la aspiración más inteligente, pues la vida es incierta de principio a fin.

Con lo maravilloso que es construir, resulta curioso que la destrucción tenga tantos adeptos.

El día en que uno deja un resquicio a posibilidad de aceptar un debate sincero con posturas diferentes, siente el fresco aroma de la libertad.

Al conocimiento de la realidad le ocurre lo mismo que a otras muchas cosas: dedicarle reflexiones ocasionales sirve de poco; es la sostenida actividad cotidiana lo que marca la diferencia.

No se trata de vivir anclado en el pasado, pero vale la pena intentar comprenderlo para que se convierta en nuestro mejor mentor.

La necedad es la ignorancia voluntaria. Ser necio es, por tanto, una decisión; además, ésta incluye, sin coste adicional, la terquedad.

Unos tienen la razón, otros la fuerza, otros ambas cosas y otros, ninguna. Pero nadie piensa que no tiene la razón.

De los múltiples errores que cometemos, tal vez el peor sea el de seguir cualquier instrucción solo por el miedo a decepcionar a quien nos las da.

Tras la interesante conversación que he tenido hoy con mi yo niño, voy a ver si, de hoy en adelante, soy capaz de seguir los mismos consejos que le he dado.

Antes de explicar, explícate; en modo reflexivo.

El ser humano se caracteriza por su falta de fe, tanto en su capacidad de mejorar las cosas como de empeorarlas.

Los que piensan y dicen «Después de mí, el diluvio», se olvidan de decir «Mientras tanto, el delirio».

Dicen que la gente se pone a buscar excusas cuando no consigue su objetivo. A la mayoría no le hace falta buscarlas, las tiene ya preparadas de antemano.

Muchas personas se centran en admirar la vida ajena por el simple hecho de que no conocen la propia.

Pedir que te argumenten algo no constituye traición alguna.

Qué incómodas se deben sentir esas personas que se empeñan en convencerte de algo que ellas mismas no entienden…

Madurar significa, entre otras muchas cosas, ser consciente de tener una gran necesidad de crear y ninguna de fingir.

No disponer de los suficientes recursos para lograrlo todo no justifica no hacer lo posible con los que están a nuestro alcance.

Para un asunto concreto, el nivel de preocupación y el de ocupación suelen ser inversamente proporcionales.

El planteamiento egocéntrico en la gestión de un conflicto suele dar resultados muy pobres para el que así lo configura.

El nivel de preocupación y el de ocupación suelen ser inversamente proporcionales.

Llega un momento en que uno debe decidir si hay coincidencia o no entre lo que otros piensan que es bueno para ti y lo que piensas tú mismo acerca de ello.

Averiguar el interés y la necesidad que oculta la posición de la otra parte en conflicto es clave. Lo que ocurre es que a veces nos cuesta lograrlo con nosotros mismos.

Obsesionarse en negar cualquier concesión a la otra parte cierra las puertas a la creatividad y a mejores resultados solo posibles con una mente más abierta.

Tu opinión sobre las cosas que no te gustan define tu posición; lo que haces al respecto, te define a ti.

Ser consciente de la satisfacción que produce valorar una situación con independencia de quién esté implicado en la misma, ayuda a abandonar el habitual incondicionalismo.

Una infancia y una juventud edulcoradas constituyen uno de mayores factores inhibidores del crecimiento personal.

El mundo no está limitado por la visión que tenemos de él y, sin embargo, actuamos como si así fuera

El mundo no se desmorona porque cometamos errores. Ni siquiera nuestro pequeño mundo.

Hay que saber fracasar de manera adecuada.

Crecer cuesta un esfuerzo pero es mucho menos duro que no hacerlo.

Los defectos de una persona quedan desvelados por sus reproches.

Decir que no se tiene talento es una excusa para ocultar la poca disposición a estar a la altura del mismo.

«Te lo dije y no me hiciste caso» es una frase maldita. No ayuda al destinatario, que bastante tiene con lo que la ocurrido. Tan solo muestra una necesidad de reconocimiento de quien la expresa.

El transcurso natural del crecimiento personal va desde aspirar a recibir luz a desear propagarla.

En un conflicto lo que veas dependerá en buena parte de cómo lo mires.

La reacción de uno cuando verifica que la noticia que ha dado -y que tanto le favorece- es falsa, dice mucho de su honestidad intelectual.

No es sencillo encontrar el justo equilibrio entre la exigencia y la flexibilidad cuando se trata de aplicarlo a uno mismo.

Es síntoma de crecimiento pasar del estrés que produce la búsqueda de excusas a la tranquilidad de no necesitarlas.

En los fracasos -y también en los éxitos- lo lógico es analizar las causas y después identificar a los responsables. ¿Por qué es tan habitual invertir ese orden?

“Un poco”, esa coletilla tan recurrente y al parecer irrenunciable que acompaña a la presentación de cualquier proyecto. ¿De dónde viene esa alergia a valorarse en la justa medida?

Empieza un gran día, de cuya riqueza y calidad deberíamos sentirnos en gran parte responsables.

Al hacer la distinción entre las cosas que podemos controlar, aquellas sobre las que solo podemos influir, y las que escapan a nuestro control, necesitamos la máxima sinceridad.

Cuando hagas el repaso de tu día, pregúntate qué te gusta más escucharte:¿Un «Bien dicho» o un «Bien hecho»?

La gente es muy dada a poner etiquetas, pero las que tienen mayor efecto son las autoimpuestas.

Antes uno iba dejando piedras en el camino para no perderse en el regreso. Ahora muchos las van poniendo por delante para dificultar su propia marcha.

Vivir tomando decisiones “por descarte” en cuanto a personas y cosas, tienen el inconveniente de que te limitas a fijarte en los defectos.

Uno debería revisar con cierta regularidad su sistema operativo. El del ordenador, también.

En situaciones de conflicto conviven a veces dos enfoques: el del que quiere resolverlo y el del que necesita preservar su ego, aun a costa de un bloqueo.

Si alguien se dedica de manera sistemática a atacar tu autoestima, te está confirmando que tu potencial es alto.

La palabra fracaso suena muy contundente porque se equipara el fracasar con ser un fracasado. La eterna confusión entre rol e identidad.

Negociar no es imponer. Tan claro de entender y, por lo visto, tan difícil de aplicar.

Hacer tabla rasa de un asunto por encontrarle defectos tiene el inconveniente de que, al hacerlo, arrasas también con todo lo que tiene de positivo.

Las habilidades técnicas te ayudan a conseguir un trabajo; las sociales, a conservarlo.

En cualquier ámbito, el problema no es encontrar que lo que hacen los demás esté mal; el problema es necesitar que lo esté.

Al llegar la noche, cabe preguntarse cuál ha sido nuestra influencia en la calidad del día.

Ese atractivo que le otorgamos al camino que en su día no tomamos se lo negamos al que escogimos. Aprendamos a valorar más la realidad que el humo.

Antes de aceptar instrucciones, deberíamos pensar si lo que realmente somos está o no en contradicción con lo que ciertos estamentos quieren que seamos.

«Siento un cierto placer al ver a alguien fracasar», dijo un contertulio. «¿Qué tipo de placer, exactamente?», le preguntó otro. No supo qué contestar. Y es que la baja autoestima es difícil de reconocer en público.

No es tan complicado cambiar como darse cuenta de la necesidad de hacerlo.

Si no superamos el miedo a aceptar defectos en nuestras filas, carecemos de legitimidad para criticar lo ajeno.

Creceríamos mucho más si pusiéramos el mismo nivel de curiosidad por lo importante que el que ponemos por lo banal.

Las conversaciones con uno mismo son las más duras pero también las más esclarecedoras.

Limitarme a considerar mi problema puede impedirme encontrar una solución que tal vez se revele al examinar el problema de la otra parte en conflicto.

Unos buscan obsesivamente el reconocimiento -incluso el falso- y otros rechazan el elogio sincero. Parece difícil encontrar equilibrio en la autovaloración.

Das muestras de crecimiento cuando abandonas la necesidad obsesiva de recibir aplausos y sientes el placer de aplaudir a los demás.

El manipulador y el adoctrinador no tienen toda la responsabilidad. Uno cree lo que está dispuesto a creer, la mayoría de veces porque lo que oye encuentra acomodo en sus gustos.

En la identificación de la responsabilidad por el propio fracaso, uno puede empezar por el complot universal en su contra, pero debería ir acotando más la búsqueda.

Hay una creencia colectiva de que resaltar lo negativo de cada situación otorga un estatus de superioridad moral e intelectual.

Cabe preguntarse si nuestra opinión responde a una conclusión racional o a la necesidad de ajustar la realidad a nuestros gustos.

Resolveré mejor mi problema si entiendo y abordo el problema de la otra parte en conflicto.

Piensa en las razones por las que no acometes eso que sabes que debes hacer, y no te quedes satisfecho hasta que sientas la sinceridad en tu respuesta.

La verdadera esencia de una persona no se revela solo en el fracaso; también en el éxito y en cualquier otra circunstancia.

Si un éxito se puede malograr por una mala digestión del mismo, a un fracaso se le puede dar la vuelta por la razón opuesta.

La diversidad que más miedo -y por tanto más rechazo- genera no es la racial sino la de opinión.

La provocación te dará aplausos a cortísimo plazo; la resolución puede tardar más, pero sienta las bases para una correcta convivencia. Lo que decidas te define.

La confianza en uno mismo permite poner en marcha algo fundamental: la iniciativa.

Menospreciar los intereses de la otra parte en conflicto con el fin de conseguir el 100% de lo deseado, suele garantizar la frustración y el enquistamiento.

Los verbos tienen pasado perfecto y futuro perfecto. No le ocurre lo mismo al presente. En la vida deberíamos conseguir que el presente formara parte del club.

Si pensamos que una reflexión sobre la gestión de un conflicto incumbe solo a la otra parte porque nosotros ya tenemos la razón, es que no hemos entendido el mensaje.

El gran error es pensar que todo conflicto debe ser ganado, en lugar de resuelto.

No hay ninguna traición si el cambio de opinión es debido a una mayor profundidad en el conocimiento de la realidad. En ese caso, permanecer fiel a lo anterior sería un acto de traición con uno mismo.

Quien está seguro de lo que hace no se obsesiona con llamar la atención para recibir aplausos.

Si uno siente que no puede entender la razón por la que otra persona piensa de una manera diferente, debería reflexionar sobre cuál es la necesidad insatisfecha que le incita a actuar así.

Quien te ignora no ve nada en ti; quien te desprecia se ha fijado en ti por algún motivo que le incomoda y que probablemente le recuerde a sus carencias.

Si quieres tener más energía, despliega la que ya tienes. A la energía le ocurre lo mismo que a la abulia: se autocontagia.

Dejemos de prestar atención y regalémosla.

El tiempo a nuestra disposición nos iguala a todos; lo que nos diferencia es dónde y cómo ponemos el foco de atención.

Quien rehúsa cuestionar las instrucciones teledirigidas que recibe no es consciente de que es prisionero y carcelero al mismo tiempo.

En la lucha entre la razón y la intuición, pensemos quién busca justificaciones y quién vela mejor por nuestros intereses.

Quien se acostumbra a considerarse víctima de un complot universal que le cierra el camino del éxito, se queda sin explicación cuando algo le sale medianamente bien.

Nadie sabe lo que el futuro le va a deparar, pero uno siempre puede decidir qué intentará depararle al futuro.

Una señal de crecimiento personal es dejar de mostrarse totalmente sometido a las circunstancias para poner a éstas al servicio de uno.

Un conflicto que queda bien resuelto de una manera distinta a la que esperábamos antes de abordar su gestión, probablemente nos cambie el concepto de lo que es ganar.

Inteligencia, empatía, creatividad, responsabilidad y paciencia son los requisitos para gestionar con eficacia un conflicto. Pero hay más adeptos a la bronca fácil y reiterativa. Y el asunto se va alargando.

La provocación te dará aplausos a cortísimo plazo; la resolución puede tardar más, pero sienta las bases para una correcta convivencia. Lo que decidas te define.

La confianza en uno mismo permite poner en marcha algo fundamental: la iniciativa.

Cada individuo debería proponerse ser autónomo de pensamiento y no estar al albur de los adoctrinamientos ideológicos. Si no es así, las ruedas de molino se irán quedando pequeñas.

A diferencia del colibrí, que debe moverse a gran velocidad para permanecer en el mismo lugar, la gestión del conflicto requiere calma para poder avanzar rápidamente.

El conflicto ofrece multitud de oportunidades. Una de ellas es la de aprender lo que es importante para otras personas.

Asimilamos con más facilidad lo que nos reconforta que lo que nos desafía. Esa es la gran baza de quienes nos necesitan en su rebaño.

Cualquier declaración que vaya en contra de los intereses o gustos propios es calificada de mentira, con total independencia de que su contenido sea o no cierto.

Hay que ir con cuidado con la palabra “buenismo” porque se suele usar para justificar el rechazo a las conductas de alta calidad.

Cuando hayas dado con la llave de la autoconciencia, podrás abrir el arca que contiene la llave del cofre del autoconocimiento.

Lo más conveniente para unos y otros es más fácil de entender que de identificar.

El conflicto puede ser abordado desde una posición de poder, de reivindicación de derechos o de expresión de intereses.

Las reivindicaciones y las amenazas forman parte del posicionamiento inicial de la partes en conflicto. La tarea clave consiste en desvelar los intereses reales.

El autoconocimiento no es un antídoto para evitar les estados negativos, pero permite identificarlos y afrontarlos.

El origen de nuestros males raramente está en el mundo exterior.

¿Qué hacemos con el pasado? ¿Nos instalamos en él para justificarnos por el resto de nuestras vidas o le agradecemos las lecciones?

En una mesa de negociación uno no solo descubre aspectos que desconocía de la otra parte, sino también de sí mismo.

Me observo, analizo lo observado y hago los ajustes pertinentes.

Lo que soy me genera autoestima, y lo que hago, autoconfianza.

En un conflicto podemos limitarnos a reaccionar emocionalmente o utilizar métodos para gestionar dichas emociones y obtener así mejores resultados.

El ansia por poner término a un conflicto hace que a menudo se confunda conclusión con resolución.

Nadie sabe lo que el futuro le va a deparar, pero uno siempre puede decidir qué intentará depararle al futuro.

Cuando tomas partido por una postura, ¿lo haces porque lo sientes o porque lo necesitas?

No hay que confundir la inutilidad de una discusión con la dificultad de que te den la razón.

En cualquier situación, pero con más razón en un conflicto, no debemos plantearnos si nuestras preguntas van a ser buenas sino eficaces.

La gestión de un conflicto requiere creatividad y ésta es el resultado de un conflicto de ideas.

Uno debería hacer un esfuerzo para recordar lo que pensaba antes de hacer caso a los que le dijeron lo que tenía que pensar.

Si una opinión discrepante hace tambalear una relación -del tipo que sea- habrá que cuestionar la solidez de ésta.

No entiendo por qué hay tanta gente que se arriesga a vivir una vida sin riesgos.

Hay una señal clara de crecimiento personal: pasar de que una crítica te desestabilice a que te estimule.

El pistoletazo de salida de la madurez lo puede dar tanto la aceptación de que puedes no tener razón como la conciencia de que hay cosas que ignoras.

Exigirse es una forma de autorrespeto.

Sigamos con nuestra alquimia de convertir errores y carencias en activos personales.

Frente a individuo con un enfoque agresivo, conviene mantener la calma y no reaccionar como a él le gustaría. Una actitud abierta nos ayudará en identificar su necesidad insatisfecha.

Un estilo de negociación agresivo se contrarresta manteniendo un enfoque afable aunque asertivo.

Los sectarios le ponen apellidos a la ética.

Nos caigamos en la trampa de utilizar la mesa de debate para defender una postura sin aportar ni escuchar argumentos. A no ser que el objetivo se limite a ejercitar la garganta.

El gran atractivo de la superficialidad está en que, al no analizar las cosas con rigor, no se corre el riesgo de que el resultado contradiga nuestra tesis.

El ser humano es especialista en adaptar la realidad a lo que más le conviene para poder justificar su postura con mayor facilidad.

Para lograr que el conflicto sea transformador se requieren gestores creativos de alto nivel, no meros notarios de una disputa.

En función de la relación que mantengamos con ellos, emociones y sentimientos pueden ser nuestros mejores aliados o nuestros mayores perturbadores.

El ser humano nace con dotes de adivino. Antes de analizar una situación, ya sabe que la responsabilidad en ningún caso será suya.

Antes de enviar tu mensaje -verbal o escrito- piensa dos cosas: si está alineado con tu objetivo y cómo lo va a recibir el destinatario. Cuando tengas automatizadas estas dos tareas, tus mensajes darán un salto de calidad.

Uno escoge una opción porque le gusta, no porque la considere la mejor. Pero con el tiempo acaba por confundir agrado con calidad. Y en la confusión se atrinchera y no admite discusiones.

El fracaso no está en el error cometido sino en no haber aprendido de él.

Negarse a emprender el camino del autoconocimiento tiene la ventaja de que te ahorras el esfuerzo que requiere transformar errores y carencias en éxitos.

Lo importante no es la cantidad de puntos que cedas tú o la otra parte; lo importante es la relevancia de los mismos en el conjunto del conflicto.

Afrontar un miedo de manera regular conforma uno de los hábitos con consecuencias más sólidas.

Hay dos maneras básicas de alimentar un conflicto: gestionándolo mal e ignorándolo.

Si tus ideas no soportan la convivencia con otras pregúntate por qué las has hecho tuyas.

Un pensamiento único no mejora su calidad por el hecho de oponerse a otro pensamiento único.

Buscar argumentos a favor de la opción que detestamos fomenta la pereza; hacerlo a favor de la que nos gusta, la diligencia.

Que tu objetivo de vida sea tener siempre la razón te garantizará, en el mejor de los casos, una existencia agridulce.

Echo de menos al victimismo en las listas de adicciones.

La clave está en que se entienda que solucionar mi parte del problema no es lo mismo que solucionar el problema.

La solución de un conflicto no puede permitirse no ser realista.

No salir de ese pequeño mundo te proporciona un sucedáneo de felicidad, muy alejado de la plenitud que te ofrece desarrollar todo tu potencial.

¿Dudas de tu creatividad? La búsqueda de soluciones para un conflicto te ofrece el escenario ideal para ponerla a prueba.

El maltrato y el abuso -de todo tipo- no son más que manifestaciones de considerar a los demás como objetos al servicio de nuestros deseos o necesidades. Por ahí debe ir la educación.

La comparación y la competición no te dan una visión correcta de tu progreso como persona.

El arte de culpar sistemáticamente a los demás de cualquier situación no representa ninguna astucia, sino un miedo reverencial a asumir las propias responsabilidades.

El conflicto ofrece multitud de oportunidades. Una de ellas es la de aprender lo que es importante para otras personas.

Asimilamos con más facilidad lo que nos reconforta que lo que nos desafía. Esa es la gran baza de quienes nos necesitan en su rebaño.

Constato con demasiada frecuencia y gran desazón que el único criterio para valorar una decisión judicial es el hecho de que ésta favorezca o no los intereses propios.

Hay que ir con cuidado con la palabra “buenismo” porque se suele usar para justificar el rechazo a las conductas de alta calidad.

Cuando hayas dado con la llave de la autoconciencia, podrás abrir el arca que contiene la llave del cofre del autoconocimiento.

Lo más conveniente para unos y otros es más fácil de entender que de identificar.

Las reivindicaciones y las amenazas forman parte del posicionamiento inicial de la partes en conflicto. La tarea clave consiste en desvelar los intereses reales.

El autoconocimiento no es un antídoto para evitar les estados negativos, pero permite identificarlos y afrontarlos.

El origen de nuestros males raramente está en el mundo exterior.

El gran reto es conseguir que el adicto al victimismo entienda y acepte que la gente no se pasa el día pensando en él.

Los conflictos se originan por percepciones de incompatibilidad entre distintas posiciones. Trabajar la percepción es clave. Ser capaz de hacerlo juntos, un paso de gigante.

No nos engañemos: no son las diferencias lo que nos separa sino el no saber hacer de ellas un activo personal y colectivo.

Para formarte una opinión hay dos tipos de filtro: el que te regalan para que veas las cosas siempre igual, y el que te fabricas tú mismo, más costoso en esfuerzo pero de mejor calidad.

La imposición de una solución unilateral no resuelve un conflicto, tan sólo lo maquilla de forma temporal.

Reconocer públicamente que la labor propia va a consistir en dificultar la ajena es de agradecer. Aunque también es un reconocimiento de la incapacidad de aflorar la mejor versión de uno mismo.

La mediocridad es una vocación que, sorprendentemente, no figura en las listas de adicciones.

El fin justifica los asedios.

Dicen que vivimos una época de individualismo exacerbado. Yo veo el mismo gregarismo de siempre. En algunos ámbitos, incluso mayor.

A pesar de que a muchos ya les va bien que los niños crezcan sin pensar por sí mismos ni se les enseñe a aplicar el rigor en los análisis, pienso que vale la pena el esfuerzo. Tal vez peque de iluso.

Debemos pensar siempre en los demás y, al mismo tiempo, incluirnos entre ellos.

Demonizar a la otra parte en conflicto resta fuerza a la posición propia.

Cuando tomas partido por una postura, ¿lo haces porque lo sientes o porque lo necesitas?

No hay que confundir la inutilidad de una discusión con la dificultad en que te den la razón.

Considerar que algo sea fácil o difícil suele ser el resultado de una percepción a la carta.

El atractivo que ejerce la demagogia sobre quien la practica es inversamente proporcional a su autovaloración.

Al sectario le resulta mucho más cómodo afrontar una oposición total que una matizada y bien argumentada.

Tras superar los obstáculos autoimpuestos, uno está en condiciones de afrontar el siguiente en la lista de dificultades: la inercia.

El sentimiento de rechazo no requiere que éste sea real; basta con que sea percibido como tal para que la reacción del individuo sea devastadora.

No apostar por el propio potencial se puede asimilar a una forma de maltrato autoinfligido.

Incluso las mentes más preclaras corren el riesgo de creerse su mensaje a fuerza de repetirlo.

La perspectiva en el conflicto es clave. Lo sabemos y la negativa a cambiarla dice mucho sobre el miedo a lo que podríamos ver al hacerlo.

Cuando nos entra la tentación de emitir una crítica negativa, vale la pena preguntarnos si lo vamos a hacer porque realmente lo pensamos o porque nos reconforta encontrar que algo esté mal.

Nadie necesita tanto exhibir su arrogancia como quien se sabe en falso.

Hay discursos de adoctrinamiento que no pueden ocultar que son intentos de autoconvencimiento.

Una simple mentira se convierte en ponzoñosa con solo sazonarla con una mínima dosis de verdad.

¿Qué puede salir de la coctelera cuando hemos introducido necesidades, deseos y merecimientos pensando que solo habíamos puesto el ingrediente mencionado en tercer lugar?

La admiración por los demás es inversamente proporcional al nivel de ego y directamente proporcional al de autoestima.

El empacho de ego oculta la inanición de la autoestima.

Una de las relaciones más fructíferas es la que surge de la alianza entre el fracaso y el aprendizaje.

Intentemos no llegar a tener la sensación de que nos estamos perdiendo lo mejor de nosotros mismos.

Yo soy yo, incluyendo lo que decido hacer con mis circunstancias.

Eres quien más puede hacer por ti.

Seguir a ciegas a un líder es dimitir como persona.

El liderazgo consiste en lograr que otros hagan lo que tanto tú como ellos queréis hacer. Si no se cumple la segunda opción, es manipulación.

En las varias maneras de hacer que los demás se sientan importantes, hay un denominador común: la sinceridad. Si no es así, estamos ante un fraude.

La efímera sensación de alivio al darte por vencido es superada por la incertidumbre sobre lo cerca que habrías estado del éxito en caso de haber continuado.

Incluso las mentes más preclaras corren el riesgo de creerse su mensaje a fuerza de repetirlo.

Lo verosímil tiene más adeptos que lo verdadero.

Creces mucho más superándote que superando.

Estoy convencido de la grandes capacidades de las personas. El reto está en conseguir que también ellas lo crean.

No importa perseguir la perfección, a sabiendas de que no vamos a alcanzarla. El ejercicio nos hace mejores y nuestra imperfección será de mayor calidad.

No hace falta tener audiencia cuando realizas actos de calidad. Que tú mismo seas testigo es suficiente.

La efímera sensación de alivio al darte por vencido es superada por la incertidumbre sobre lo cerca que habrías estado del éxito en caso de haber continuado.

¿De qué te sirve que te den la razón cuando sabes que no la tienes?

Cuando nos entra la tentación de emitir una crítica negativa, vale la pena preguntarnos si lo vamos a hacer porque realmente lo pensamos o porque nos reconforta encontrar que algo esté mal.

Feliz el día en que la incertidumbre deja de generar angustia para despertar curiosidad.

Hay más probabilidades de encontrar la piedra filosofal que un antídoto para la incertidumbre.

Estar en contra de la esclavitud y al mismo tiempo seguir a ciegas cualquier adoctrinamiento es una demostración de flagrante incoherencia.

Aceptar que hay una enorme cantidad de cosas que no conoces te sosiega y acrecenta tu curiosidad por la vida.

Aunque sean enviados de forma subliminal, las instrucciones de aceptación incondicional del dogma en vigor son un ataque a la dignidad del destinatario.

El pensamiento crítico requiere una mente abierta y mucha práctica. La rigidez y la pereza explican su escasez.

Hay momentos en que uno hace algo con una intención y el efecto es el contrario. Rehusar a profundizar en el autoconocimiento con el fin de sentirse protegido, por ejemplo.

Para mí, la felicidad tiene que ver con la realización personal, luego a medida que avanza la vida más probabilidades tienes de ser feliz.

El hecho de que con los años uno sea más feliz con menos cosas no se debe a ningún tipo de resignación sino a un perfeccionamiento de la puntería.

El deseo de moldear al prójimo a nuestro gusto es una prueba evidente de necesidad insatisfecha.

La experiencia bien aprovechada es el nexo de unión entre la inteligencia y la sabiduría.

Quien no actúa al dictado de su propio pensamiento atenta tanto contra sus derechos como contra sus obligaciones.

La empatía incluye la autoempatía.

Uno mismo, como cualquier otro miembro de la especie, necesita y merece darse afecto y cuidados.

No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de que poner en práctica todo tu potencial deje de ser algo extraordinario.

Nadie triunfa por su talento sino por lo que decide hacer con él.

Un cambio de opinión debe ser consecuencia de sentirse equivocado, no de una obediencia ciega.

Hasta que no aprendamos a saborear el presente, nos dolerá el pasado y nos angustiará el futuro.

El incondicional autobombo unido a la negativa a aceptar una mínima virtud en la opinión ajena, día tras día, año tras año, genera fatiga y una falta absoluta de credibilidad.

Un cierto grado de madurez personal es necesario para lograr que las opiniones individuales no afecten a la ecuanimidad a la hora de valorar situaciones.

La mayoría solo está dispuesta a escuchar a los que comparten su opinión. Una manera de vivir en perpetua incomodidad, porque opiniones hay de todo tipo.

Del error debería aprender no solo el que lo comete.

Es curiosa esa reticencia a ser asertivo. ¿Realmente pesan más en la balanza los beneficios de no serlo?

La aplicación de la ecología empieza por uno mismo: pensemos cómo nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones pueden impactar en nuestro entorno.

En casi todo hay matices. Por eso, cuando te piden que te manifiestes en clave dicotómica, probablemente hay cierta dosis de mala fe.

No es coherente quien reclama libertad y luego deja pensamiento, palabra, obra y omisión al azar de instrucciones ajenas.

Expresado de muy diversas maneras, muchas declaraciones se podrían resumir así: Tu opinión no es válida porque no coincide con la mía.

El verdadero campo de batalla está en nuestra mente, pues allí es donde se cuecen nuestros mayores límites.

Hay quien se muestra arrogante porque le han dicho que de esa manera ocultará su inseguridad.

La necesidad de gustar al mayor número de personas, y de manera inmediata, hace que no se sea demasiado selectivo a la hora de escoger los atajos.

Hoy por ti, mañana también. O por otro cualquiera.

La decepción puede ser una mala inversión en expectativas pero una buena en aprendizaje.

Nos pasamos la vida preparándonos para cosas que nunca llegan, pero vale la pena gozar del camino.

Decir que lo mejor para no sentirse decepcionado es no esperar nada de nadie es como decir que es mejor no haber nacido porque de esta manera uno se ahorra morir.

Es una trampa mezclar en el mismo debate el fin y los medios, con el objetivo de que quien acepte el primero transija automáticamente con los segundos. Y son dos cosas a debatir de manera totalmente independiente.

Ignorar que se ignora es peligroso.

Una discrepancia es una invitación a crecer.

La mayoría de conflictos se enquistan por la negación de que el otro tiene una legítima perspectiva sobre sus razones, miedos, deseos y esperanzas.

En una discusión nos centramos en defender nuestra posición a capa y espada porque tenemos alergia a las perspectivas.

A un conflicto silenciado no se le permite la oportunidad de ejercer su poder transformador.

No le demos al miedo más tareas de las que le corresponden como despertador.

La labor cotidiana de ajustar la realidad a los deseos debe ser extenuante. Por eso se ve por la calle tanta gente con cara de fatiga.

La factura de la baja autoestima es muy alta, para quien la padece y para su entorno.

Una razón se expone. Si se impone deja de serlo.

Ponerte al servicio de un proyecto o poner el proyecto a tu servicio. Diferente resultado y diferente definición del individuo.

Ayudar a quien ignora que lo necesita es todo un arte.

Compararse con otros no tiene ningún valor. Tú sabes lo que tienes dentro; de los demás solo conoces el exterior.

Cuando uno combina la consciencia de su ignorancia con la energía que confiere la curiosidad se vuelve imparable.

Si te obsesiona saber el por qué de algo, pregúntate para qué te servirá esa información.

El mejor indicador de cómo andamos de ego es nuestra reacción ante una crítica.

Que alguien me contradiga no quiere decir que yo sea víctima de una persecución.

Parece que no se acaba de entender que las ideas, por el mero hecho de ser propias, no nacen con la cualidad de infalibles.

Es muy difícil que en una opinión contraria no haya algún punto que se pueda aceptar. Pero las órdenes tienen mucho peso.

Quiénes somos determina nuestra imaginación. ¿O es al revés?

La mejor manera de lidiar con la realidad es la imaginación.

Ver a alguien desplegar su gran talento produce una tranquilidad perversa: esa que nos quiere hacer creer que las grandes cosas son patrimonio exclusivo de una élite.

Nos cuesta reconocer que navegamos en la oscuridad y pretendemos hacer creer que lo vemos todo. Pero no engañamos a casi nadie.

La inteligencia y la flexibilidad te permiten lidiar con la realidad sin necesidad de darte de bruces cada día con ella.

Eludir a priori la responsabilidad de lo que vaya a hacerse mal puede tener rédito a cortísimo plazo, pero acaba deteriorando la credibilidad.

Desear, sentir y necesitar son cosas que uno debe experimentar por sí mismo, no a través de instrucciones ajenas.

El potencial del ser humano parece no tener límites, de manera muy particular su capacidad de insatisfacción.

Parece que hace ya mucho tiempo que se acabaron las existencias de antihistamínicos para tratar la alergia a la autocrítica.

La trampa de la insatisfacción no reside en que te genere la necesidad de tener más cosas sino la de permanecer siempre insatisfecho.

Creo que merece una profunda reflexión el hecho de que la autocrítica no solo no genere adeptos sino que te haga perder muchos de ellos.

Lo que tienes debería merecer tanto o más aprecio que el que le otorgabas antes de tenerlo.

Un autoconocimiento defectuoso genera confusión entre aceptación, resignación y conformismo.

Para el eterno insatisfecho la perfección no es suficiente.

En boca de ciertas personas, los reproches que expresan son la pista más clara de lo que ellas mismas van a hacer.

El conflicto más difícil de resolver es aquel cuyo mantenimiento es rentable.

No me cansaré de repetirlo: el problema no está en la discrepancia; el problema está en que discrepar sea un problema.

La superficialidad produce heridas profundas.

Una de las múltiples ventajas de ir añadiendo años a la vida es la del desarrollo del criterio selectivo.

Una de las razones por las que se niega el propio potencial es el intento de justificación por lo poco que se ha hecho con él.

Solo la gente honesta considera un problema que sus ideas acaben siendo una imposición.

¿Qué tipo de competitividad prácticas: la de ser mejor que los demás o la de ser mejor que ayer?

En ciertos momentos, cuanto más superficial eres más te hundes.

Subir peldaños de manera individual es cuestión de decisión personal; hacerlo a nivel colectivo requiere pactos y esfuerzos.

Las redes sociales son un aperitivo fantástico para la conexión física posterior.

Es muy difícil que en un equipo el nivel de autoexigencia sea el mismo en cada uno sus integrantes, pero es vital consensuar unos mínimos.

Enlazar el propósito con la acción. Una tarea ardua pero tan necesaria como apasionante.

Para evitar que con ciertas preguntas cerradas el interlocutor se sienta acorralado, es útil aprender a transformarlas en abiertas.

La convivencia tiene aspectos de equilibrismo. Ese punto entre el intrusismo y la indiferencia, por ejemplo.

Las conversaciones siempre enriquecen, aunque estés de acuerdo con tu interlocutor.

La indignación puede ser una reacción a una situación puntual o una vocación que derive en profesión.

La incertidumbre no se combate, se gestiona.

Seguir las recetas ajenas sirve si se hace por convicción. En caso contrario, uno se convierte en dependiente y no crece.

Supongo que ese cambio que deseas llevar a cabo es para ahora. ¿Para cuándo si no? «Más adelante» suele ser sinónimo de nunca.

La creencia de que no hay que cambiar lo que funciona nos limita: 1- Siempre se puede mejorar; 2- Hay que estar preparado porque las circunstancias van variando.

Dado que la mayoría de profesiones que existirán dentro de 15 años todavía no existen ahora, es vital fomentar en los niños la autonomía y la flexibilidad.

Tener la última palabra sigue siendo un objetivo apetitoso, aunque esa palabra no sea de calidad.

Cuesta solucionar los problemas porque resulta más atractiva la identificación de un culpable, aunque a veces nada tenga que ver con el problema.

Gustar a los demás no debería ser un objetivo sino una consecuencia.

En el momento en que te empiezas a cuestionar ciertas creencias, dejas la inercia y vives. Tal vez lleno de dudas, pero vives.

Las personas que necesitan sentirse justificadas son muy fáciles de manipular.

Me beneficia, ergo lo merezco; lo merezco, ergo todo lo que haga -cualquier cosa- para conseguirlo es legítimo. Deducción de moda.

Las personas infelices son las más propensas a manipular y a ser manipuladas.

Sentirse ofendido debería ser una consecuencia, no una necesidad previa que determine cualquier debate.

Los que están decididos a sentirse ofendidos encontrarán motivos sin el menor problema.

La necesidad de sentirse ofendido es un recurso desesperado.

Una de las más reveladores manifestaciones de miedo es buscar y exponer únicamente los argumentos que apoyen nuestras creencias.

Quien tiene un objetivo nulo, probablemente lo alcanzará con gran precisión.

Si todos las preocupaciones tuvieran una base real, la vida sería una experiencia tortuosa.

En función de dónde hayas colocado tu diana, el acierto puede ser una mediocridad, o el fallo de alto nivel.

No me gusta y además me afecta personalmente, ergo es injusto. Mentalidad del irresponsable, en el sentido literal de la palabra.

Actualizarse es la ambición más sana

El resultado que no es consecuencia de un proceso no sirve para aprender.

Alardear de tu talento o tus logros no tiene sentido nunca, pero menos aun cuando te quedan mejoras pendientes.

Hay una gran diferencia entre evaluar lo que alguien hace e identificar lo que es capaz de hacer.

Se suele confundir las oportunidades con el maná bíblico. Éste caía solo; las oportunidades hay que ir a buscarlas.

La mayoría de oportunidades no se escapan; se dejan pasar porque aprovecharlas requiere un esfuerzo.

Vista la gran cantidad de gente que vive en un mundo en blanco y negro, deduzco que se lo deben pasar muy bien. Pero me quedo con mis colores.

La frase de Esopo: «El tirano siempre encontrará algún motivo para ejercer la tiranía» es de general aplicación a cualquier «actividad» del ser humano.

Esta pregunta se podría hacer todos los días a ciertas personas: ¿Estás satisfecho con las instrucciones que te han dado hoy sobre lo que tienes que pensar?

A veces me resulta difícil diferenciar entre la estrechez de mente y un atasco en la evolución personal.

Elogiar más el talento que el esfuerzo tiene el alto riesgo de que el niño se convenza de que su talento será siempre suficiente para triunfar.

Si esperamos al resultado para ser felices y no lo conseguimos durante el proceso, corremos el riesgo de la desdicha permanente.

Las creencias procedentes de un adoctrinamiento son inmunes a la realidad.

La decepción más dolorosa es la que te generas tú mismo, porque esa sí que podías haberla evitado.

La sinceridad no es una vacuna contra el error.

Si el que te desprecia consigue que tú le desprecies, te está ganando la batalla.

No basta con intentar entender al otro; hay que hacérselo saber.

El etiquetado propio y ajeno tiene su origen en el miedo.

Aunque la lista pueda ser larga y variopinta, lo que en realidad se llevarían muchos a una isla desierta es a alguien para poder echarle la culpa de lo que sea.

La frase “Yo no soy quien para dar consejos sobre cómo actuar” suele ir seguida de un consejo sobre cómo actuar.

Las opiniones ajenas se persiguen porque uno siente que hacen tambalear a las propias. Si no fuera así, ¿qué problema habría en aceptarlas?

Echarle a alguien la culpa de tus infortunios es una ceremonia de entrega de poder.

La empatía requiere comprensión y disponibilidad, no convergencia de pareceres.

Se pone mucho énfasis en que se dejen de hacer ciertas cosas. Sería más efectivo centrarse en que se deje de sentir la necesidad de hacerlas.

El miedo que paraliza genera más miedo; el que despierta ayuda a encontrar soluciones.

Aquéllos cuya única tabla de salvación es el victimismo se muestran incómodos cuando la otra parte en conflicto accede a alguna de sus peticiones.

Si las partes implicadas no preservan su autoestima, no se puede considerar el conflicto resuelto.

Si no soy capaz de reconocer mis errores pasados, ¿cómo puedo considerar que soy mejor que ayer?

Es mucho más práctico enseñar a gestionar los conflictos que a evitarlos.

El fanático piensa que la comunicación consiste en estar de acuerdo con él.

Están los que escuchan para entender, los que sólo piensan en su turno para hablar y los que se saltan el turno e interrumpen.

Quien identifica deseo con merecimiento deberá añadir a menudo la indignación a la frustración.

Una persona conflictiva no es aquella que anda metida en muchos conflictos sino aquélla que los busca por necesidad.

Uno no es un traidor por el mero hecho de cambiar de opinión. Se traiciona a sí mismo si cambia y no actúa en consecuencia.

Hacer algo de un nivel de calidad superior a la media pero inferior a tu potencial te deja una sensación más agria que dulce.

¿Es compatible ser inteligente con la necesidad obsesiva de ser reconocido como tal?

No siempre creer es poder, pero para poder hay que creer.

Los mejores argumentos para gestionar el conflicto te los proporcionará la escucha de la otra parte.

No sé si lo que produce más miedo es la situación posterior a un cambio o la transición hacia él.

Cuando alguien te acorrale para que te decidas por una de dos opciones, sorpréndele con una tercera. Como mínimo.

Sin entender los problemas de la otra parte, todo lo que se puede hacer con el conflicto es ponerle remiendos provisionales.

Tan importante es adquirir habilidades como ser capaz de salir adelante sin ellas.

No todos las opiniones merecen el mismo respeto. Las derivadas de una reflexión hecha con rigor están por encima de las expresadas a bote pronto por pereza.

La actitud ante las diferencias marcan nuestra vida: o las celebramos o nos dividen.

Uno es producto de su entorno hasta que llega a un cruce de caminos en su vida. A partir de ahí puede escoger entre excusas y cambios.

Tomar decisiones por descarte es la manera más segura de impedir cualquier mejora.

Vale la pena dedicarle un tiempo a averiguar cuál es el beneficio oculto de los pensamientos negativos.

Le otorgamos demasiada responsabilidad al destino y poca a nuestras decisiones.

Todos somos diferentes, luego la diferencia nos iguala.

La suspicacia sistemática convierte al suspicaz en sospechoso.

La incomodidad inicial del despliegue de las alas es plenamente compensado por la posibilidad de volar.

Sería deseable que la escasez que genera el conflicto fuese sólo la de las cosas que valen la pena.

Desear gustar a todo el mundo es la manifestación de una necesidad insatisfecha.

Somos esclavos de la clave dicotómica. Por ejemplo: cantidad frente a calidad. ¿Por qué las consideramos mutuamente excluyentes?

La autoexigencia es básica para crecer. El problema es que la centramos más en el tener que en el ser.

Podemos aprender tanto de aquellos con los que estamos de acuerdo como de los que discrepan. Pero tal vez con los segundos el desafío y los resultados son mayores.

Quien se queja de no recibir oportunidades se olvida de que es el primero en no dárselas a sí mismo.

La mala gestión ajena no limpia la propia.

Quien esté triste por no tener suficientes culpas, que se relaje: en cualquier esquina encontrará a alguien dispuesto a ofrecerle una.

Uno debe preguntarse si es lo suficientemente fuerte como para mostrarse vulnerable.

El tamaño de la llave no tiene nada que ver con el de la puerta ni con lo que hay detrás. No nos dejemos engañar por la aparente magnitud de las dificultades.

El tiempo que se tarde en iniciar una conversación es directamente proporcional al peso de la mochila del conflicto.

La forma en que uno expresa un sentimiento herido determinará el tipo de conflicto y la manera de abordarlo.

La búsqueda de la justicia en exclusiva para una de las partes dejará siempre en conflicto sin resolver.

El espacio que puede alcanzar las más altas cotas de incomodidad es el que se encuentra entre tu conocimiento y el sentimiento que te produce.

Frente a la amenaza del tipo “El mundo es demasiado pequeño para los dos” caben dos reacciones: pelearse o agrandar el mundo.

Para ver bien el futuro hay que usar lentes progresivas, pues el futuro empieza ahora y se dilata hasta quién sabe cuándo.

Quien no trabaja el cambio que desea puede encontrarse engullido en el torbellino de un cambio no deseado.

La ajenidad es el obstáculo más difícil que debe superar una idea.

El camino de la sabiduría pasa por bajar con frecuencia a la arena del contraste de pareceres.

Quien busca obsesivamente atajos para lograr su objetivo acaba echando en falta el camino original.

La posibilidad de que sea generadora de conflicto no es razón suficiente para rechazar una idea.

La vida es un continuo navegar entre problemas y soluciones. El problema es que a veces se buscan con ahínco las segundas cuando aún no están bien identificados los primeros.

La forma en que uno procesa el conflicto determina que éste adquiera una función transformadora o se convierta en una pesadilla.

La evitación del conflicto puede ser una carencia o una estrategia. Es importante que quien lo evite identifique la razón.

Decía Julio César que los hombres, en algún punto, son dueños de su destino. Añado que la clave es saber identificar ese punto.

Cuanta más autonomía individual tiene cada integrante, mejor se trabaja como equipo.

Pocas cosas son más estimulantes y transformadoras que la gestión de un conflicto por parte de contendientes con un alto nivel de calidad y responsabilidad personal.

Una crítica, aun siendo constructiva, define más al crítico que al criticado.

Asumir una responsabilidad va mucho más allá que simplemente reconocerla.

No traicionas tu ideología reconociendo sus defectos o los errores de sus dirigentes. La traicionas si los niegas o los ocultas.

Cuando pensabas que lo sabías todo sobre ti mismo, llega otra sorpresa. Está claro que el autoconocimiento es un viaje que no se acaba nunca.

El interés común es uno de los requisitos del conflicto; por eso, una gestión eficaz del mismo es una carambola, como mínimo, a dos bandas.

Más allá de lo que públicamente se exprese, detrás de cada conflicto hay un sentimiento herido o una necesidad insatisfecha.

Vivir a velocidad de crucero tranquiliza pero impide crecer.

Hay dos tipos de esclavitud a los que la gente se somete de forma voluntaria: la rutina y la tradición. ¿Vale la pena?

El máximo exponente de la angustia vital es obsesionarse por enmendar los errores que todavía no se han cometido.

Sea cual sea nuestro pasado tiene la calidad suficiente para construir un presente y un futuro sólidos.

Tomar la parte por el todo y exhibir únicamente los defectos ajenos para favorecer la opinión propia es un patético insulto hacia uno mismo, mucho más que hacia el supuesto destinatario.

La vida es un proceso de deterioro, a la vez que de crecimiento. Los que sólo sepan ver lo primero deben vivir en continuo estado de perplejidad.

Mientras la comodidad le vaya ganando al inconformismo, olvidémoslos de la posibilidad de cambiar.

¿Qué sentido tiene buscar un alma gemela cuando aún no se ha encontrado la propia?

Un mal día para el ego puede traducirse en un salto de varios peldaños en tu crecimiento.

Quien alcanza su mejor versión no acepta una vuelta atrás.

La experiencia te permite ir encajando piezas.

Somos mucho más fuertes de lo que nos pensamos. Si somos conscientes de ello no nos vendrá de sorpresa cuando nos sea preciso.

Los negativos tienen tendencia a negarlo todo, pero de manera particular la evidencia.

Somos más grandes mostrando luces y sombras. Si sólo exhibimos las primeras, las conjeturas sobre las segundas pueden ser exageradas.

El nivel de autoconocimiento es inversamente proporcional al de la incomodidad que producen las situaciones controlables.

El afecto no es condicional; la aceptación de ciertas actitudes, sí.

Querer saber lo que ocurre o necesitar que lo que ocurra favorezca al interés propio. Ahí está la base del conflicto.

En ciertos momentos, cuanto más superficial eres más te hundes.

Recurrir con frecuencia al sarcasmo evidencia falta de seguridad.

Si lo que de verdad hay que disfrutar es el camino, cuantos menos atajos, mejor.

Hay momentos en que uno hace algo con una intención y el efecto es el contrario. Rehusar a profundizar en el autoconocimiento con el fin de sentirse protegido, por ejemplo.

Para mí, la felicidad tiene que ver con la realización personal, luego a medida que avanza la vida más probabilidades tienes de ser feliz.

El hecho de que con los años uno sea más feliz con menos cosas no se debe a ningún tipo de resignación sino a un perfeccionamiento de la puntería.

El deseo de moldear al prójimo a nuestro gusto es una prueba evidente de necesidad insatisfecha.

La experiencia bien aprovechada es el nexo de unión entre la inteligencia y la sabiduría.

Quien no actúa al dictado de su propio pensamiento atenta tanto contra sus derechos como contra sus obligaciones.

La empatía incluye la autoempatía.

Uno mismo, como cualquier otro miembro de la especie, necesita y merece darse afecto y cuidados.

No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de que poner en práctica todo tu potencial deje de ser algo extraordinario.

Nadie triunfa por su talento sino por lo que decide hacer con él.

Un cambio de opinión debe ser consecuencia de sentirse equivocado, no de una obediencia ciega.

Hasta que no aprendamos a saborear el presente, nos dolerá el pasado y nos angustiará el futuro.

El incondicional autobombo unido a la negativa a aceptar una mínima virtud en la opinión ajena, día tras día, año tras año, genera fatiga y una falta absoluta de credibilidad.

Un cierto grado de madurez personal es necesario para lograr que las opiniones individuales no afecten a la ecuanimidad a la hora de valorar situaciones.

La mayoría solo está dispuesta a escuchar a los que comparten su opinión. Una manera de vivir en perpetua incomodidad, porque opiniones hay de todo tipo.

Del error debería aprender no solo el que lo comete.

Es curiosa esa reticencia a ser asertivo. ¿Realmente pesan más en la balanza los beneficios de no serlo?

La aplicación de la ecología empieza por uno mismo: pensemos cómo nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones pueden impactar en nuestro entorno.

En casi todo hay matices. Por eso, cuando te piden que te manifiestes en clave dicotómica, probablemente hay cierta dosis de mala fe.

No es coherente quien reclama libertad y luego deja pensamiento, palabra, obra y omisión al azar de instrucciones ajenas.

Expresado de muy diversas maneras, muchas declaraciones se podrían resumir así: Tu opinión no es válida porque no coincide con la mía.

El verdadero campo de batalla está en nuestra mente, pues allí es donde se cuecen nuestros mayores límites.

Para poder ayudar a los demás, uno debe empezar por dejar de ser un virus para sí mismo.

Hay quien se muestra arrogante porque le han dicho que de esa manera ocultará su inseguridad.

La necesidad de gustar al mayor número de personas, y de manera inmediata, hace que no se sea demasiado selectivo a la hora de escoger los atajos.

Hoy por ti, mañana también. O por otro cualquiera.

La decepción puede ser el mal resultado de una inversión en expectativas pero el bueno de una en aprendizaje.

Nos pasamos la vida preparándonos para cosas que nunca llegan, pero vale la pena gozar del camino.

Decir que lo mejor para no sentirse decepcionado es no esperar nada de nadie es como decir que es mejor no haber nacido porque de esta manera uno se ahorra morir.

Es una trampa mezclar en el mismo debate el fin y los medios, con el objetivo de que quien acepte el primero transija automáticamente con los segundos. Y son dos cosas a debatir de manera totalmente independiente.

Ignorar que se ignora es peligroso.

Una discrepancia es una invitación a crecer.

La mayoría de conflictos se enquistan por la negación de que el otro tiene una legítima perspectiva sobre sus razones, miedos, deseos y esperanzas.

En una discusión nos centramos en defender nuestra posición a capa y espada porque tenemos alergia a las perspectivas.

Quien te cuestiona te está echando un cable.

Pongamos los objetivos a la altura de nuestras habilidades, nunca por debajo. Es una cuestión de respeto hacia nosotros mismos.

Frente a quien plantea «Se hará lo que yo quiero, con tu acuerdo o sin él», hay que aportar inteligencia, responsabilidad y paciencia en grandes dosis.

El exterminio de la otra parte no acaba con su esencia ni resuelve el conflicto.

Ver a alguien desplegar su gran talento produce una tranquilidad perversa: esa que nos quiere hacer creer que las grandes cosas son patrimonio exclusivo de una élite.

Una de las razones por las que se niega el propio potencial es el intento de justificación por lo poco que se ha hecho con él.

Una de las múltiples ventajas de ir añadiendo años a la vida es la del desarrollo del criterio selectivo.

La superficialidad produce heridas profundas.

No me cansaré de repetirlo: el problema no está en la discrepancia; el problema está en que discrepar sea un problema.

El conflicto más difícil de resolver es aquel cuyo mantenimiento es rentable.

En boca de ciertas personas, los reproches que expresan son la pista más clara de lo que ellas mismas van a hacer.

Para el eterno insatisfecho la perfección no es suficiente.

Un autoconocimiento defectuoso genera confusión entre aceptación, resignación y conformismo.

Lo que tienes debería merecer tanto o más aprecio que el que le otorgabas antes de tenerlo.

Creo que merece una profunda reflexión el hecho de que la autocrítica no solo no genere adeptos sino que te haga perder muchos de ellos.

La trampa de la insatisfacción no reside en que te genere la necesidad de tener más cosas sino la de permanecer siempre insatisfecho.

Parece que hace ya mucho tiempo que se acabaron las existencias de antihistamínicos para tratar la alergia a la autocrítica.

El potencial del ser humano parece no tener límites, de manera muy particular su capacidad de insatisfacción.

Desear, sentir y necesitar son cosas que uno debe experimentar por sí mismo, no a través de instrucciones ajenas.

La inteligencia y la flexibilidad te permiten lidiar con la realidad sin necesidad de darte de bruces cada día con ella.

La mejor manera de lidiar con la realidad es la imaginación.

Que alguien me contradiga no quiere decir que yo sea víctima de una persecución.

El mejor indicador de cómo andamos de ego es nuestra reacción ante una crítica.

Si te obsesiona saber el por qué de algo, pregúntate para qué te servirá esa información.

Compararse con otros no tiene ningún valor. Tú sabes lo que tienes dentro; de los demás solo conoces el exterior.

El gran error es pensar que todo conflicto debe ser ganado, en lugar de resuelto.

Son demasiados los que confunden el diálogo con una competición para demostrar su inteligencia y superioridad moral.

Uno no se suele preguntar qué gana poniéndose límites porque la respuesta no deber ser muy halagüeña.

Cuando percibas cualquier crítica como una agresión, alégrate porque es un aviso de que ha llegado el momento de revisar unas cuantas cosas.

Lo verdaderamente importante es estar a la altura de las propias expectativas. Las ajenas son demasiadas y de muy diversa intención.

Cuando se necesita mucha vehemencia para exponer una opinión, ¿es porque realmente se cree en ella o porque se necesita compensar su poca solidez?

En lugar de cerrar el interruptor y pensar lo que vamos a replicar, centrémonos en escuchar lo que nos dice el otro. Probablemente identificaremos algo que sea de ayuda para ambos.

El arte de hacer las preguntas clave se perfecciona practicando la escucha.

El pensamiento crítico está tan alejado del cinismo como de la ingenuidad.

Escalaremos un peldaño de calidad personal el día en que la necesidad de reconocimiento la sintamos tanto para nosotros mismos como para los demás.

Pretender empezar un proyecto sin un cierto nivel de autoconocimiento es como fijar un objetivo a tu equipo sin saber de qué jugadores dispones.

El miedo a que la conclusión final ponga en entredicho la que cada uno ha adoptado con antelación, hace que los debates se conviertan en encarnizadas peleas defensivas.

Quien necesita engañarse crea una relación muy estrecha con su manipulador.

Una pista sobre lo que es para ti la felicidad te la dan las cosas que te hagan sonreír con los ojos.

Me cuesta creer en la eficacia real de una formación para el trabajo que excluya una formación para la vida.

El vehículo que marca mi hoja de ruta desde mis valores hasta la acción se llama objetivo.

La detección de un defecto en una opinión disconforme constituye una tentación casi irresistible para tomar la parte por el todo.

El conflicto como herramienta de destinada a la transformación y mejora colectiva, me apasiona; como finalidad, me aburre.

¿Por qué se dice que la excepción confirma la regla cuando en realidad la refuta?

Antes de intentar convencerme, asegúrate de que tú estás realmente convencido.

Las personas fuertes son aquéllas cuya autoestima no está condicionada a si tienen o no razón en cualquier tema o ámbito.

Cuando una persona se enfrenta a una información que contradice sus creencias, hay dos tipos de reacción que la definen: sentirse intrigada o ponerse a la defensiva.

Tengo la sensación de que al mundo lo mueven principalmente tres fuerzas, siendo mi duda su orden de importancia: el poder, el sexo y el razonamiento motivado.

¿Es la necesidad de reconocimiento una manifestación de inseguridad en la propia valía?

Uno encuentra la vida apasionante el día en que la discrepancia deja de irritarle.

Si no utilizas tu talento no sólo no lo podrás mejorar sino que se te acabará oxidando.

La ignorancia sobre un asunto siempre ha sido uno de los mayores motivadores para hablar de él.

Si somos capaces de identificar las causas de estrés, podremos decidir cuál podemos reducir y cuál eliminar.

El filtro que vale la pena conservar al dar cualquier opinión es el de que su finalidad sea incondicionalmente positiva.

Identifica el instrumento que desafina en la orquesta de tu vida para que el conjunto suene bien.

Tan improcedente es rechazar los elogios justos como aceptar los inmerecidos.

Es una pérdida de tiempo y dinero trabajar por un objetivo como si fuera propio cuando en realidad es el deseo de una tercera persona.

Al plantearnos un cambio, hay dos preguntas preliminares clave: ¿Qué ganamos si la situación no cambia y qué podemos perder si la cambiamos?

La mejor inversión es la que uno hace en su propia vida.

Aceptemos la imperfección como un hecho pero no como objetivo.

Reclamemos la libertad de expresión, sin olvidar de practicar la de pensamiento.

Los conflictos sólo pueden resolverse si buceamos a la profundidad suficiente para ver las necesidades subyacentes.

La denigración sistemática e incesante de la otra parte indica que identificas el conflicto con tu zona de confort.

El límite de la libertad lo marcan los derechos ajenos. El problema es que éstos suelen ser percibidos como de una categoría inferior a los propios.

El sectario soporta mal el acuerdo de su adversario porque necesita el conflicto para justificar su existencia.

El derecho que más ejercita el ser humano, tanto a nivel individual como colectivo, es el de complicarse la vida.

No hay un concepto más personal que el de suficiencia.

De las múltiples preguntas que pueden significar un antes y un después en la vida, «¿Cuál es el cambio que más necesito y deseo?» es una de las más impactantes.

Una de las herramientas más útiles para empezar un proyecto de vida es el machete para ir despejando dudas.

La alimentación de un conflicto puede satisfacer las necesidades inmediatas de las partes, pero crea un monstruo de difícil gestión a largo plazo.

El gran error está en condicionar el respeto a la coincidencia de pareceres.

Las discrepancias se suelen abordar con cinismo, en lugar de hacerlo con una mente abierta. Se pierden de esta manera grandes oportunidades de aprendizaje.

El contexto del que más se puede aprender y del que, desgraciadamente, menos se aprende por la actitud habitual de los que en él se encuentran, es el debate.

Si les enseñas a gestionar las dificultades, los proteges; si les impides que entren en contacto con ellas, los sobreproteges.

Admiro a dos tipos de personas: las que ha sabido salir adelante a pesar de una infancia difícil y las que han logrado lo mismo a pesar de una infancia fácil.

¿Qué se nos escapa cuando algo nos gusta mucho pero nos cuesta identificar el impacto positivo que puede tener en nuestra vida? Hay un eslabón perdido entre el conocimiento y la acción.

Abandonar en nuestro disco duro el conocimiento adquirido y dar paso a otros nuevos constituye una adicción estéril. Debemos aplicar lo aprendido.

Cambiar una actitud improductiva no es fácil; mantenerla es nocivo. Es cuestión de ver qué pesa más en nuestra balanza: la dificultad o el beneficio.

Lo que los demás piensen de ti puede ir desde el halago hasta la denigración, pero lo verdaderamente impactante en tu vida es lo que pienses tú.

Dominar unos pocos conceptos clave es mucho más eficaz que sobrevolar una multitud de otros.

La próxima vez que alguien incluya una generalización en su argumento, pídele concreción y probablemente lo pondrás en apuros.

Deberíamos fomentar en los niños el pensamiento crítico y nos ahorraríamos adultos sectarios.

Derechos y deberes son dos caras de la misma moneda y deben ejercitarse ambos de manera constante, no en función de cómo caiga la moneda.

La vehemencia en la reclamación de derechos suele ser mayor que la intensidad con la que se ejercitan.

Muchos son los que piensan que han sido agraciados con motivos mucho más poderosos que los del prójimo.

La pregunta que ayuda a despejar dudas es: ¿Cuál es la necesidad insatisfecha que explica -aunque no justifique- las acciones propias y ajenas?

Una de las creencias que tiene más adeptos es la de que la indignación te exime del análisis y de la consecuente argumentación.

«Y a mí nadie me va a convencer de lo contrario» es la frase que delata el miedo a ser convencido de lo contrario a lo que se piensa.

Una mentalidad positiva no significa colocarse una sonrisa antes de salir de casa sino tener la mente abierta de par en par.

Aquél para el que la resolución de un conflicto equivalga a obtener en cualquier caso el 100% de lo deseado, deberá revisar su concepto de la felicidad.

Se requiere una visión panorámica de un conflicto para saber si un compromiso es una victoria o una derrota.

Celebremos lo que nos une pero trabajemos a fondo sobre lo que nos divide.

Al no estar dispuesto a exprimirse al máximo, el ser humano acaba por convencerse de que sólo vale lo que expresa.

La irresponsabilidad y el victimismo se retroalimentan.

El pesimista piensa que el éxito es un estado transitorio que no presagia nada bueno.

El pesimismo es una adicción muy tentadora.

Con una mente abierta tus sueños iniciales se quedan cortos.

Lo más habitual es que la gente no valore una declaración hasta saber quién es su autor.

Creer que sabes es a veces peor que no saber.

El origen de los conflictos no suele estar en desear cosas diferentes sino en desear lo mismo con distintos objetivos.

Interésate por las razones de la otra parte. Estén o no alejadas de las tuyas, ayudan a entender el conflicto.

Date luz verde.

Un buen ejercicio es intentar encontrar de entrada las virtudes a una idea ajena. Ir a contrapelo, vamos.

El tiempo es limitado; el crecimiento, imperativo.

Cuando discutes como si tuvieras la razón no das la impresión de tenerla, sino de necesitar tenerla.

Si haces las cosas bien, tarde o temprano acabas siendo descubierto.

Uno no debe esperar a que se alcance la excelencia para elogiar una buena tarea.

Más que el resultado, el verdadero objetivo del elogio debería ser el progreso.

Si el mayor elogio que uno recibe de manera constante es que lo puede hacer mejor, el impacto negativo está asegurado.

Ayudar a los demás a resolver sus problemas debe ser una tarea añadida a la resolución de los propios, no una sustitución.

Una sociedad no crece si las críticas a las acciones de unos vienen siempre de los que piensan de manera diferente.

«Te premio si piensas como yo» equivale a «Te castigo si piensas de otra manera».

El victimismo resta credibilidad a las reales agresiones de quien las sufre.

Un cambio solo tiene opciones de lograrse cuando sobrepasa la categoría de importante para acceder a la de necesario.

El pensamiento crítico tiene dos grandes obstáculos: que las masas lo consideren innecesario y que los que las mandan lo vean como un estorbo para sus fines.

Se podrá ganar alguna batallita, pero hasta que las partes no se comprendan no se resolverá el conflicto.

El poder de resolver es mucho mayor que el de imponer.

Cuando alguien tropieza tantas veces con la misma piedra, es que hay algo en ella que le atrae poderosamente.

Invertir en uno mismo es la mejor noticia para los demás.

La queja, si no va unida a una propuesta rigurosa y no solo visceral, me parece deshonesta.

Hay muchas cosas que no puedo ver si no cierro los ojos.

Mi objetivo es hacer cosas que que me permitan abrir puertas para hacer más cosas.

La duración del lamento es inversamente proporcional a las probabilidades de resolución del problema.

Nuestro pasado es generoso, pues nos permite sacar un rendimiento positivo a todo, con independencia de la calidad de nuestros actos.

Lo peor del adoctrinamiento es el intento de adocenamiento, intentando privar a las personas de su condición como tales.

La formación de una persona en habilidades sociales le ayuda a resolver conflictos; la misma formación a toda una comunidad ayuda a evitar muchos de ellos.

La calidad de la acción viene determinada por la del movimiento.

Se diría que lo primero que se preguntan algunas personas al despertarse es contra quién voy a vivir hoy.

Produce mejores resultados un talento mediano con una alta perseverancia que lo opuesto.

Las actitudes para la valoración suelen ser tres: ejercer la absoluta libertad de criterio, necesitar encontrarlo todo bien y necesitar encontrarlo todo mal. La primera es la que tiene menos adeptos.

“Con lo que ahora sabes, ¿qué harías distinto si tuvieras 20 años menos?”. Planteamiento ficticio. El real es preguntarse, con la experiencia actual, qué pienso hacer de ahora en adelante.

Dado el uso que se hace de él, el refrán «El fin justifica los medios» debería cambiar la primera palabra por «Mi».

«Esto está muy bien, pero…» es la respuesta consecuente al inmediato filtrado negativo que le ponemos a cualquier novedad.

Personas y hechos nos pueden estimular, pero quien realmente se motiva somos nosotros mismos.

El escepticismo es una adicción que tranquiliza a los espíritus abúlicos.

Antes de entrar en una discusión, vale la pena preguntarse: ¿Necesito ganarla o quiero aprender?

Diría que generan más conflictos las malas interpretaciones que los malos entendidos. En las primeras tiene más peso la actitud del receptor.

Mañana: la magia de un día por delante a tu disposición.

Debemos ser los suficientemente elásticos para alcanzar lo más alto con las manos al tiempo que mantenemos los pies en el suelo para que nuestra idea arraigue.

Hay quien se empeña en que la gente cambie de comportamiento antes que de actitud, pero hay rutas ineludibles.

La avidez de información se puede convertir en una adicción que obstaculice la oportunidad de poner en práctica los conocimientos ya adquiridos.

Puedes aceptarte como eres o conformarte con lo que tu pereza mental te dice que eres. Probablemente haya una distancia enorme.

Exhibir en la mesa de negociaciones una postura monolítica e inamovible revela debilidad.

Siempre hay algo que aprender, pero no utilicemos eso como excusa para posponer la acción.

Debatir requiere esfuerzo; por esa razón, el filtrado negativo de la información, que concluye el debate antes de iniciarlo, es tan adictivo.

La poca fe en ti mismo no se compensa intentando aparentar que te sobra.

Una cosa es otorgar la máxima confianza a alguien y otra esperar que haga todo el trabajo, el que le corresponde y el de los demás.

Existen dos tipos de buenos candidatos para un puesto: los que ya han demostrado su valía y los que valen pero aún no han tenido la oportunidad de demostrarlo. El mérito está en detectar a los segundos.

En la mesa de negociación debes prestar mucha atención al mayor traidor de todos: tu lenguaje corporal.

Es mucho más enriquecedor y eficaz enseñar a plantear soluciones que ofrecerlas directamente.

La mejor manera de acabar con un enemigo no es aniquilándolo sino logrando que deje de serlo.

Alégrate el día en que te sientas más a gusto celebrando un éxito ajeno que compadeciéndote de un fracaso.

Un hecho se produce o no, con total independencia de las necesidades de quienes lo interpretan.

La fase de exhibición de posiciones es lógica al comienzo de la gestión de un conflicto, pero pretender resolverlo sin superar esa fase es como agarrarse al pincel con la esperanza de no caer del andamio.

Hay quien acepta una larga travesía de pena por un momento de gloria.

No debemos confundir una actitud estoica con una pasiva. La segunda suele derivar en una inacción adictiva que nos convierte en meros espectadores de nuestra vida.

Tengamos claro el objetivo de nuestro consejo, porque aunque lo que se desea es el elogio, lo que se necesita es la ayuda.

¿Por qué admiramos a alguien: porque consideramos que su obra es de calidad o porque sus pensamientos y acciones son afines a los nuestros?

Ser capaz de admirar a un rival, y manifestarlo, es enormemente liberador.

La búsqueda de argumentos para justificar las omisiones suele durar muy poco.

El placer de adoctrinar solo es superado por el de ser adoctrinado.

Cuánto más corto es el camino hacia el conocimiento, mayor es la responsabilidad.

Los objetivos, sin refuerzo sostenido, se diluyen como azucarillo. Verbi gratia, los propósitos de año nuevo.

La gran oferta de información puede ser una excusa para ir postergando la acción o una oportunidad para desarrollar el criterio selectivo.

No me llena una solución que no haya paso por la curiosidad.

El adoctrinamiento intentará que identifiques tus deseos con tus necesidades y merecimientos.

El supuesto intelectual cuya tarea consista en adherirse al pensamiento imperante en lugar de afinar la búsqueda de la verdad, no es más que un bufón a sueldo.

La pregunta clave: ¿Está tu vida mejorando la de otras personas?

Creo que quien se lanza a opinar sin conocimiento de causa lo hace por miedo a que la información necesaria para hacerlo contradiga su opinión preestablecida.

A diario podemos comprobar que el mayor estímulo para lanzarse a opinar de algo es carecer del mínimo conocimiento sobre el tema.

La pobreza económica puede tener arreglo; la mental, también.

Una de las creencias más arraigadas -y menos reconocidas- es que el discrepante merece, por el mero hecho de serlo, escarnio y castigo.

Las mentes mezquinas piensan que ninguna buena acción debe quedar sin castigo.

El problema no está tanto en la triste exhibición de una grosería, sino en no saber identificar de dónde viene la necesidad de hacerlo.

Ser capaz de establecer una buena sintonía con las partes, ofrecer el máximo en creatividad y tener una buena dosis de paciencia son elementos clave para dedicarse a la gestión de conflictos.

Si realmente siento la necesidad de un cambio, probablemente experimentaré una gran urgencia en conseguirlo.

¿Puede haber mejor formador que el que ha superado enormes dificultades para llegar a ser lo que predica?

Si tratas a tus deseos como si fueran necesidades vivirás en un estado de continua sensación de carencia.

El que sabe puede decidir regodearse en su conocimiento o utilizarlo para hacer cosas. Esa decisión es un puente llamado actitud.

¿Qué mejor regalo hay que hacer sentir a alguien que no está solo?

Todos parecen tener muy claro lo que hay que hacer, pero muy pocos lo hacen. Tal vez la famosa piedra filosofal no sea más que la que cubre esa brecha.

En la gestión de conflictos lo que ves es tan solo una pequeña parte de lo que hay. Uno debe ponerse el traje de neopreno y zambullirse hasta donde haga falta.

Los días lluviosos esperan que uno los ilumine; los soleados, también.

El perdón libera más a quien lo da que a quien lo recibe.

Sin visión panorámica y profunda, la gestión de un conflicto es una burda sesión de parcheo.

La fluidez en el diálogo y, como consecuencia, en la relaciones humanas, se alcanza poniendo el foco en la expresión de las necesidades.

El poder de adaptación es uno de los activos más poderosos si uno es capaz de no confundirlo con la resignación.

Para valorar el coste de formarse, uno debe tener muy claro el coste de no hacerlo.

A mí me suscita mucha más curiosidad descubrir qué somos capaces que constatar lo que ya hacemos.

Si vencemos la reticencia a poner encima de la mesa de negociación tanto los argumentos que nos favorecen como los otros, podremos ser mucho más creativos a la hora de resolver el conflicto.

La escucha de nuestra propia voz nos debería servir para hacerlo mejor la próxima vez que hablemos.

La reconciliación debe pasar por el tamiz de la verdad.

Para ver cómo crece un problema no hay más que rehusar afrontarlo.

Es bueno tener la esperanza de ver la luz al final del túnel, pero es mejor entrar en él con una linterna.

Para la resolución de problemas el acompañante más importante del conocimiento es la creatividad.

Desconfiemos de quien ofrece a diestro y siniestro soluciones sin detenerse a escuchar cuáles son los problemas.

El tiempo que dedicamos a la búsqueda y captura de un responsable no debe mermar el requerido para buscar la solución.

Quien ofrece una solución es inmediatamente señalado como el culpable de dejarnos sin motivos de queja.

Nunca dejamos de ser aprendices, ni de nosotros mismos.

Escasean los sabios que entienden que conceptos e ideas distintas pueden ser complementarias en lugar de excluyentes.

Todas las personas que se cruzan en nuestro camino, en un sentido u otro, contribuyen a nuestra inspiración.

No hay placer que supere al que se logra cuando las cosas cobran sentido.

Quien se enamora incondicionalmente de un medio, lo convierte en fin; y del fin original, “si te he visto no me acuerdo”.

El futuro sólo puede confirmar una reputación; crearla es asunto del presente.

El viaje entre la situación actual y la deseada puede ser largo y laborioso, pero cada final de etapa es un gozoso anticipo del triunfo final.

En lugar de clasificar los conceptos por orden de importancia, es más útil hacerlo por orden cronológico de aplicación.

Escuchar enriquece y muy pocos lo saben.

La explicación del mundo en clave dicotómica, rehuyendo de los matices, es el arma más poderosa para manipular a las masas.

Los que por sistema dicen que con la otra parte no se puede dialogar, no se plantean a dónde les puede llevar no hacerlo.

Los conflictos agradecen que se les alimente bien, sea dándoles la espalda o postergando su gestión.

La experiencia te ayuda a adquirir una disposición a aprender de todo el mundo, incluso de gente muy poco afín.

A medida que avanza la vida no vas sabiendo más cosas, pero las que sabes las sabes mejor.

La necesidad de castigar a la otra parte nos obnubila y hace descender de nivel en la lista de prioridades la obtención de lo que consideramos justo.

En la gestión de un conflicto, las emociones incontroladas pueden llevarte a una batalla para la que no estás preparado.

En ocasiones es más importante encontrar soluciones duraderas que absolutas.

Ya que hay tantas personas que deja renuncian a su responsabilidad de pensar, hablar y actuar para dejarla en manos ajenas, me pregunto por qué no eligen mejor al donatario.

La tentación más difícil de resistir es la de buscar un culpable de nuestros problemas, en un vano intento de eludir nuestra responsabilidad.

Saber distinguir los deseos de las necesidades es una de las mejores inversiones a corto, medio y largo plazo, tanto a nivel individual como colectivo.

La prepotencia es consecuencia de un autoconocimiento defectuoso o un intento de camuflar un autoconocimiento elevado.

La manera más eficaz de garantizarse el estancamiento en el camino del crecimiento personal es esperar que los acontecimientos sean consecuencia exclusiva de factores externos.

Al emprender de manera decidida el camino del autoconocimiento, encontraremos múltiples sorpresas, la gran mayoría muy agradables.

Saber cuándo hay que negociar y cuándo hay que luchar no siempre es fácil, incluso cuando una de las partes exhibe delirio y la otra cerrazón.

Lo que veas en un conflicto dependerá de cómo lo mires; y lo segundo es fruto de una decisión personal.

En cuanto a la luz, ¿la propagas o solo la recibes?

No busquemos a quien nos ofrezca las soluciones sino a quien nos haga reflexionar para que seamos capaces de encontrarlas por nosotros mismos.

Algunos se enamoran tanto del medio que no renuncian a él aunque el fin se revele inviable.

Identificar las necesidades propias allana el camino para la comprensión de las ajenas.

Tan perjudicial es dar un elogio inmerecido como injusto negar el merecido.

En una conversación, poner cara de escepticismo no te hace parecer inteligente; te hace parecer escéptico.

Si no aceptas que se llegue al mismo fin que tú preconizas con medios diferentes a los tuyos, es que ese no es tu verdadero fin.

Te respeta mucho más quien desafía tu opinión que quien te da sistemáticamente la razón.

El planteamiento «Vamos a hacer lo que queremos, con o sin vuestro acuerdo» no es el anuncio de una realidad pero sí de una gestión larga de un conflicto.

Etiquetar conceptos o personas no solo es injusto sino que te priva de apreciar cualidades e identificar oportunidades.

Ser buena persona no solo implica tener una buena conducta sino aspirar a que todos los aspectos de la vida estén impregnados de toques de calidad.

El automático filtrado negativo de la realidad hace que, en un mundo con un constante incremento del caudal informativo, nos parezca que solo se producen malas noticias.

Seamos realistas: no podemos hacerlo todo. Pero entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer aún hay probablemente un gran trecho.

Que tu opinión sea consecuencia de un criterio trabajado es una señal de autorrespeto.

Necesito ayudarme para ser capaz de ayudar a los demás.

Un conflicto interrumpido por la fuerza deja pendiente demasiada fragilidad como para ser considerado resuelto.

En cuanto me conozca mejor te podré decir cómo puedo ofrecerte mi mejor ayuda.

La actitud puede no ser suficiente pero contiene la contraseña que permite acceder a lo imprescindible.

La asertividad y la empatía no sólo no son incompatibles sino que se retroalimentan.

La mejor manera de combatir la procrastinación es estar tan ocupado que no te dé tiempo a practicarla.

Hay un enorme riesgo en confundir aceptación con resignación. La primera te permite crecer; la segunda te hunde.

La experiencia puede ser nuestro mejor maestro, a condición -lo que raramente hacemos- de que mantengamos nuestro radar en continuo movimiento y a su máxima capacidad.

Un prejuicio no desaparecerá mientras no lo haga la necesidad insatisfecha que lo sustenta.

Nuestra mayor demostración de fuerza está en la falta de necesidad en exhibirla.

Muchos son los que juzgan con más severidad al prójimo que a sí mismos. Bastantes hacen los contrario. Muy pocos valoran los hechos sin tener para ello en cuenta quién es su autor.

Partimos en mejores condiciones para abordar el conflicto en el momento en que sabemos distinguir lo que es de lo que deseamos que sea.

Cuantas menos corazas te pones, más fuerte te sientes.

La asunción de errores es una demostración de fuerza; la negativa a asumirlos, un reconocimiento de incapacidad para corregirlos.

La convivencia gana muchos enteros si dejamos de deshumanizar a los demás, sea considerándolos meros obstáculos en nuestro camino, trampolines para nuestros saltos u objetos de satisfacción de nuestras necesidades.

Llega un momento en que uno debe tomar la decisión de cerrar el grifo de sus lamentos para convertir el lastre de sus errores en el maestro de su futuro.

Compruebas que estás en un buen nivel de inteligencia emocional cuando una decepción se desvanece rápidamente para convertirse en estímulo.

Hoy la luz empieza a ganarle el pulso a la oscuridad. Que cunda el ejemplo.

Para una mente curiosa, la decepción puede ser el mayor motivador.

En cualquier iniciativa, lo más inteligente no es escoger los mejores elementos sino los más adecuados.

No exprimir tus capacidades es una forma de maltrato auto infligido.

La vida es algo muy serio que, como tal, debe tomarse con grandes dosis de humor.

Si no tienes claros tus valores, espera a llegar a un cruce de caminos en tu vida. La dirección que tomes te indicará cuáles son.

La rapidez como criterio primordial para alcanzar un objetivo genera acuerdos de baja calidad y posterga la resolución del conflicto.

Dar por supuesto lo bueno que nos ocurre atrofia nuestra capacidad apreciativa y nos impide disfrutar de multitud de situaciones.

Sería deseable que la decisión de llevar o no a cabo una acción estuviera marcada más por la calidad del objetivo que por el esfuerzo que requiere.

Felicitar las fiestas sonaría menos rutinario si, además, tuviéramos la costumbre de felicitarnos la vida cualquier día del año.

Pocas confusiones son tan habituales como la de fuerza y violencia. Quien ejerce la segunda está reconociendo o ignora la carencia de la primera.

Probablemente el azar exista, pero su impacto depende, en parte, en cómo reaccionemos ante él.

Mis deseos para el año nuevo es que esos deseos pierdan su condición de anuales para adquirir la de cotidianos.

Hay momentos en los que para una determinada tarea da más resultado alguien que no tiene tanto nivel, pero que se adapta mejor a ese momento. Ahí es mejor, con lo que confieso el juego de palabras.

Nadie con una buena dotación de autoestima es usuario habitual de odio.

Creo que se confunde con demasiada facilidad el respeto a una opinión con el respeto al derecho a expresarla. No es lo mismo, ni de lejos.

Si todos fuéramos proactivos de pensamiento, algunos perderían mucha clientela.

La gran decisión diaria esté entre considerar el nuevo día como un eslabón más en la cadena de la inercia o como una oportunidad fuera de lo común.

Muchos no entienden que, cuantas más personas se fijan en uno, lo que debe aumentar no es el ego sino la responsabilidad.

El mero desahogo es un acto de consecuencias efímeras que no resuelve el problema.

Los deseos y los propósitos tienen tendencia a esfumarse; las iniciativas son más resistentes.

No hay nada tan desacertado e injusto como etiquetar algo tan complejo como un ser humano.

Normalmente, postergar la gestión de un problema no hace más que acrecentar su magnitud y gravedad. En alguna ocasión puntual, sin embargo, dejar correr el tiempo lo deshincha. Saber identificar ese momento es todo un arte.

Lo que cuenta no es dónde estás, sino con quién. Incluso cuando estás solo.

Mucho más realista que pretender descubrir evidencias es aspirar a saber gestionar incertidumbres.

Mantenle sistemáticamente apartado de los problemas y el día en que no estés se presentará indefenso ante a los lobos. Enséñale a gestionarlos y estará preparado para vivir.

Los que resuelven los conflictos son rápidamente identificados y puestos en la picota por aquellos a los que una solución les deja sin razón de vivir.

Para darse importancia, algunos le otorgan a sus contratiempos la categoría de problemas.

La deshonestidad consensuada permite como normal indignarnos con lo que no nos favorece y la aceptar lo que sí lo hace, con total independencia de si ello tiene o no una base justificada.

Hay tres disposiciones básicas: a ayudar, a aceptar la ayuda y a agradecerla.

El sentido común aconseja ser realista al fijarse objetivos y plantearse acometer su realización en plazos sensatos.

Cuando ataca la nostalgia vale la pena hacer un esfuerzo de meditación para confirmar si efectivamente vivimos entonces de manera tan intensa y feliz ese momento que tanto añoramos ahora.

La tradición que vale la pena conservar es aquella cuya conexión con el pasado no le pasa factura al futuro.

Mientras la tentación de convertir al otro a nuestra opinión siga siendo más fuerte que el interés en comprender su punto de vista, no progresaremos.

¿Lleva implícita la libertad de pensamiento la obligación de pensar?

Al abordar un problema podemos optar por ponernos en modo solución para resolverlo rápido o en modo dificultad para hacernos acreedores a una medalla cuando se resuelva.

Mi realidad está conformada en gran parte por mí. Espero acordarme de esto cuando sienta la tentación de buscar excusas.

No hay problema en cambiar de opinión. El problema está en seguir manteniendo, por la razón que sea, una opinión en la que uno ya no cree.

Los que argumentan que una cierta opinión no será válida dentro de un tiempo, raramente lo aplican a la suya propia.

Mientras la discrepancia te siga irritando, estarás poniendo tu bienestar en manos ajenas.

Un «No» como respuesta es mucho mejor que un inacabable mareo de la perdiz. Valoremos nuestro tiempo.

«Y quien diga lo contrario, miente» es esa frase tan manida que pronuncian quienes no conciben una opinión distinta a la propia.

No digamos lo que hay que hacer; demos ejemplo y que cada uno decida en consecuencia.

Hay un ejercicio sumamente difícil pero de resultados excepcionales: empatizar con quien no simpatizamos.

Cuanto más difícil están las cosas, más equipados deberían estar los jóvenes para salir adelante. Y, sin embargo, es cuando más se les sobreprotege. El ser humano es el paradigma de la paradoja.

La adquisición de nuevos hábitos requiere el abandono previo de los que nos lastran. Antes de entrar dejen salir.

Originada por motivos culturales y/o religiosos, la relación con el dinero sigue siendo para muchos muy incómoda. Tal vez porque se sienten incapaces de distinguir entre medio y fin, cada vez que se toca el tema tienen bien preparado el filtro negativo.

Quien se dedica a dar lecciones de manera sistemática demuestra que su necesidad de darlas es mayor que la que tienen sus destinatarios de recibirlas.

Dos de las mayores aficiones del ser humano son culpar y sentirse culpable. Y tengo dudas sobre el orden de preferencia.

Los que consideran que la disposición al diálogo es una debilidad, deberían explicar cuál es su concepto de fortaleza.

Aspirar a vivir sin problemas raya en lo absurdo. Lo más útil es aprender a gestionarlos; uno vive más realizado y, además, aprende a ahorrarse unos cuantos.

La vida ofrece momentos placenteros y momentos duros. El problema radica en la propensión a vivir con más intensidad los segundos que los primeros.

La pereza es el carburante que mantiene en funcionamiento la falta de honestidad intelectual.

La persona coherente no sentirá nunca la necesidad de acusar de traición a su lenguaje corporal.

Toda decisión requiere el descarte de otras opciones. Antes de que eso nos obsesione, recordemos el motivo por el que la hemos tomado.

Lo que decidamos entre estas dos opciones marcará el tipo de vida que queramos llevar: quedarnos a la espera de que se produzcan las buenas noticias o intentar generarlas nosotros mismos.

Para solucionar un conflicto, tan estéril es el planteamiento «O todo o nada» como el de tomar la parte por el todo.

Agradezcamos siempre los ánimos ajenos pero seamos conscientes de que son los propios los que resultan más eficaces.

Quien no concibe la generosidad ajena nos está dando muchas pistas sobre el nivel de la propia.

La sabiduría consiste en saber cuándo debes adaptarte al entorno y cuándo debes intentar que el entorno se adapte a ti.

Parece que el requisito más aceptado por la mayoría para formarse una opinión sobre un asunto es no tener la información necesaria para ello.

Postergar una tarea por considerar que no eres lo suficientemente bueno, hará que nunca lo seas. Para mejorar hay que hacer.

Creo más en la falta de consistencia que en la incapacidad de mejora.

Por muy popular que sea esa manera de actuar, opinar sin conocimiento de causa también tiene sus inconvenientes. Para resolver problemas, por ejemplo.

Mañana tendremos una gran oportunidad de mejora, pero ahora nos ocuparemos de la de hoy.

Uno de los ejes de una buena negociación es conseguir que los objetivos a largo plazo estén en armonía con los intereses a corto.

Hay dos ocasiones propicias para revelar la valía personal: lo que hagas cuando nadie te ve y el trato que le des a una persona que no está en condiciones de hacer nada por ti.

Si nos piden un consejo, debemos ir a fondo con él. Recordemos que su función no es agradar ni reconfortar, sino ayudar.

La lista más larga que existe es la compuesta por todos aquellos que están a la espera de considerarse suficientemente preparados para pasar a la acción.

Aquí y ahora siempre ha sido una buena opción de empezar a hacer algo. De hecho, es la única.

Cuando nos veamos sometidos a la tentación de esperar a que todo esté perfecto para empezar, recordemos que de tanto afilarlo el lápiz acaba por desaparecer.

Sacarse simplemente un conflicto de encima no es resolverlo; es trasladarlo a otro lugar y cambiar sus protagonistas.

Tus actos, no tus palabras, desvelarán si el fin que persigues tiene como objetivo el beneficio de la colectividad o el tuyo propio.

En un conflicto, evitar las respuestas puramente emocionales mediante la reconducción hacia el tema de debate refuerza tanto la posición personal como las probabilidades de resolverlo.

Los conflictos en los que las partes piensan que hay un único problema en juego, suelen abordarse como una batalla de ganar-perder. Y al final, ambas partes dejan de ganar muchas cosas.

Dudo que en cualquier conflicto haya únicamente una cuestión en juego.

El comienzo de una actividad forma parte de la preparación para la misma y suprime de un plumazo la excusa de no estar listos para ella.

El problema que obstaculiza el crecimiento es simplemente desviarse de quien uno ya es.

Esa extendida costumbre de levantarse cada mañana con la sola duda de contra quién vamos a vivir hoy, no es más que la triste creencia de que la categoría personal viene determinada por el número de personas a las que uno es capaz de denigrar.

No desesperemos si los avances en la gestión de un conflicto no son tan apreciables ni tan rápidos como desearíamos. Una buena gestión requiere un trabajo que la rapidez puede dejar incompleto.

Estar convencido de que eso que tienes que hacer lo puedes dejar para más adelante, presupone erróneamente que tienes garantizado ese «más adelante».

Las personas que exigen que te definas en un tema se consideran perfectamente legitimados para limitar las opciones de respuesta.

Por importantes que sean las y técnicas y tácticas de mediación, la base más sólida del proceso radica en la calidad de la relación que el mediador establece con las partes.

La obsesión por destacar nos puede llevar a destacar por motivos no deseados.

Cuando comparamos una persona de éxito y otra que no lo alcanza en la medida de sus deseos, constatamos que la determinación y el atrevimiento tienen una incidencia mayor que el talento puro.

Para evitar frustración o aburrimiento debemos ajustar los retos a nuestras capacidades, sin caer en la habitual tentación de apuntar demasiado bajo.

El éxito de algunos movimientos se debe a que apelan a las tripas del personal, cuyo esfuerzo es infinitamente menor que el que requiere el rigor del pensamiento.

Hay frases con significado opuesto al que anuncian, cuyo código es fácil de descifrar. «Estamos trabajando en ello» es un buen ejemplo.

No te quejes de lo que te falta si con lo que tienes no haces todo lo que puedes.

La agresión al ecuánime no es más que un vano intento de ocultar el reproche a que tenga una opinión diferente.

Hay personas que van por la vida con el PERO impreso en la frente y recurren a él como primera opción cuando les proponen un proyecto.

El inseguro necesita imponer su criterio, para lo que no dudará en erigirse en parte, acusador y juez del debate.

Se puede empezar a vislumbrar una resolución del conflicto una vez las partes han dejado de equiparar de manera automática deseos, merecimientos y legitimidades.

Hacer tabla rasa de una situación con el objetivo de acabar con lo negativo, acaba también con lo que funciona correctamente. Hay que cuidar el criterio selectivo.

Muchos asuntos se encallan porque se le da más importancia a lo adjetivo que a lo sustantivo.

¿Por qué hay todavía gente que simplifica las cosas con lo grato que parece resultar complicarlas?

El legado que no va acompañado de la consciencia sobre el coste original es cómo un regalo envenenado.

Unos piensan que lo mejor es empezar el día con la tarea más importante -que suele ser la más complicada- y así el resto es más llevadero. Otros prefieren calentar motores con lo más sencillo. No hay recetas únicas.

Si uno se siente motivado únicamente por los frutos de su acción, se perderá el impagable placer del proceso.

La verdadera tolerancia no consiste únicamente en permitir que otro exprese una opinión distinta, sino en tener la mente lo suficientemente abierta como para considerar que esa opinión puede ser tan o más valiosa que propia.

Para saber cómo es una expresión de poco convencimiento no hay más que mirar la cara de alguien que sistemáticamente responsabiliza de sus problemas a terceras personas.

Habremos dado un salto de calidad el día en que la búsqueda sincera de la verdad pese más que la necesidad de que nuestros intereses y opiniones sean favorecidos.

Creo que deberíamos reflexionar sobre el automatismo en hacer una valoración negativa de cualquier situación. ¿Estaremos huyendo del rigor, que requiere más esfuerzo que la inmediata respuesta irreflexiva?

Dicen que hay que tratar bien a los clientes. Pienso que todo el mundo merece un buen trato. ¿Por qué iban a ser los clientes una excepción?

El adicto a juzgar intenciones en lugar de hechos se siente exento de demostrar lo que dice.

Tenemos momentos de gran lucidez, pero no los aprovechamos por falta de tenacidad y constancia. El talento es poca cosa si no se usa como un martillo pilón.

Pocas corazas son tan utilizadas como la indignación para escabullirse de la responsabilidad de pensar y actuar con rigor.

El denominador común de la mayoría de problemas lo constituyen las necesidades insatisfechas, y la clave para su resolución radica en cómo se gestionan.

Muchos se quedan en la superficie; otros profundizan únicamente hasta encontrar lo que les favorece; y muy pocos van hasta el fondo del asunto para tener una visión global.

Se puede tener éxito y no saberlo. Generar un impacto positivo en la vida de alguien que uno no conoce, por ejemplo.

La obsesión por hacer prevalecer el criterio propio suele ser inversamente proporcional a la profundidad con la que se ha llegado hasta él.

Quien tenga un poco de respeto hacia sí mismo no se conformará con bañarse en aguas superficiales y se sumergirá hasta donde haga falta para formarse un criterio.

Quien está acostumbrado a desfigurar la realidad para acomodarla a su gusto, se queda perplejo en las contadas ocasiones en las que no le hace falta.

No hay mayor obstáculo para el crecimiento personal que estar rodeado de personas que te dicen lo que creen que te gustaría oír en lugar de describirte la realidad.

Proteger es enseñar a utilizar las herramientas precisas para vivir; sobreproteger es hacer creer que todo es positivo, ocultando que el mundo tiene dientes.

Están los que son muy duros con ellos mismos; los que lo son mucho más con los otros; y una minoría que utiliza la asertividad para dar en la diana de la exigencia adecuada.

A la pregunta ¿Qué sentido tiene la formación permanente?, mi respuesta es ¿Qué sentido tiene vivir?

El rechazo a la formación permanente puede ser causado por la prepotencia o por la resignación.

Idealizamos lo que nos gusta y demonizamos lo que nos repulsa. Así, valoramos los actos únicamente en función de quién los realiza, despojando a nuestro criterio de cualquier objetividad.

El escepticismo obsesivo es la manifestación de la duda sobre propia capacidad para la acción.

Por desgracia, los argumentos que gustan siempre ganan a los que hacen pensar.

El camino del aprendizaje se allana considerablemente en el momento en que desparece la obsesión por justificarse.

Cuidado con otorgarle a las suposiciones el rango de verdades absolutas.

Pongamos el cerebro a nuestro servicio; no al revés.

Debemos luchar hasta la extenuación contra nosotros mismos para arrancarnos ese corsé en cuyo manual de instrucciones dice: “De lo que vaya a salir bien serás tú el responsable; del resto, lo serán los otros”.

Enseña a los demás a afrontar sus problemas, pero no se los resuelvas. No estarás siempre ahí.

Los conflictos no se resuelven con el mero deseo de que no existan.

La convicción le gana siempre a la razón, porque se ejerce con mucha más determinación y frecuencia.

Aunque parezca paradójico, una mente abierta filtra más que una mente cerrada.

Pensar por uno mismo es más adictivo que dejar el pensamiento en manos de un adoctrinador. Ojalá lo probasen unos cuantos millones de personas más.

Para conquistar momentos de felicidad uno debe aprender a no bajar la guardia en el ejercicio de la alerta, no sea que se le escapen oportunidades.

En la evolución personal, los otros no deben ser más que un contexto, nunca un referente.

Raramente te pedirán que justifiques un opinión concordante; en cambio, si es discordante no solo te lo pedirán, te lo exigirán.

Si en las 24 horas de un día uno no aprende nada, es porque se empeña en no hacerlo.

Condicionar una amistad a una coincidencia de opinión revela el concepto que se tiene de la amistad y/o de la opinión.

Que en una negociación las partes se hayan dado con la puerta en las narices no significa forzosamente que la puerta haya quedado cerrada del todo.

Quien ejerce la autocrítica no se lesiona, se sana.

En este país se percibe la crítica como una agresión; luego no es de extrañar que la autocrítica sea considerada una forma de masoquismo.

¿Es la naturaleza la que reparte los filtros de entrada y salida de mensajes o cada uno se fabrica el suyo con su actitud?

Priorizar el medio significa despreciar el fin.

Cuando hablamos de bien común, recordemos que el adjetivo es tan importante como es sustantivo.

Cuando los gustos se convierten de manera automática en convicciones, muchas de nuestras capacidades menguan.

Muchos de los problemas del ser humano vienen de confundir dos conceptos: lo que es y lo que nos gustaría que fuese.

Hasta la situación más simple es susceptible de varias interpretaciones. La más obvia puede ser la mejor, pero analicemos antes las demás.

 La obsesión por obtener la razón revela no solo una necesidad insatisfecha sino una clara sospecha de que no la tienes.

Apetencias > aspiraciones > merecimientos > legitimidades. Hay quien se indigna cuando le señalan que su cadena de asimilación hace aguas por más de un eslabón.

Vemos en innumerables conflictos cómo el descarte de argumentos se debe más a la falta de afinidad que a su calidad.

Hay muchas personas que tienen una mala relación con la muerte, pero también las hay que no la tienen buena con la vida.

Una sociedad alcanza su madurez cuando sus componentes son capaces de criticar sin ambages los actos de las personas pertenecientes a su propio grupo o partido.

Las emociones no nos las quitará nadie, pero a la hora de valorar situaciones podemos elegir entre ponerlas a nuestro servicio o ser sus esclavos.

Una de las manifestaciones más habituales de egoísmo es considerar que las convicciones personales son más importantes que el interés general.

La verdadera revolución sería colocar a personas inteligentes en puestos de responsabilidad.

El adicto al conflicto hará todo lo posible por evitar su resolución y poder mantener su modus vivendi.

Lo que uno hace tiene consecuencias. Intentaré averiguar la razón por la cual hubo tanto absentismo el día que explicaron en clase la relación entre causa y efecto.

La de reconocimiento y la de queja están en ardua pugna por alcanzar el primer puesto en el ranking de necesidades.

El momento en que vivimos -como todos los que se han vivido siempre- es una oportunidad única para desarrollar la capacidad de análisis y el criterio selectivo.

Manipular -o intentar hacerlo- consiste, entre otras muchas cosas, en hacer creer a la gente que solo existen dos opciones.

Si tu única arma tienes el sarcasmo, lo acabarás utilizando en cualquier ocasión, venga o no a cuento.

El pensamiento sectario ataca con más dureza a quien lo padece que al supuesto destinatario.

No estamos legitimados para reivindicar credibilidad mientras no seamos capaces de reconocer defectos propios y virtudes ajenas.

Comentaba con un amigo que mostrar agresividad y mala leche suele ser el instrumento de muchos en su intento de mostrar inteligencia y superioridad moral. Si lo hacen es porque siempre hay quien se deja engañar.

Tal vez para tranquilizar conciencias, se dice que en un conflicto las responsabilidades están repartidas en un 50%. Si lo están, raramente es en esa proporción.

Situación paradójica: personas que dicen que un conflicto no tiene solución, pero no abandonan su gestión. ¿Miedo a que lo resuelva otro?

Con distancia, altura y visión de 360 grados. La mejor perspectiva para gestionar un conflicto es la del dron.

Quien no se pliega a mis deseos e intereses es mi enemigo. Ese es el carburante que alimenta la mediocridad y perpetúa los conflictos.

Creo que todos estamos en condiciones de dejar huella. De nosotros depende en gran parte la calidad de la misma.

El sarcasmo alimenta el ego; el argumento razonado, la autoestima.

Insisto en la idea de instalar un mercadillo de intercambio de problemas. Por lo visto, los ajenos son tan fáciles de resolver…

El fanático necesita obsesivamente que se apruebe su opinión, seguramente por la poca confianza que tiene en ella.

El fanático cree que sus convicciones religiosas o identitarias le proporcionan una total inmunidad, y se indigna con quienes no comparten esa opinión.

Cuando el objetivo es sentirse ofendido, se ve la ofensa por todas partes.

Si uno no puede resistir la tentación de presumir, más vale que no lo haga de lo que ha conseguido sino de cómo lo ha hecho.

Todo el mundo es capaz de pensar por sí mismo, pero no todos lo hacen en voz alta.

La excelencia corresponde más a una trayectoria que a una acción puntual.

Nadie puede mantener su dignidad si le está privando de ella a otro.

Sus débiles convicciones empujan al ser humano a sustituir, en sus relatos, lo que ocurrió por lo que le hubiera gustado que ocurriese.

Por su actitud en los debates hay dos tipos de personas: las que buscan llegar a la conclusión tras oír los argumentos, y las que tienen ya decidida la conclusión y exponen o utilizan solo los argumentos que la apoyan.

La afición más extendida en la gestión de conflictos es la de desproveer de recursos a la otra parte. Me quedo con quien crea valor para ambas.

La falta de flexibilidad revela poca solidez en las propuestas.

Las cosas son como son. Algunas veces -no muchas, la verdad-, también son como nos gustaría que fuesen. La mayoría no supera esa frustración.

La decisión inteligente y eficaz es la de empezar a trabajar a partir de lo que hay y no de lo que nos gustaría que hubiera. Por definición, no hay manera de tomar es atajo.

Los adictos a la tabla rasa, además de caer en la tentación de la pereza intelectual, ignoran el valor de la evolución.

Estar de acuerdo sobre el qué no lleva implícito estarlo sobre el cómo y esa discrepancia no implica traición alguna.

La obsesión por el reconocimiento no expresa más que inseguridad en lo que uno hace.

«No, amigo, el problema no se resuelve trasladándolo de lugar», tuve que decirle a quien privilegiaba una solución rudimentaria a un problema complejo.

Dos actitudes fundamentales frente a la vida: protagonizarla o padecerla. Proactividad vs Reactividad.

Para valorar un desempeño hay que ver la película entera, no solo una foto.

El deseo de crecer se ve obstaculizado por la necesidad de ser visto de una determinada manera.

“Mientras me beneficie, todo, absolutamente todo, me parece correcto”. Este parece ser el lema por el que se rige la inmensa mayoría de personas en cualquier ámbito.

Confundir la necesidad con el deseo lleva a una empanada mental en la que el fin y los medios se van rotando. 

El prestigio y la credibilidad se ganan no solo con una conducta correcta sino también con la manera en que se gestionan las incorrecciones.

A la verdad se le considera un bien sumamente precioso; por eso es tan poco utilizada.

Hace años apareció un cartel oficial en una autopista suiza: «Prioridad a la amabilidad». Para mí, gran error. La observación de las normas como prioridad es la mejor manera de ser amable con los demás.

«Revisionista» no debería ser un insulto. De hecho, no estaría mal dedicar un rato cada día a revisar nuestros pensamientos y acciones.

Todo iría mucho mejor si cada uno de nosotros se pusiera el primero en la lista de personas a las que hay que rendir cuentas.

No saber identificar lo que se tiene trae como consecuencia una vida de anhelo desesperado.

El ser humano alcanza su mayor velocidad cuando quiere poner tierra de por medio entre él mismo y su responsabilidad.

No nos sorprendamos si calificamos negativamente ciertas cosas. Lo preocupante es sentir la necesidad de valorarlas así.

La identificación de responsabilidades no debería entorpecer ni aplazar la gestión tendente a la resolución del conflicto.

Avanzaremos mejor y más deprisa a medida que vayamos aprendiendo a diferenciar hechos de necesidades.

La mayoría de conflictos tienen su origen en necesidades insatisfechas, pero muchas veces lo que se identifica como una necesidad no es más que un simple deseo.

Se aconseja a menudo ser generoso con el gancho de que un día recibirás una recompensa. La verdadera generosidad no espera nada a cambio, a diferencia de una inversión.

Dicen que nuestra versión alfa es por definición inalcanzable. Intentemos entonces ir puliendo la beta.

Para las mentes cerradas, las ideas diferentes son siempre mutuamente excluyentes.

Se puede perfectamente estar cómodo con el statuo quo y al mismo tiempo desear un cambio. El pensamiento paradójico permite superar muchas dificultades.

Prácticamente todos tenemos la capacidad de atribuir un sentido a nuestras sensaciones. Otra cosa es ser consciente de ello.

Es muy común querer una cosa y la contraria al mismo tiempo, pero, curiosamente, solo la parte beneficiosa de cada una.

En un conflicto, las mentiras de la otra parte son utilizadas para justificar las propias.

El pensamiento crítico es bidireccional: ni admite maquinalmente el pensamiento ajeno ni pretende que los otros adopten por sistema el propio.

En un mundo que cambia tanto y tan deprisa, el pensamiento analítico se nos queda corto cuando aún no hemos digerido la nueva información. Demos paso al pensamiento creativo.

¿Cuáles serían nuestras oportunidades de crecimiento sin todas las luces y sombras de nuestro pasado?

Las oportunidades no se limitan a los días de Carnaval para disfrazarse de problemas. Lo hacen durante todo el año.

No solo se denigra al que discrepa, sino también al que intenta entender al discrepante.

Para ser creativo no es necesario inventar cosas; basta con combinar de una manera nueva las ya existentes.

Ser capaz de cambiar de perspectiva es tan importante o más que la agudeza visual.

En la gestión del conflicto es muy útil mantenerse alerta para identificar la excepción, lo casual, aquello que no estabas buscando.

Si lo que ves no te gusta, antes de tomar la decisión de intentar cambiarlo míralo de otra manera.

Los cambios más productivos son los que se llevan a cabo manteniendo lo que el pasado tiene de válido. La gestión transformadora es más eficaz que los huracanes de la tabla rasa.

Bendecir por sistema la totalidad de los actos, dichos y omisiones de ciertas personas o grupos es una demostración de papanatismo que resta credibilidad a quien los bendice.

La madurez se expresa, entre otras maneras, con la valentía de rescatar valores del pasado que otros consideran obsoletos por el mero hecho de haber existido en otra época.

Quien adquiere el hábito de observar y escuchar, tiene la mitad del trabajo hecho. Sea cual sea este.

No caigamos en la trampa de creer en la inexistencia o escasez de opciones.

A falta de argumentos siempre se puede recurrir a la indignación, que todo lo cura, que todo lo blanquea.

Hay quien conoce su luz interior y la utiliza; hay quien ignora su existencia; y hay quien sabe que la tiene pero no cómo se enciende.

La política es el arte de conjugar lo apetecible con lo factible. Quien no tiene en cuenta lo segundo aleja sine die lo primero.

La misma valoración es percibida de manera diametralmente opuesta en función de quién sea su destinatario, con independencia de su precisión. Lamentable.

La fina ironía es señal de inteligencia; el obsesivo sarcasmo, de debilidad.

Una de las actitudes más tristes que puede tener un ser humano es la de conformarse con una opinión muy pobre por el mero hecho de que sea mayoritaria.

Desear conseguir un objetivo pero no estar dispuesto a hacer lo necesario para alcanzarlo es querer una cosa y la contraria al mismo tiempo. El paradigma de la incoherencia.

El nivel de reparto de indulgencias es directamente proporcional al de la afinidad -política o de cualquier otro tipo- con el destinatario.

Una gran mayoría de personas demuestra a diario ser adicta a los análisis someros. ¿Vocación o pereza?

El hecho de que una invitación a la reflexión sea percibida como una agresión nos dice mucho sobre las actitudes y hábitos del destinatario.

Considerar la autocrítica como traición es el paradigma del sectarismo.

Desde luego es más rápido y requiere menos esfuerzo considerar únicamente los argumentos que favorecen a nuestra opinión, pero eso no resuelve nada. Bueno, sí, calma las tripas durante un rato.

El conflicto más habitual no es el que se produce entre dos personas sino el que existe entre lo que dice y hace un mismo individuo.

Me gustan sobre todo las personas, aunque a veces hay que descubrirlas detrás de sus personajes.

El problema no es tener una opción política determinada. El problema es pensar que por tener dicha opción uno está exento de cualquier responsabilidad.

Es muy habitual mostrarse abierto a otras opiniones siempre y cuando estas no se expresen.

La frase «Yo ya me entiendo» emitida cuando no se encuentran argumentos, merece el comentario «Ya, pero se supone que estamos en una conversación».

Ahora mismo, en este preciso momento, tenemos ante nosotros varias oportunidades. Que las veamos y las aprovechemos ya es otra historia. 

Liderar manipulando es un oxímoron.

Cuanto más estrecha es una mente, más estupidez es capaz de albergar.

«Fíjate hasta qué punto están equivocados, que no me han dado la razón». Este parece ser el lema más habitual con el que circula la gente por el mundo.

Incluso una actividad tan al alcance de todos como es la queja, unos la llevan a cabo mejor que otros.

La sensatez es constantemente denigrada, luego se ha convertido en un bien escaso y, como tal, se está convirtiendo en un valor al alza.

La manera más eficaz de acabar por creerse una cosa, no solo el destinatario sino también el mensajero, es repetirla de manera incesante.

Están proliferando las personas dispuestas y abiertas a negociar, siempre y cuando, claro está, se acepte la totalidad de sus condiciones y propuestas.

La tragedia no está en que el ser humano no conozca a sus semejantes sino en que se niegue a hacerlo.

El hábito más práctico es el de ir rompiendo con los hábitos condicionantes. 

Las personas que reciben elogios sistemáticos, hagan lo que hagan o digan lo que digan, caen en una autocomplacencia que les hace aparecer, ante el observador neutral, como paradigmas de la ridiculez y el patetismo. 

El error te hace humano y reconocerlo te hace fuerte.

Que todo lo referente a la ideología propia sea positivo y que la ajena solo tenga aspectos negativos es estadísticamente muy improbable. Lo que sí es probable es que quien así piensa sea uno de los innumerables practicantes del razonamiento motivado.  

Las lecciones más sinceras de sensatez son las que se dan después de haberse mirado en el espejo.

Entre confiar demasiado -corriendo el riesgo de perder mucho-, y mostrarse excesivamente escéptico -abandonando la posibilidad de ganar-, hay un gran trecho. La clave está en establecer una comunicación de alta calidad entre las partes en negociación.

El odio es el refugio al que acudimos cuando no podemos soportar el miedo a hacer frente a la realidad.

La necesidad de reconocimiento suele estar en el origen de la percepción de incompatibilidad inherente al conflicto.

La voz amenazante es la de quien está reconociendo que no cree tener mejor recurso.

Entre las cosas que dependen de uno mismo está la decisión sobre el propio pensamiento. Se diría que muchos no lo saben.

Conocer las diferencias ayuda a la convivencia. Ignorarlas hace que se perciban como mayores de lo que son.

En el momento en que uno se da cuenta de que su éxito está supeditado al fracaso ajeno, tiene dos opciones: volver a la casilla de salida o ir al rincón de pensar.

Un pacto con uno mismo está cargado de compromiso, pues el verdadero autoengaño es prácticamente imposible.

Dar por zanjada una conversación por el mero hecho de no estar de acuerdo es absurdo. ¿Acaso no es en los momentos de discrepancia cuando mayor es la necesidad de diálogo?

Que tu criterio sea fruto de una opinión elaborada, no el cacareo de una instrucción imbuida.

La generosidad empieza por uno mismo. Date a diario una oportunidad.

Intentar mostrarse astuto con estupideces no es una demostración de astucia sino de estupidez.

Conviene un ejercicio de abstracción para comparar lo que pensamos por nosotros mismos con las consignas que recibimos para un pensamiento uniformado. Y espero que encontremos una larga distancia.

Conviene escuchar atentamente a nuestro interlocutor. Por muy claro que tengamos lo que queremos decir, lo que le llega pasa unos filtros que no siempre controlamos.

Ocultar el conflicto y dar una apariencia de armonía solo es útil si el conflicto es de baja intensidad y mantener la relación es más importante que resolverlo. Pero es una situación que se aguanta con pinzas y seguramente por poco tiempo.

Yo agradezco más una invitación a la reflexión que el puro consejo.

Las circunstancias están ahí. Podemos resignarnos a otorgarles todo el poder o solo sobre aquella parte que escapa a nuestro control.

La mejor manera de gestionar un conflicto se produce cuando se respetan la capacidad, experiencia y valores de cada parte, y se ponen en evidencia y sin tapujos posiciones, deseos y necesidades.

Un miedo afrontado desnuda el problema.

Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser, decía Shakespeare. Estoy de acuerdo con la segunda parte, pero estoy convencido que muchas personas no se reconocen en la primera.

No sé si es más humano el miedo a equivocarse o el miedo a acertar. Lo segundo acarrea tal vez más responsabilidad.

El mérito reconocido es un efecto colateral externo por un trabajo bien hecho, pero nunca alcanzará el nivel de la satisfacción interna.

Invierte en ti y revertirá en todos, incluyéndote a ti.

Uno mismo es un campo de pruebas para ayudar después a los demás.

Llevarse el mérito del éxito es tentador, pero en el fondo cada uno sabe qué parte es consecuencia del esfuerzo y qué otra de las circunstancias.

Se requiere clarividencia y sinceridad para confirmar si hay coincidencia entre lo que deseamos, lo que necesitamos y lo que merecemos.

Las vivencias que no han servido para ir encajando piezas aún no han adquirido la categoría de experiencia.

Reservo mi admiración no para el talento en sí, sino para quienes ponen a trabajar el que tienen, sea cual sea su nivel.

Qué incómodo debe ser admirar y denigrar por sistema, y con independencia de lo que hagan, a los que nos sentimos obligados a amar y a odiar, respectivamente.

El nivel de consciencia del propio mérito es inversamente proporcional al de la obsesión por su reconocimiento.

Para valorar el progreso personal se puede utilizar medidas para el corto y largo plazo. Las primeras espolean el compromiso y tienen un impacto positivo en la valoración global.

¿Contiene la expresión «conflicto de intereses» una reiteración?

Nunca he entendido la animadversión hacia el inepto. Si lo es, no tiene la responsabilidad exigible al apto para llevar a cabo una tarea.

Curiosamente, las personas con una mentalidad más plural destacan por su singularidad.

La incertidumbre es una bendición que nos estimula a luchar para que nos sea favorable.

Somos muy dados a ser más condescendientes con las aspiraciones propias que con las ajenas.

La facilidad con la que surgen los conflictos es debida a la tendencia sistemática a percibir los derechos ajenos como incompatibles con los propios.

El simple hecho de estar atento te da una gran ventaja.

Un ejercicio de reconocimiento de errores pasados te confirmará que hay uno importante que generó una cascada de otros con efectos paralizantes.

Llega un momento en la vida en que ya no necesitas carecer de algo o haberlo perdido para apreciarlo plenamente. Esa madurez te permite vivir intensamente.

Cuando uno intenta hacerse el gracioso en lugar de resolver los problemas, los únicos que se ríen son los papanatas y los problemas.

Los que dicen que el fin justifica los medios dan por supuesto que el fin, por el hecho de ser suyo, está plenamente justificado.

Dicen que el sarcasmo es el último refugio en caso de agotamiento de la imaginación. El problema no es la falta de esta, sino la renuncia a ponerla en marcha.

La principal razón de la superficialidad en el tratamiento de los problemas es la alergia al esfuerzo.

Hay situaciones cuyo origen no controlamos, pero siempre podemos controlar nuestra respuesta a ellas.

La percepción del tiempo está totalmente condicionada por la calidad de los momentos vividos.

En la comunicación los pequeños detalles marcan grandes diferencias. No impacta tanto un simple “Buenos días” como un sentido “Que tengas un buen día”.

La habitual reflexión cotidiana sobre la calidad del día vivido debería ampliarse hasta identificar cuál ha sido nuestra influencia en él.

La pareja de baile que se lleva más campeonatos es la formada por el trabajo y la perseverancia.

Nadie tiene mayor capacidad para llevar las riendas de su vida que uno mismo. Pero dada la poca afición que se tiene a hacerlo, supongo que debe haber un beneficio oculto para dejar que las lleven otros.

La vida es una continua montaña rusa emocional. No caigamos en la tentación de considerar por sistema las subidas como merecidas y las bajadas como una maldición.

Todos los días se aprenden cosas, pero hay algunos que son especialmente generosos en este sentido. Si uno está alerta, claro.

El lunes es el día de preguntarse no lo que nos deparará la semana sino cuál será nuestro impacto en ella.

Si nos desesperamos por no haber conseguido el cambio deseado es porque tenemos tendencia a compararnos con otros. No olvidemos que cada persona tiene su ritmo.

La observación de las conductas ajenas es una constante fuente de aprendizaje. Unas, para saber qué hacer; otras, para saber qué evitar hacer.

Lo que parece ignorancia o necedad a menudo no es más que un defectuoso autoconocimiento que impide desarrollar el potencial propio.

Ir a las fuentes que nos acercan a la realidad o a aquellas que sólo confirman lo que nos gusta. La decisión nos define.

Sería deseable que cualquier acción fuera emocionalmente ecológica, es decir que tuviera en cuenta la manera en que impacta en nuestro entorno afectivo.

Dejamos escapar muchas oportunidades de resolver un conflicto si no vencemos la reticencia a oír cosas que no nos gustan.

Explora tu potencial y afronta el consecuente vértigo.

Un buen nivel de autoconocimiento te alejará tanto de la tentación de menospreciar tus habilidades como de sobrevalorarlas.

La honestidad requiere poner encima de la mesa todos los hechos, no solo los que nos favorecen. Una cosa es ganar y otra muy distinta resolver.

Bendito el momento en que uno ya no necesita detenerse a pensar que debe poner en práctica aquello que predica.

Los cócteles emocionales vienen a veces muy cargados e intensos. No sé si la vida es algo aleatorio, pero en ningún caso es lineal.

Somos muy magnánimos a la hora de otorgar la categoría de obstáculos a meros contratiempos.

Todo da un vuelco cuando uno consigue dejar de sentirse incómodo frente a sí mismo.

Un nivel equilibrado de autoexigencia es un indicador claro de asertividad.

Hay una confusión generalizada entre lo que nos gusta y lo que es justo. Quien sepa librarse de ella estará en las mejores condiciones para gestionar sus conflictos.

El inseguro de sus ideas no invita al debate a quien pueda cuestionarlas, sino a quien sabe de antemano que no hará otra cosa que respaldarlas.

La comunicación eficaz requiere, en primer lugar, abandonar la necesidad de criticar sistemáticamente de manera negativa la opinión contraria. Superada esta falsa forma de autoprotección, queda allanado el camino hacia la asertividad.

No, pedir ayuda no equivale a un torpedo en la línea de flotación de la autoestima.

La sabiduría es la buena digestión de la suma del conocimiento y la experiencia. No es lo mismo informarse que formarse.

Los seres humanos son extraordinarios. El problema es que solo lo sabe una minoría de ellos.

Llegados a un cierto nivel de autoconocimiento, se desvanece la necesidad de aparentar más de lo que uno es por temor a exhibir lo que uno teme ser.

Las insatisfacciones pueden ser tóxicas -no tener nunca suficiente- o estimulantes -desear elevar sin pausa el nivel de calidad personal.

No haber sido sobreprotegido es un privilegio que uno debe valorar en toda su magnitud.

Muchos no exhiben un mejor nivel porque ignoran que lo tienen.

Revela inseguridad en su opinión quien, al ser requerido de concreción sobre un punto, se siente agredido.

Ojalá todos los que han tenido un pasado turbio sean capaces de tener un presente claro.

Es una demostración de inteligencia saber convertir las agresiones recibidas en las mejores fuentes de inspiración.

Por muy fuertes que sean los lazos afectivos que nos unan a ella, considero un error dejar en manos de otra persona las decisiones más importantes de nuestra vida.

Tenemos tendencia a juzgar a los demás sin tener en cuenta que cada persona es diferente y lleva un fardo del que sabemos muy poco o nada.

Cambiarían de forma radical las relaciones humanas si dejásemos de ver a los demás como obstáculos en nuestro camino o como meros elementos para la consecución de nuestros objetivos.

Nuestros días están contados. Hagamos que cuenten.

No somos responsable de nuestro nivel de talento, pero sí de ir afinándolo y de ponerlo a trabajar.

El ejercicio sistemático del reproche, el sermón, la lección, la moralina y el consejo no solicitado pueden aliviar momentáneamente a quien los emite, pero son nefastos de cara a una comunicación eficaz.

Puedo afirmar que hoy será un gran día, en lo que de mí dependa.

La sensación de falta de tiempo para la preparación invita a pasar a la acción ya. Entonces uno constata que hacer es la forma más eficaz de prepararse.

Las rrss nos permiten constatar que el nivel de conocimiento de un asunto es inversamente proporcional al de la osadía para hablar de él. Pero no caigamos en la tentación de demonizar al instrumento.

Quítale el bolígrafo a esa persona que está escribiendo el guión de tu vida y continúa escribiéndolo tú.

Busquemos nuestro toque de distinción. En todos los sentidos de la expresión.

Te puedo estimular, pero quien se motiva eres tú.

Muchas de las grandes insatisfacciones del ser humano se originan por valorar más la meta que el proceso.

La avidez de soluciones choca con el mal planteamiento de los problemas.

La idea de un futuro predestinado reconforta al pusilánime y es rechazada por el audaz.

Esconder las cicatrices revela ignorancia sobre su poder curativo.

El hábito de pensar te abre la mente y la mente abierta te ayuda a pensar.

Si esperamos a encontrar la opción a la que no encontremos ningún defecto, no escogeremos ninguna.

Uno no es fuerte por el hecho de ser vulnerable, sino por ser capaz de reconocerlo.

Por difícil que nos lo pongan, este es un momento propicio para tomar una decisión personal, en lugar de dejarla en manos ajenas.

Nos debemos a nosotros mismos el máximo respeto, y una de las maneras más incuestionables de hacerlo es el pensamiento y la decisión personal.

La discrepancia de los seres humanos no está tanto en los objetivos a conseguir sino en la factura que cada uno está dispuesto a pagar por ello.

Tengo ante mí un gran reto. En otras palabras, la oportunidad que un buen aprendiz no debe dejar escapar.

Acertada o equivocada, lo mínimo que se le puede pedir a una decisión es que sea propia.

Dicen que la víspera de las elecciones es un día para la reflexión. ¿Y por qué tendría que ser ese día una excepción?

La mentira, tan barata en lo inmediato, puede resultar muy cara a largo plazo.

Me pregunto por qué se pide reflexión sólo la víspera de las elecciones. Se podría intentar hacer funcionar el cerebro todos los días del año. Otros órganos del cuerpo ya han demostrado que eso es posible.

El victimista se caracteriza por su mala puntería a la hora de señalar a los culpables de su situación. Nunca figura él mismo entre los candidatos.

Una de las mejores aspiraciones es la de ser terreno abonado para que ocurran grandes cosas.

Tras una victoria, conviene que uno tenga muy claro si ha conseguido su objetivo o simplemente el medio que le permita alcanzarlo.

El error del que no se aprende garantiza el fracaso permanente.

Hay que saber diferenciar un error del pasado de lo que fue válido considerando el preciso momento en que ocurrió.

Llevar acta de lo ocurrido en el día tiene la ventaja de que con el tiempo uno sitúa los acontecimientos pasados en su justa medida, sin dejarse llevar por percepciones que los desfiguran o desvirtúan.

La necesidad de envidiar u odiar a alguien desaparece en el momento en que uno toma conciencia de su propio potencial.

Lo que nos define no es nuestro potencial, que es enorme tanto para lo positivo como para lo negativo. Lo que nos define es lo que hacemos con él.

Cuando no haya testigos que te puedan oír, conspira contigo mismo para dar lo mejor de ti en aquello que caiga dentro de tu área de control o influencia.

Lo que decidimos hacer con lo que tenemos revela el concepto que tenemos de nosotros mismos.

Merece la pena reflexionar sobre la razón por la que muchos no se deciden a explotar su potencial hasta que se sienten arrinconados.

Hay días en que uno tiene la sensación de que necesita remar más, y tal ve se trate simplemente de remar mejor.

No hay tiempo suficiente en una vida para llegar a hacer todas las cosas que vamos postergando, así que hemos de ser mucho más selectivos en ese aspecto.

Lo más sensato es hacer los cambios necesarios y oportunos, huyendo de la tabla rasa consecuencia de la creencia de que todo lo nuevo es, por el mero hecho de serlo, mejor que lo anterior.

El paradigma de la traición es la que cometemos contra nosotros mismos al no aprovechar lo que nos brindan tanto nuestra naturaleza como las oportunidades que vamos encontrando por el camino.

Reconocer las dudas abre la mente y una mente abierta posee una curiosidad sana.

El cuestionamiento razonado es propio de ciudadanos; la aceptación incondicional, de súbditos sumisos.

Muchas situaciones conflictivas tienen su origen en el cuestionamiento de los motivos ajenos al tiempo que no se acepta que se cuestionen los propios.

El mayor obstáculo para una comunicación eficaz sigue siendo que el objetivo del mensaje está en la satisfacción de quien lo emite y no en un mejor enfoque del tema en cuestión.

El ser humano suele desarrollar un perverso criterio selectivo que le permite escoger únicamente los elementos que se ajusten a su verdad preestablecida.

Es tan sano pedir consejo como preceptivo que sea uno mismo quien tome las decisiones.

El pasado es una parte muy importante de nuestra vida porque es a través de su transformación que podemos crecer en la dirección deseada.

Tomar la iniciativa o dejar que la tomen otros. El segundo caso nos deja sin legitimidad para el lamento.

Cuando te haces pedazos, te sientes tentado de tirarlos a la basura. Otra opción es la de apreciar la belleza de cada uno de ellos para recomponer un todo de mejor calidad que el anterior.

En momentos de fracaso, por muy difícil que resulte, debemos tener la mente lo suficientemente despejada para no confundir el rol con la identidad.

Un elogio inmerecido puede tener nefastas consecuencias y es difícil de perdonar.

La aspiración más inteligente frente al fracaso es convertirse en un buen aprendiz.

El mejor antídoto contra la presión derivada de las expectativas ajenas es confirmar el adecuado nivel de las propias.

Es un error muy habitual el desear algo nuevo antes de -o en lugar de- mejorar el nivel de lo que ya tenemos.

Hay formas de esclavitud muy sutiles y casi imperceptibles. Someter cualquier decisión propia a la aprobación ajena es un buen ejemplo.

Las conclusiones en caliente -y por tanto precipitadas- suelen tener consecuencias peores que el problema que se pretender solucionar.

La manera más eficaz de elevar el nivel colectivo, y tal vez la más olvidada, es empezar por el propio.

Los pequeños detalles pueden tener grandes consecuencias y nublar el juicio en torno a las razones de un cierto resultado.

Se proponen soluciones y se entablan encarnizadas batallas en torno a un problema cuando este aún no ha sido definido.

Hay quien te pregunta por qué no haces tal cosa, dando por supuesto que lo deseas o, más aun, que lo necesitas. Todo por ahorrarse una pregunta.

Ojalá encontremos la tecla para percibir el presente tan mágico como feliz nos parece el pasado e ilusionante el futuro.

Para aprender de una vez una lección es importante averiguar la razón por la que no la hemos aprendido antes.

En lugar de preguntarse por qué has actuado de una manera ineficiente, es más efectivo preguntarse las razones por las que lo vas a hacer mejor la próxima vez.

No es su pertenencia al pasado o al presente lo que determina la calidad de una idea u opinión. La novedad, además de ser buena, debe permitir la coexistencia con los planteamientos correctos de otros tiempos.

Ofrecer elogios en el triunfo y desprecio en lugar de ánimos en la derrota, demuestra que se valora más el sentimiento propio que el del protagonista de los hechos.

No es coherente reclamar otras libertades cuando no se ejerce la de pensamiento, esa que está libre de obstáculos externos.

Si generalizar raramente tiene valor, en el caso de los consejos es evidente. Estos deben ser siempre a medida y previa solicitud.

La actitud más patética en la que puede caer un ser humano es dejar que sus afectos y odios queden a expensas de instrucciones ajenas.

Lo que tiene de especial la semana que empieza hoy es que es la única que está en este momento a nuestra disposición.

El autoconocimiento sirve, entre otras cosas, para no convertir un delirio individual en un problema colectivo.

El camino hacia la asertividad exige descartar la ira.

Tu verdadera valía te la da aquello que haces sin otra recompensa que la propia satisfacción por el trabajo bien hecho. 

La empatía unidireccional es propia de las relaciones de sumisión.

Ciertas actitudes políticas cosifican a las personas: se considera al adversario como un estorbo y al electorado como un mero trampolín.

Reflexionemos, que algo queda.

En lo que concierne a las personas, lo ideal es que la versión actual sea mejor que la vintage.

Los conflictos más complicados de resolver son aquellos en los que por lo menos una de las partes teme más la solución que el problema.

Muchas de las situaciones de estrés se originan por la percepción de que no todo va bien. Es importante saber gestionarlo porque raramente todo lo que nos afecta funciona al 100%.

Para las relaciones humanas es mucho más importante la empatía que la mera tolerancia.

Mientras no se dude – y no se exprese esa duda- sobre la idoneidad de nuestra ideología, se dilatará sine die la consecución de los propios objetivos.

La prepotencia en cualquier ámbito revela inseguridad en lo que se exhibe. Que cada uno examine si ha caído en ella.

No plantearse el cuestionamiento de los propios deseos es una falta total de autorrespeto.

Los miedos se nos presentan como un desafío, y uno de los más difíciles de superar es el de la aceptación de las virtudes ajenas.

Una preocupación excesiva por estar a la altura de las circunstancias resta energía para ocuparse de conseguirlo.

Se dice que no hay que tener miedo a hacer determinadas cosas, pero el miedo no debe ser evitado sino superado.

En el diseño de nuestra vida intervienen factores externos, pero no tantos como a muchos les gusta creer.

Uno es responsable de sus decisiones por mucha disciplina que se le imponga como parte integrante de un rebaño.

El líder hace notar tanto su presencia como su ausencia, aunque aspire a que la primera, con el tiempo, deje de ser necesaria.

Cuando los argumentos cojean, se hace correr la voz de que un concepto es indiscutible por su evidencia.

Cuando encontremos nuestro lugar en el mundo, cuidémoslo e intentemos mejorarlo, no sea que nos expulse por falta de merecimiento.

Es tan habitual seguir a ciegas un concepto de moda como denigrarlo posteriormente en su totalidad. El equilibrio es la asignatura pendiente.

Frente a la escasez de argumentos, se abren varias vías de escape: la indignación, el sentirse ofendido e incluso la violencia en sus diversas formas suelen ser recursos habituales.

Es mucho más de agradecer una discrepancia bien argumentada que una avenencia ciega e incondicional.

La indignación que siente el receptor de un mensaje sin argumentar es ínfima comparada con el bochorno que debe sentir íntimamente el emisor.

La necesidad de pertenencia suele pesar más que la de la realización personal. El resultado es el mismo que el de poner la carreta por delante de los bueyes.

El ajuste a la baja de las expectativas debe ser consecuencia de una valoración real del potencial propio, no una manera de eludir el desencanto por si no se alcanzan.

Resulta curiosa la confusión entre voluntad y disciplina. Cuando alguien dice que no tiene voluntad para alguna cosa, en realidad está diciendo que no quiere hacerla.

Valorar una parte no debe llevarnos a valorar el todo. Como decía Oscar Wilde, que un hombre tenga la costumbre de envenenar no dice nada contra su prosa.

A la hora de hacer valoraciones, vale la pena hacer un paréntesis en el ejercicio habitual del razonamiento motivado y poner en práctica el rigor. Más laborioso, pero de mejores resultados.

Lo único que perfecciona el perfeccionismo es la parálisis.

Dicen que el tiempo te ayuda a mejorar. Maticemos: el tiempo y lo que decidas hacer con él.

Frente la evidencia, uno puede hacer juegos malabares para intentar justificarse o actuar con honestidad y aceptar su error. Es esa la decisión que le define.

Qué incómodo debe ser sentirse obligado a aplaudir en público lo que íntimamente te produce bochorno. Y todo porque lo han hecho «los tuyos».

Hacer tabla rasa o desarrollar el criterio selectivo son las dos opciones clave y con mayores consecuencias a nivel individual y colectivo.

No hay que tener miedo de aceptar la realidad; lo peligroso son las consecuencias de negarla.

Oponerse a unas ideas no significa huir de ellas. Conviene verificar si uno no está haciendo lo mismo que reprocha.

Veo tres fases en la evolución hacia una comunicación eficaz: necesidad de imponer un criterio, desaparición de esa necesidad y aparición de la necesidad de no imponerlo. La tercera es una versión mejorada de la segunda.

Unos piensan que solo su objetivo es válido y que cualquier medio para alcanzarlo es legítimo. Otros creen que hay muchas opciones válidas pero que no todos los medios valen. Los segundos son mayoría, pero silenciosa.

El insulto solo sirve para el desahogo del mensajero, que se convierte, de esta manera, en el verdadero destinatario del mensaje.

No es habitual que alguien deje de opinar de algo argumentando que no tiene los conocimientos adecuados para ello. La ignorancia -de la que todos somos grandes portadores- se sigue percibiendo como una lacra inconcebible de reconocer.

Es desconcertante la perplejidad que muestran los que quieren imponer su opinión cuando constatan que los demás quieren hacer lo mismo.

El mundo no se divide entre quienes tiene imaginación y quienes no la tienen, sino entre quienes la usan y quienes no.

Ante de confeccionar su hoja de ruta, uno debe contestar la pregunta: ¿Quiero alimentar mi ego o mi vida?

La satisfacción tribal que produce el acatamiento a una doctrina se queda corta frente a la decepción que genera no ser fiel al propio pensamiento.

La vida es un proceso constante de toma de decisiones, y dejar las tuyas en manos ajenas es una de ellas.

La experiencia me dice que si quieres iniciar un proyecto debes tomar la iniciativa y ponerlo en marcha tú mismo. Los demás son más proclives a subirse a un carro que ya camina que a tirar de él desde el principio.

Una actitud de permanente suspicacia, en lugar de otorgar un pretendido estatus de sabiduría, manifiesta inestabilidad emocional.

Aprovechándose de la creencia popular que dice «Cuando el río suena, agua lleva», los manipuladores se dedican a hacer sonar cualquier río que les beneficie, aun a sabiendas de que van secos.

Me apasiona el crecimiento personal, el propio y el ajeno.

Aunque hay días en que a uno no le apetezca tomar nada, hay dos cosas que le convendría seguir tomando: iniciativa y decisiones.

Para desenmascarar a un fanático no hay más que cambiar de tema. A los pocos segundos volverá a hablar de lo único que le interesa.

Los defectos y carencias son habituales compañeros de ruta, pero si sustituimos la resignación por una determinación de mejora obtendremos un saldo globalmente positivo.

La tabla rasa elimina tanto la paja como el grano.

En el conflicto hay dos actitudes determinantes: eliminarse mutuamente o afrontar el miedo a la diferencia.

Alerta con los que se cierran a la posibilidad de estar equivocados. Con esa cerrazón están manifestando su convencimiento de que lo están.

Conviene que hagamos una sincera y profunda reflexión sobre la razón por la cual consideramos que nuestra opinión es inamovible.

La vida es una constante sucesión de cambios y nuestra mayor aspiración debería consistir en protagonizar la mayoría de ellos.

Negar que se tiene imaginación no es más que una declaración de que no se tiene la más mínima intención de usarla.

No es por sí solo su carácter tradicional en un caso o novedoso en el otro lo que certifica la validez a una idea.

La libertad de pensamiento, la que nadie nos puede quitar, se suele oxidar por falta de uso. Curiosa renuncia.

Estamos más dispuestos a creer en nuestra fuerza que a ponernos en situación de demostrarla.

Tan importante como el talento es la capacidad para aplicarlo en la gestión de un problema concreto.

Quien no encuentra más que virtudes en su ideología y defectos en las otras, íntimamente es consciente de que ha engrosado las nutridas filas del sectarismo.

El sectario entiende la pluralidad como el hecho de que haya muchas, muchísimas personas que estén de acuerdo con él.

Una observación aguda de la realidad no hará innecesarias tus preguntas, pero contribuirá a que sean más precisas y de mayor calidad.

Una de las cosas que ayuda al autoconocimiento es la identificación de aquello que nos irrita en los otros.

¿Hasta dónde tienen que llegar las palabras y los actos de los líderes para que sus adeptos reaccionen con algún tipo de autocrítica?

Si la mentira favorece, la verdad queda arrinconada sin el más mínimo pudor.

El reto más importante en la gestión de muchos conflictos está en que las partes logren superar su reticencia a aceptar un resultado de superior calidad a la de sus planteamientos iniciales.

Tengo la impresión de que las reflexiones sobre la validez de las ideas u opiniones suelen ser percibidas como dirigidas únicamente a los que piensan diferente de quien las lee.

El tiempo pasa muy deprisa y vale la pena aprovecharlo antes de que tome la decisión de desbocarse.

La mentira va perdiendo su estatus pernicioso. Otrora ejemplo de vileza, cada vez tiene más partidarios que la aceptan sin pudor si con ella consiguen sus objetivos.

A lo largo de la Historia se ha utilizado la práctica de mentir el suficiente número de veces para que una mentira sea creíble. Ahora no es que se crea a la primera, es que la mentira se considera aceptable.

Tanto el fracaso como el éxito precisan de una profunda reflexión sobre sus causas. En caso contrario, uno se quedará perplejo e inerme si se repite el primero o si no lo hace el segundo.

No aceptar la propia vulnerabilidad, ocultándola bajo una supuesta superioridad moral y exhibir la consecuente indignación, ralentiza la gestión del conflicto.

Cuando se les pregunta «¿Qué piensas de esto?», tengo la impresión de que muchas personas, antes de contestar, se ponen a buscar el manual de instrucciones.

¿Será algún día posible que se entienda que lo que a mí no me gusta, por ese mero hecho, no tiene por qué ser injusto, y viceversa?

Identificar los cambios a realizar para que lo que va mal vaya bien y lo que va bien continúe bien o incluso mejore. Pragmatismo e inteligencia frente a tabla rasa. 

La formación no debe verse como una vía de crecimiento únicamente profesional, sino también personal. Vivimos más allá del trabajo.

Me niego a aceptar que tenga que escoger entre dos opciones, que además están en lugares diametralmente opuestos. Pongamos en práctica nuestra creatividad.

A ver cuándo se empieza a tener la valentía y honestidad para poner encima de la mesa, cuando se propone una opción, tanto la parte positiva de nuestros argumentos como la negativa.

La inmensa mayoría de seres humanos solo considera aceptable lo que le gusta. Y seres humanos hay unos cuantos.

Jugar a lo seguro solo asegura el estancamiento.

El objetivo no es estar de acuerdo. El objetivo es poder convivir a pesar de no estar de acuerdo.

Sería deseable que hubiera una concordancia entre cómo somos realmente y cómo nos gustaría que nos vieran.

La discrepancia es un factor impagable de aprendizaje.

Algunos dicen que hay que centrarse en lo que nos une. Aunque eso hay que cuidarlo, creo que donde nos debemos emplear a fondo es en la gestión eficaz de lo que nos separa.

Confundir estar de acuerdo en todo con congeniar fomenta la soledad.

Cuando alguien tiene una opinión diferente, resulta que además es fascista, mal profesional, cutre, imbécil, falso y muchas otras cosas. Por lo visto, la discrepancia es un defecto que va muy bien acompañado.

El objetivo de una buena negociación debería ser conseguir una mejor situación para todas las partes implicadas, y no dedicarse a dar lecciones a los demás.

El punto de encuentro puede estar tanto en las palabras como en el silencio que se produce entre ellas.

La absoluta ausencia de autocrítica devalúa o deja bajo sospecha cualquier crítica hacia los demás.

Negarse a hacer autocrítica es una manera muy eficaz de perder oportunidades.

Quien te exige que decidas entre dos opciones merece que le preguntes qué necesidad es la que le impulsa a ser tan limitativo.

Vivir obsesionado con la comparación equivale a dejar tu nivel de satisfacción en manos ajenas.

El miedo no es fruto de una decisión personal. Afrontarlo, sí.

Aunque no se pueda sentir como el otro, sí se puede entender que sienta de una determinada manera.

Un buen acuerdo es una victoria colectiva, no una claudicación individual.

Por lo visto, no hay nada que cohesione más a un grupo que la existencia de un enemigo exterior. Los líderes harán cualquier cosa que no les falte uno en ningún momento.

Si uno no se ocupa de sí mismo no podrá estar en condiciones de ayudar a los demás. No confundamos autoestima con egoísmo.

Si el objetivo es tener razón, los caminos que uno está dispuesto a tomar para alcanzarlo no serán probablemente de la mejor calidad.

Uno debe ser crítico con todas las opiniones, pero de forma particular con la propia pues es la que mejor conoce.

La exigencia expresada con el consabido «Mójate» implica que o bien te pliegues total e incondicionalmente a la opinión del demandante o te posiciones de manera diametralmente opuesta. No te admitirá más opciones.

La extrapolación es una de las tentaciones más difíciles de resistir, pero debemos hacer un esfuerzo para seguir confiando en los demás a pesar de que nos haya fallado alguien.

Las circunstancias están ahí y cumplen su cometido, pero no les otorguemos más responsabilidad de la que tienen. 

Un error no es más que una invitación a un posterior intento.

Las limitaciones deberían interpretarse como estímulos para la creatividad en la búsqueda de otras vías.

Nuestro nivel de autoestima se pone a prueba con nuestra reacción ante una buena idea ajena.

En una competición, saber minimizar la expresión del talento del rival forma parte del talento propio.

No puedo pretender ofrecer mi mejor versión si no me conozco bien.

Si no me siento comprendido por alguien, intentaré comprender a esa persona, a ver si entre los dos comprendemos.

El sectario intentará convencer al mundo de dos cosas: que únicamente su solución es válida y que cualquier camino que lleve hasta ella es legítimo.

La creencia de que el nivel de calidad de una opinión es directamente proporcional al número de personas que la comparten es uno de los sustentos de la manipulación.

El verdadero problema no es la existencia de un problema en sí, sino la negativa a buscar soluciones.

Por muy realistas que sean nuestras expectativas, la falta de constancia en la persecución de nuestro sueño nos garantizará la frustración.

No siempre hay que esperar que nos den motivos; nos los podemos crear.

Muchas personas se levantan cada la mañana con una duda existencial: ¿A quién le voy a echar la culpa de mis frustraciones hoy: a los demás o a la mala suerte?

Si queremos que se perpetúen los problemas, no tenemos más que esperar a una mejor ocasión para afrontarlos.

El camino se allana para aquél que conoce cuáles son sus necesidades y dónde se originan.

Hay dos vías para entender nuestras emociones: buscar de entrada en nosotros mismos o llegar a la misma conclusión por agotamiento, después de haber buscado en vano las causas externas.

Los verdaderos problemas tardan en resolverse porque se le dedica demasiado tiempo y energía a los simples inconvenientes.

El enemigo más duro de combatir en las reuniones es el afán de protagonismo.

Ojalá llegue el día en que seamos tan eficaces resolviendo problemas como lo somos creándolos.

A primera hora de la mañana me asalta siempre la misma pregunta: ¿Cuál va a ser el impacto de mis decisiones en el devenir del día?

Lo complicado en la resolución de conflictos se produce cuando las partes actúan en sentido contrario al idóneo: parten de su conclusión preferida y solo aceptan los argumentos que la apoyan.

Ejerce mucha más atracción el mero protagonismo que la calidad de este.

La comunicación eficaz requiere adecuar el mensaje a cada interlocutor. Por esa razón, en las redes sociales hay un alto riesgo de no lograrlo en multitud de ocasiones.

¿Qué ultraje han cometido tus hijos contra ti para que te vengues de ellos sobreprotegiéndolos?

La vida es un compendio de amenazas y oportunidades, muchas veces contenidas las unas en las otras. Saber distinguirlas determinará nuestra manera de vivir.

Los hábitos generan tendencia. Aunque solo fuera por esa razón, vale la pena preservar su calidad.

El día de tu cumpleaños es una buena ocasión para compararte con la persona que fuiste en el pasado, no con los demás.

El objetivo de las frustraciones no es humillarnos sino hacernos madurar.

La demonización del adversario lleva no solo a juzgar sus actos sino a estigmatizar a la persona. Quien cae en esta trampa dilapida su credibilidad.

Si entendemos el mundo como un terreno de competición, las probabilidades de que el resultado de los conflictos sean de suma cero son enormes.

No hay nada más deshonesto, demagógico e ineficiente que abordar un conflicto en clave maniqueísta, reduciendo la verdad a dos opciones.

Ser más lleva implícito ser mejor.

La pretendida superioridad moral es una trampa para responsabilizar al otro de cualquier asunto en conflicto. La trampa opuesta es la de ceder por sistema a la tentación de asumir parte de la responsabilidad, aunque no haya una base real.

En la fase inicial de un conflicto es habitual optar bien por la huida bien por el ataque frontal, sin haber analizado la mejor alternativa a una negociación.

La experiencia te ayuda a distinguir un consejo de que no intentes algo, de un terror a que lo consigas.

La confrontación de ideas no debería tener como objetivo resistir o convencer, sino aprender.

Existe la creencia de que reconocer a la otra parte en conflicto es rendirse, cuando en realidad es uno de los requisitos para resolverlo. 

Lo importante no es perder el miedo sino superarlo.

Con la madurez uno aprende a relativizar, empezando por la opinión ajena.

El tribalismo nos hace identificarnos con el grupo, al que solo le vemos virtudes; los defectos se los dejamos a los otros.

El autoconocimiento evita tanto la ignorancia sobre nuestra incompetencia como sobre nuestra competencia, situaciones propias del Efecto Dunning-Kruger.

Suelen coincidir en un mismo entorno -social, político, familiar- los que necesitan que les den siempre la razón con los que necesitan no darla nunca.

Una de las cosas más tristes que puede hace el ser humano es externalizar sus opiniones.

Demasiado a menudo se desperdicia la oportunidad de aprender de las victorias.

Frente a un agravio, uno puede reaccionar con victimismo o con inteligencia; aunque la segunda opción no implica el olvido del agravio.

La voluntad de cambiar no tiene nada que ver con la expresión del deseo de hacerlo, sino con la predisposición a poner en práctica los actos que el cambio requiere.

Te intentarán hacer creer, desde diversas posiciones, que la libertad y la democracia son incompatibles con opiniones diferentes a las de quienes te lo dicen. Ahí entra tu criterio.

El potencial general es tan alto, que la mediocridad solo es debida, en la mayoría de los casos, a un bajo autoconocimiento o a una irresistible vocación.

Tu mejor versión está siempre a la espera de que le des permiso para hacer su entrada en escena.

El nivel de autoestima es inversamente proporcional a la necesidad obsesiva de reconocimiento. 

De una u otra manera el cambio acaba por llegar. Vale la pena trabajar para que la parte de responsabilidad personal en él sea importante y de la mejor calidad.

La resistencia al cambio es algo que no tiene sentido. Otra cosa es la resistencia a cambiar.

Uno puede especular sobre cómo sería su vida sin las supuestamente erróneas decisiones pasadas. Pero son precisamente ellas las que le han permitido crecer.

Hay momentos en los que uno se siente fuertemente tentado de tomar una indecisión.

Si haces lo que te da miedo, es posible que sigas teniendo miedo, pero ya no eres un cobarde.

Una persona con un alto nivel de asertividad nunca cae en la tentación de matar al mensajero.

Decía Henry David Thoreau que el arte más sublime es el de saber influir en la calidad de tu día. Cierto, aunque para llegar a ser capaz de eso hay que haber trabajado unas cuantas cosas antes.

Las personas que más admiro son aquellas que luchan en entornos difíciles. Y entre estos incluyo una infancia aséptica.

Tenemos tendencia a quejarnos de un mal día, sin darnos cuenta de que muchas veces eso no es más que el pistoletazo de salida de una buena vida.

Uno de los conceptos más potentes que conozco es el de considerar a los demás como personas. Quien lo logra es incapaz de cualquier acto de abuso, menosprecio o daño.

Existe la nefasta creencia de que cualquier cambio mejora una situación deficiente. La verdad es que es fundamental asegurarse de la calidad de la nueva opción. Tan fácil de comprender como insólito en la práctica.

Los que se obsesionan con la gloria se suelen conformar con la fama.

Dichoso el que tiene tanta capacidad de desaprender como de aprender.

El gran error en cualquier disciplina o ámbito es considerar que lo tradicional y lo nuevo son, por definición, incompatibles.

La distancia existente entre el deseo de hacer algo y la puesta en práctica de lo necesario para conseguirlo es inversamente proporcional a la determinación real del individuo.

Muchos mensajes no se entienden bien por el mero hecho de que el verdadero destinatario es su propio emisor.

La práctica nos revela que la tentación más difícil de resistir es la de castigar al responsable -a menudo sin haberlo aún identificado- antes de afrontar y resolver el problema.

Somos nuestros mejores valedores y nuestros peores enemigos. El mayor impacto sobre nosotros mismos no viene desde fuera.

La lista de reproches hacia los demás suele guardar un asombroso parecido con los defectos propios.

Me gusta la idea de trabajar para poder pasar un testigo de calidad.

No ser sincero con los demás tiene las mismas consecuencias que no serlo con uno mismo; se te queda el mismo sabor de boca que cuando haces trampas jugando al solitario.

Un excelente ejercicio de autoconocimiento es intentar identificar las razones por las que somos sistemáticamente escépticos con respecto a ciertas situaciones.

En la interpretación de los hechos, las necesidades insatisfechas son las que acaban por inclinar la balanza.

Una muestra de madurez es pasar de la crítica feroz cuando no se entiende algo, a simplemente preguntar. Los automatismos nos definen.

A veces parece que la única aportación a la gestión de un conflicto es el mero lamento por el hecho de que éste haya surgido.

La dificultad no está en que una idea ajena nos convenza, sino en la disposición a reconocerlo abiertamente.

Tengo la impresión de que no somos lo suficientemente agradecidos a dos de nuestros mejores maestros: nuestro pasado y las personas que nos detestan.

El cuestionamiento de tu forma de actuar puede generarte irritación o curiosidad. Un buen ejercicio para calibrar tu autoestima.

El autoconocimiento es el arma más potente para combatir el perfeccionismo obsesivo.

Define a una persona la decisión que tome en el momento en que surge un conflicto: la resolución del mismo o la aniquilación de la otra parte.

Es mucho más fácil y tentador desear el reconocimiento que darlo.

En el debate te hace crecer más estar abierto a lo que desafía tu opinión que buscar la tranquilidad de lo que la reconforta.

Si te gusta irritar, sermonea; si te gusta la eficacia, da ejemplo. Todo es cuestión de gustos.

La sistemática actitud escéptica ahorra esfuerzos intelectuales.

Sería deseable no caer en la tentadora costumbre de calificar automáticamente como perversa una opinión por el mero hecho de no coincidir con la propia.

Generalmente solo te advierten de que te prepares para un cambio a peor, pero los cambios son muchas veces para mejorar.

Hace unos días solicité un favor y hoy me ha llegado una auténtica joya. No dejemos pasar por alto esas muestras de calidad personal.

La gran diferencia entre las personas no está en su potencial, sino en lo que están dispuestos a ofrecer.

Esas cinco letras que separan lo ordinario de lo extraordinario no son tan difíciles de escribir como nos empeñamos en creer.

Intentemos ser fuente de inspiración y viviremos rodeados de personas que nos inspiran, en un continuo festival de retroalimentación.

Las emociones pueden contribuir a iluminar el juicio o a nublarlo. Por eso es tan importante saber identificarlas.

El miedo a contrariar tiene nefastas consecuencias tanto para el que lo sufre como para el que lo produce.

La fórmula más habitual para eludir tus responsabilidades es ofrecerte a hacer cosas que no son de tu competencia.

El error es algo propio, pero es de agradecer que se ponga a disposición ajena.

Cuando el pasado es solo fuente de dolor (nostalgia), es que no hemos sabido encontrarle su función de trampolín.

No es que el camino hacia uno mismo sea más o menos largo; es que es una de las maneras de denominar a la vida.

Los errores por omisión son como los otros, pero con un componente adicional de arrepentimiento.

Nuestra vida es el compendio de las decisiones que tomamos, las que dejamos de tomar y las que permitimos que tomen por nosotros.

Muchos tienen la capacidad de hacer; unos cuantos son conscientes de ello; pero pocos son los que finalmente lo hacen.

La necesidad de adaptar la realidad al gusto propio requiere ser enormemente creativo con el pasado.

El debate, lejos de una batalla de imposiciones, debería ser una invitación a abrazar la duda.

La indignación y el victimismo no certifican estar en lo cierto.

Las percepciones impactan como la realidad, pues son la realidad para alguien.

Las circunstancias nos pueden igualar, pero nuestra reacción ante ellas nos hace singulares.

La vara de medir solo debería utilizarse con uno mismo.

La vida da un cambio radical en el momento en que tomas conciencia y reconoces que has sido siempre tu principal obstáculo.

La mejor protección es enseñarles a protegerse para cuando tú no estés allí para protegerles.

Aquellas personas que para justificar su presente necesitan reconstruir el pasado, no me parecen legitimadas para liderar el futuro.

La clave no es determinar si hay que pactar o no, sino saber identificar en qué circunstancias conviene hacerlo y en cuáles no.

Siento un enorme agradecimiento a las personas que han supuesto un obstáculo en mi vida -empezando por mí mismo-, por las lecciones que me han permitido aprender.

Para mí el sentido del humor es imprescindible para vivir. A pesar de ello, soy consciente de que cada uno tiene el suyo propio.

La opinión que requiere el constante descrédito de la ajena no merece ser calificada como tal y sus efectos únicamente impactan en las filas de los incondicionales.

Una reflexión útil es aquella que actúa como un preámbulo que invita al lector a finalizar la suya.

El desafío inteligente es el mejor halago.

Quien se muestra reacio a abrir su mente padece en cualquier circunstancia la esclavitud de sus prejuicios.

La buena crítica está tan alejada del papanatismo incondicional como del repudio sistemático.

Hay una invitación irrechazable: la que recibes para reflexionar.

Conocer y practicar la diferencia entre cuestionar y destruir sistemáticamente, es saludable para la mente y el espíritu.

A los momentos de mayor vulnerabilidad les debemos la afloración de nuestra verdadera esencia.

La mejor versión de uno mismo no puede alcanzarse si no es vocacional.

Incluso aunque no llegue a alcanzarse por completo la excelencia, debemos intentar que la trayectoria vital mantenga una tendencia ascendente.

La mirada fresca, inteligente e imparcial de un tercero puede contribuir de manera decisiva al desbloqueo y resolución de un conflicto.

¿Nos gusta convencer a los demás o simplemente lo necesitamos?

Una idea no es mala por el mero hecho de que sacuda mis cimientos, ni buena por el mero hecho de que me guste.

La indignación como arma de debate tan solo logra consolidar el problema.

Hay dos momentos clave en la vida: cuando descubres quién eres y cuando identificas aquello de lo que eres capaz.

Leer entre líneas es fundamental para verificar si el deseo de resolver un conflicto no es en realidad una llamada a perpetuarlo.

¿Qué sentido tiene aconsejar a alguien que olvide algo, cuando el olvido -contrariamente al perdón- no es un acto voluntario?

Para la mayoría de personas, el lamento es la parte fija, y el motivo, la variable.

Difícilmente se puede abordar un sólido cambio personal antes de haber identificado la totalidad de las necesidades insatisfechas.

Un compromiso requiere ceder en algunos aspectos. Una vez alcanzado, no vale reivindicar lo cedido para lograr el 100% de lo deseado inicialmente. Vale la pena recordar cuál era la alternativa a no negociar.

No se trata de intentar recuperar el pasado que consideramos haber desperdiciado, sino de aprovecharlo para que juegue a nuestro favor.

Me pregunto si hay una relación entre nuestro nivel de crecimiento personal y el de la calidad de nuestras necesidades.

A primera hora de la mañana vale la pena dedicar un momento a reflexionar si las instrucciones para nuestra forma de vivir el día de hoy han sido dictadas desde del exterior o por nosotros mismos.

Es nefasto catalogar a la realidad como un inconveniente en lugar de considerarla una circunstancia.

Dicen que los hechos son tozudos, pero cada uno es tremendamente generoso interpretándolos.

Se puede insistir hasta la saciedad en la búsqueda de la opinión de los demás, pero nadie está mejor posicionado para reconocer su propia valía que uno mismo.

¿En qué consiste concretamente el respeto a la opinión diferente? Porque una cosa es respetar el derecho a expresarla y otra que la opinión en sí te merezca respeto.

Demasiado a menudo el simple deseo de ser se ve eclipsado por la necesidad de “ser visto como”.

Un planteamiento que se desentienda de las necesidades de alguna de las partes en conflicto no hará más que ir desplazando el problema de un lugar a otro, alejándolo de su resolución.

Para afrontar eficazmente el día vale la pena tomar dos cosas: un café y la iniciativa.

Dado que tener razón está en la cúspide de la escala de valores, no hay nada más peligroso que un agorero con poder para que su profecía se cumpla.

Hay tantas situaciones y opiniones diferentes, que si solo consideramos como válidas las propias la convivencia se torna poco menos que imposible.

¿Cuál es la clave que marca la diferencia entre los pocos que investigan en profundidad los asuntos y los muchos que se conforman con navegar por la superficie?

El riesgo de un consejo es que tenga, en contraposición a una sugerencia, un cierto regusto de superioridad moral.

Para sacar el mayor rendimiento a un diario personal, tan importante es anotar los hechos como identificar los sentimientos que estos nos generan.

Los esfuerzos puntuales solo permiten aspirar a éxitos efímeros.

La cosa se pone interesante el día en que tomas consciencia de que los que triunfan no están tocados por una varita mágica.

Sería de agradecer que la buena comunicación circulara entre las personas con la misma facilidad y fluidez con la que circulan las culpas que nos arrojamos.

Nos cuesta gestionar conflictos porque nos sentimos encorsetados entre el blanco y el negro y nos olvidamos de la paleta de colores.

Uno debe dedicar su energía únicamente a las cosas que puede controlar, lo que no excluye el intento de incrementar su número.

La aceptación deja la puerta abierta a la esperanza; la resignación, no.

La felicidad como ausencia permanente de problemas es un objetivo absurdo. La clave está en aprender a saborearla en pequeñas dosis.

Crecer implica reordenar la importancia que se le atribuye a las cosas.

Expresar tus dudas pone de manifiesto tu confianza; aparentar que no las tienes, tu inseguridad.

No deberíamos prestar atención, sino ofrecerla incondicionalmente.

El día en que no reacciones de manera automáticamente hostil a un cuestionamiento, alégrate: habrás dado un salto de gran calidad.

Es un regalo mucho más valioso enseñarle a alguien a explorar el camino hacia el objetivo que ofrecerle el acceso gratuito al mismo.

Durante años creí que el éxito estaba predestinado a ciertas personas, agraciadas por el aleatorio toque de una varita mágica. La acumulación de contratiempos, y mi reacción frente a ellos, me persuadieron de mi error. Observo las situaciones, las analizo y las comparto.

El vértigo inicial que produce ser consciente de tu potencial se cura confirmándolo en la práctica.

Cuanto más te conoces, mayores son tus probabilidades de contribuir positivamente a la calidad del día.

La falta de visión panorámica del conflicto reduce drásticamente las probabilidades de proponer soluciones creativas.

Alguna vez se puede ganar sin luchar, lo que no implica que haya que sacar la conclusión de que para ganar la lucha es inútil.

Creer que se tiene la razón no legitima cualquier acción.

Para que una sugerencia sea eficaz debe dejar la puerta abierta para que el destinatario la concluya.

El cambio personal no debe incluir la supresión de la propia esencia, sino únicamente la de los obstáculos que le impiden manifestarse.

El ser humano cree que necesita una cosa y la contraria al mismo tiempo. ¿Será que lo que realmente necesita es necesitar?

Es una lástima que por el placer de ahorrarse un esfuerzo, el mundo se quede sin la expresión del talento de tanta gente.

Tal vez el miedo más higiénico de superar sea el de expresar de forma sincera una opinión contraria a la que se espera de ti.

En una negociación pocas cosas son tan cambiantes como una posición calificada de antemano como inamovible.

Me sentiría como un desperdicio humano si me dedicase, de manera incondicional y sistemática, a alabar las ideas afines y a demonizar las otras.

Las experiencias son más útiles como materia de aprendizaje que como escenario de vanagloria o lamento.

El miedo a la reacción ajena hace aflorar nuestra versión más mediocre.

El viaje hacia el interior de uno mismo es, por encima de otras muchas cosas, apasionante.

La observación confirma que, para una misma persona, la necesidad de dar lecciones suele ser incompatible con la disposición a recibirlas.

Lo que cuenta es la calidad del saldo resultante entre los conocimientos adquiridos y el lastre arrojado.

El día en que uno se convierte por fin en su mayor retador, su vida se pone muy interesante.

Me parece estimulante esa sensación de que todo lo vivido hasta ahora ha sigo un calentamiento previo y que el verdadero partido empieza ahora.

Me parece sorprendente la tan habitual percepción del cuestionamiento como agresión. Es la conformidad inalterable lo que debería preocuparnos.

Una de las tareas más productivas e inteligentes es la de convertir una crítica en un nutriente.

Debemos agradecimiento a todas las personas que de alguna manera han influido en nuestra vida, y a nosotros mismos si hemos sabido digerir esa influencia.

Dado que el autoconocimiento depara sorpresas, la mayoría de ellas muy agradables, uno se pregunta por qué razón no empezó antes el proceso.

No hay nada tan inestable como el objetivo de un perfeccionista.

Una lucha que vale la pena es la que tiene como objetivo descartar el rechazo automático hacia lo que no comprendemos.

¿Es únicamente el contenido de un escrito el que determina que la reacción del lector sea visceral o por el contrario reflexiva?

Las actitudes destructivas o creativas en el debate nos desvelan el interés de cada uno en la resolución del conflicto.

El camino espinoso no se atraviesa con maldiciones, sino creando lazos de amistad con las espinas.

La capacidad de adaptación y la flexibilidad son manifestaciones de inteligencia para vivir.

La falta de escrúpulos al escoger el camino hacia un objetivo que se considera legítimo, lo convierte en imposible o, en el mejor de los casos, lo aleja en el tiempo.

Toda utilización de una supuesta superioridad moral, unida a una imperiosa necesidad de dar lecciones, desvirtúa cualquier debate y lo convierte en inútil.

Una tercera persona puede ayudarte a resolver un conflicto, pero no te hará ningún favor si lo resuelve ella sola por ti.

No debemos obsesionarnos con entender a otros o que otros nos entiendan. Lo que debemos evitar es que esa falta de entendimiento sea un problema.

Uno puede elegir la vía de la creatividad o la de la destrucción. Los que eligen la segunda ni siquiera son creativos a la hora de destruir.

La honestidad no está en lo que uno piensa sino en lo que está dispuesto a hacer para que su opinión prevalezca.

Si no esperas nada de los demás, nadie te decepcionará excepto tú mismo por haber escogido una vida triste y sin riesgo.

Uno se pasa la vida como un funámbulo sobre la delgada línea que separa el cuidado de uno mismo del egocentrismo.

Llamémosle como más nos guste: reset, reinicio, refresco o puesta al día, pero no olvidemos que es sin duda una de las tareas cotidiana más provechosas.

Hay dos momentos que marcan una vida: el descubrimiento del propio potencial y la decisión sobre qué se va a hacer con él.

Atreverse a preguntar ayuda a recortar la distancia entre la suposición y la verdad.

Ante un reto, el problema inicial no está en las opciones de lograrlo, sino en otorgar a la imposibilidad la primera respuesta automática.

La libertad sirve para interpretar con honestidad los hechos, no para negarlos.

Quien no reconoce y supera su sesgo, no es libre.

Lo que estemos dispuestos a creer dice mucho sobre lo que pensamos de nosotros mismos.

Una de las mayores pruebas de valentía consiste en modificar nuestra conducta en caso de disonancia cognitiva.

Un alto nivel de autoestima te inmuniza contra la espiral del silencio.

El valor tanto de discrepancias como de adhesiones es directamente proporcional al nivel de calidad de su argumentación.

No sabemos por qué estamos aquí. Podemos darle vueltas al tema o aprovechar el viaje.

Como el niño que interrumpe su clase de violín para comprobar que sus canicas siguen en su bolsillo, no debemos perder nunca de vista lo que realmente nos mueve en la vida.

Necesito que me ayudes a levantarme, no que me levantes. En el segundo caso no aprendo nada.

Cuando afrontamos una nueva información, podemos analizarla para su evaluación o dejar sin más que se dé de bruces contra nuestras creencias.

Un líder debe alentar a sus seguidores después de verificar la viabilidad de un proyecto. No antes.

Permitir que tu mente sea cautiva equivale a presentar la dimisión como persona.

Cuando las cosas van bien es imperativo estar alerta e identificar los ajustes necesarios para que sigan yendo bien o incluso mejor. Lo mismo hay que hacer cuando van mal.

La legitimidad de un objetivo no conlleva la de cualquier medio para lograrlo.

Una cosa es ignorar si alguien ha cumplido con su obligación y otra es ponerlo en duda. Parece que lo segundo produce más satisfacción.

Permitir que alguien se erija en portavoz de mis ideas tiene el riesgo de que no las sepa interpretar; pero tiene otro más importante: que yo no reaccione ante ese hecho.

Probablemente sea mucho más inamovible el rechazo a expresar públicamente un cambio de opinión que la opinión en sí.

Para conocer los defectos de las personas basta con prestar atención a aquello que recriminan a los demás.

Recoger los remos y dejarse llevar por la corriente harán el viaje menos trabajoso, pero las probabilidades de llegar a la meta deseada serán escasas.

Hagamos lo que tenemos que hacer y, cuando hayamos acabado, ya pensaremos en las excusas que podríamos haber utilizado para no actuar.

Solo puede alegar mala suerte quien ha agotado todos las recursos que están bajo su control. Y de eso siempre queda la duda.

No esperemos que el cambio deseado se produzca de una forma tan rápida como súbita pueda ser la decisión de afrontarlo.

En ciertos ámbitos, el aluvión sistemático de motivos para desechar un proyecto gana por aplastamiento no solo a la opinión contraria sino a la mera disposición al análisis.

Los que confunden humildad con sumisión son las víctimas propicias de los que confunden autoestima con arrogancia.

Aprender a discrepar ayuda a gestionar un conflicto.

Es complicada la gestión de un conflicto cuando su mera existencia beneficia enormemente a alguien que está manipulando a alguna de las partes desde la retaguardia.

Generalmente la autocrítica no se rechaza; simplemente ni se plantea.

Podemos observar en muchas interacciones humanas cómo una de las partes adopta tanto el rol de fiscal como el de juez; la otra es un mero receptor. Y la responsabilidad es compartida.

La consecución de un objetivo pasa por la calidad del trayecto. Escoger un camino por su mera apariencia de facilidad y rapidez te puede enviar de vuelta a la casilla de salida.

Quien se obsesiona por barrer la casa ajena no suele tener la suya en buen estado de revista.

La gestión del conflicto es el arte de saber lidiar con la necesidad que tiene las partes implicadas de que les den tener la razón y de no darla a los demás.

Para estar en condiciones de gestionar eficazmente un conflicto no es necesario renunciar a convicciones o emociones, sino ser capaz de no ser esclavo de ellas.

No estamos en condiciones de resolver todos los problemas, pero sí de contribuir a la resolución de alguno de ellos. Lo que ya es mucho.

Quien extrae siempre únicamente las conclusiones que más le gustan, en realidad no está extrayendo conclusiones; está manteniendo una inamovible postura adoptada de antemano.

Hay pocos ejemplos de personas o instituciones que aprovechen la victoria en un litigio para resolver el conflicto.

El adoctrinamiento tiene como objetivo anular el criterio selectivo, lo que solo puede funcionar con el consentimiento del destinatario.

“Lo que nosotros pensamos es la panacea y lo que piensan los otros es nefasto”. Y eso no es lo peor; lo peor es la aceptación de la audiencia.

Difícilmente seremos conscientes de nuestro talento si, ante retos de un cierto calibre, nos negamos de entrada la oportunidad de ponernos a prueba.

Incluso en algunos casos reconocido sin el menor pudor, estamos asistiendo a la normalización de la mentira como herramienta legítima para la obtención de los resultados deseados.

Muchas personas no ponen de manifiesto un mejor nivel de calidad por la simple razón de que ignoran que lo poseen.

¿Puede uno ser feliz sin ser consciente de ello? Tema de reflexión.

Preparación, inteligencia, responsabilidad, mente abierta y creatividad son cualidades que se requieren para gestionar conflictos. Y, en general, para vivir.

El cambio siempre produce una cierta incomodidad, pero de una magnitud infinitamente menor a a la que uno siente si prosigue su vida sin atreverse a acometerlo.

Si el estado de bienestar actúa como factor inhibidor del aprendizaje, es que quien lo disfruta no lo sabe digerir. No demonicemos al instrumento.

Una de las principales tareas del líder es la de mantener el nivel de hambre y ambición del grupo.

La pobreza de argumentos nos lleva a vivir en el mundo de la comparación y a no aspirar a ser más que un mal menor.

Es curioso ese fenómeno de desear ser engañado con tal de que lo que se oiga sea grato al oído.

Los ojos de tu interlocutor te dirán si tu propuesta le suscita curiosidad o si ya ha puesto inmediatamente en marcha la maquinaria de búsqueda de razones para rechazarla.

Si se dedica más tiempo a valorar las propuestas ajenas que a explicar las propias, estas serán probablemente pobres y en todo caso condicionadas.

Las frases que empiezan con “Nadie podrá negar…” suelen continuar con una explicación que curiosamente favorece a la opinión de quien habla.

Que cada uno reflexione para identificar la necesidad insatisfecha que, a la hora de valorar situaciones, le empuja a otorgar más valor a sus deseos y emociones que a la evidencia.

Si te pescas en un renuncio, agradécetelo. Es señal de que te estás observando.

Ponerse el listón más bajo que lo que corresponde a tu capacidad tiene el inconveniente de que, sea cual sea el resultado, jamás te sentirás satisfecho.

No es lo mismo tener una convicción real que necesitar tenerla y en consecuencia afiliarse a una causa.

Unos tienen un cierto comportamiento y eso les lleva a unirse a un grupo, y hay otros cuyo comportamiento viene determinado por la pertenencia al mismo.

No es el objetivo final lo que genera las mayores discrepancias y conflictos sino la elección del camino para lograrlo.

Un error habitual es el de considerar que el potencial propio está condicionado por el ajeno.

La suspicacia sistemática no te protege de nada, te limita.

La realidad nos afecta en función del tamiz que utilicemos para verla e interpretarla.

Conviene resistir la tentación de extrapolar a la totalidad de su actuación las virtudes de quien es afín a nuestras ideas y los defectos de los otros.

La asertividad no solo requiere una correcta contundencia al expresar las convicciones sino también sabiduría y oportunidad en el manejo de los silencios.

Un sincero repaso a la lista de decisiones tomadas a lo largo de nuestra vida nos permite verificar si hay alguna de la que no tengamos una responsabilidad completa.

Una correcta acción del rival genera incomodidad. Cualquier cosa menos agradecimiento o admiración.

La verdadera corrección es un hábito de convivencia y no una necesidad para conseguir ciertos fines.

Es importante saber conjugar las situaciones con el contexto. El «aquí y ahora» es excelente para disfrutar de la vida y nefasto como exigencia para la satisfacción de los deseos.

En los primeros lugares de la lista de reproches figura lo mismo que uno suele hacer. El motivo: es aquello que uno domina más.

Yo peso mucho más que mi circunstancia, pero de nada me servirá si lo ignoro.

En un vano intento de que nuestra opción figure como la única válida, adornamos al resto con todos los defectos y perversiones que se nos ocurran. Y todo ello por miedo a que otra sea percibida como mejor.

No se lo pongamos tan fácil a la mala suerte.

Ojalá cierre la fábrica de excusas y a los clientes no les quede otro remedio que buscar otros productos.

Raramente es tan bajo el techo que nos ponen como el que nos ponemos.

El primer desafío es profundizar de manera constante en el autoconocimiento; el segundo, intentar que los demás se convenzan de la necesidad de hacerlo.

La identificación de un defecto puede ser una buena noticia en función de lo que decidas hacer con él.

Un problema importante surge en el momento en que tu amor por el atajo supera al que le profesas al objetivo.

La manera de hacer una pregunta nos da pistas sobre la verdadera intención de quien la formula: conocer la verdad o satisfacer la necesidad de regalarse los oídos.

Un buen comunicador debe saber calibrar la probable percepción de su mensaje por parte de sus destinatarios.

Dentro del cofre del autoconocimiento he encontrado las llaves para abrir un montón de cofres más.

Mientras el miedo a cómo nos vean los otros siga pesando más que la dignidad personal, el nivel de autorrespeto no alcanzará las cuotas mínimas aceptables.

Tengo la sensación de que no ser conscientes de lo que somos capaces no suele suscitar la inquietud necesaria. Maldita ignorancia.

La brecha existente entre la conciencia de nuestra capacidad y lo que realmente hacemos constituye una disonancia cognitiva. Vivimos como si el arsenal de excusas fuera ilimitado.

La ayuda externa debe ser un complemento, no un sustituto.

Tener pensamiento propio no es el privilegio de una élite.

La observación requiere un papel en blanco, desprovisto del más mínimo prejuicio.

Si fueran coherentes, la pereza de tantos seres humanos para construir la deberían aplicar también para la destrucción.

Si somos sinceros, encontraremos más pruebas de que no estamos haciendo lo suficiente que excusas para justificarlo.

No encontrar más que virtudes en la ideología propia y defectos en las ajenas es señal de que se ha abandonado el mundo de las ideas para entrar en el de las necesidades.

La necesidad de seguir a un líder se incrementa cuando uno renuncia a liderar su propia vida.

La expresión facial del interlocutor revela si está escuchando para entender o si está buscando desesperadamente argumentos para triturar los de la otra parte.

Algo especial tendrá la mente humana cuando para la mayoría es mucho más apremiante señalar a un culpable que resolver el problema.

No es lo mismo creer que necesitar creer.

Tras haberse regalado el oído con bonitas palabras, uno debería preguntarse si no ha llegado el momento de darse un paseo por la realidad.

Es útil subirse al balcón. La altura te ayuda a vislumbrar a quién beneficia la crispación.

Antes de derramar el agua por el suelo, uno debería reflexionar sobre la dificultad de recogerla después.

Todo el mundo desearía que lo que le gusta fuera lo correcto, pero no espera la confirmación para seguir adelante.

Ser honesto es no condicionar nuestra opinión sobre la calidad personal o profesional de alguien a estar de acuerdo con su ideología.

Todo conflicto puede tener una solución. El problema es pensar que si no es la que propones, no es válida por definición.

Que los adictos a los problemas no se preocupen: los fabricantes están siempre al acecho por si se producen esos desagradables incidentes llamados soluciones.

Empecemos por indignarnos con nosotros mismos si renunciamos a tener una opinión propia y dejamos esa tarea en manos de quienes están dispuestos a cualquier cosa para que les sigamos.

Cada vez me deja más perplejo la perplejidad con la que muchos se quedan al constatar que alguien tiene la osadía de pensar de manera diferente a ellos.

No tiene sentido empeñarse en consensuar una definición de éxito.

Cada decisión es el resultado de poner en la balanza dos o más opciones, aunque la operación de pesaje dure centésimas de segundo. El autoconocimiento nos ayuda a descubrir la razón de nuestra elección.

En un conflicto es habitual que algunos tengan como objetivo mantener agarrado el mango de la sartén, aunque esta esté vacía.

No es lo mismo desear el reconocimiento justo que tener como objetivo de vida llevarse siempre el mérito. Cuestión de dosis.

El pensamiento crítico ha desaparecido, pero no veo ningún aviso para intentar localizarlo.

Sean cuales sean los protagonistas, la mayoría de veces el esquema del debate se reduce al traslado de la responsabilidad a los demás y a una ausencia absoluta de autocrítica. Aburrido, agotador, patético y estéril.

Por muy intenso que sea el esfuerzo puntual nunca podrá superar al que, siempre a partir de un determinado nivel, se mantenga constante.

La suma de la necesidad de imponer y la negativa a comprender forman la dieta de una sociedad que renuncia a ofrecer su mejor versión.

No es que el mundo necesite gente creativa, sino gente que esté dispuesta a poner en práctica la creatividad que ya tiene.

Vivir con el odio como bandera genera una adicción insaciable.

Da gusto estar con alguien a quien los obstáculos no le hacen perder de vista el objetivo.

Para la decisión de integrarse en un grupo, la necesidad de pertenencia pesa más que el nivel de calidad del mismo.

Es más fácil llegar a acuerdos y obtener un mayor porcentaje de lo deseado si se tienen en cuenta las necesidades de la otra parte.

Quien no está capacitado para gestionar un conflicto debería dejar el asunto en manos expertas. De no ser así estará demostrando que le importa mucho más su protagonismo que la solución.

Solo falta que al “Todo o nada” se le añada el “Ahora o nunca” para alejar sine die el objetivo deseado.

La agresividad, contrariamente a lo que se pretende con ella, no revela la posesión de la razón sino que actúa como su sustitutivo.

La ignorancia del potencial propio nos convierte en carne de manipulación y adoctrinamiento.

Las malas digestiones no son exclusivas de las críticas negativas; también hay quien se indigesta con un elogio.

Para mí, el nivel de estímulo de un reto es directamente proporcional al de su magnitud y calidad.

Uno de los grandes temas cotidianos tiene que ver con la iniciativa: esperar a ver qué nos depara el día o decidir qué le deparamos nosotros a él. Los resultados serán probablemente diferentes.

Pensar que la única solución a un conflicto es la que yo propongo es fruto de la prepotencia o de la ignorancia. O, seguramente, de la prepotencia causada por la ignorancia.

Hay personas a las que pides un servicio y te dan algo de mucha mejor calidad que lo solicitado. Son los que entienden el verdadero significado del concepto de relación humana.

Reflexión matinal: quién puede vivir hoy un poco mejor gracias a mi presencia en el mundo.

Seguramente hay varias personas que tienen grandes expectativas puestas en ti. Lo deseable es que en el número uno de esa lista estuvieras tú mismo.

Para todo aquel que no entiende ni tolera la discrepancia, todo lo que no le satisface es injusto.

No te quepa la menor duda: le importas a más personas de las que te imaginas. Aunque no te lo digan.

Al adoctrinado se le está diciendo que es incapaz de tener criterio personal. Insulto e intento de maltrato.

No olvidemos nunca, si queremos que la comunicación sea eficaz, que el objetivo no debe ser mostrarse astuto, moralmente superior o gracioso. Pensemos en el destinatario.

Seamos conscientes de que tos grandes proyectos supuestamente colectivos ocultan intereses fundamentalmente individuales.

El mayor error es creer a quien dice estar de acuerdo con tu fin, cuando lo único que comparte es tu medio, que usará, llegado el momento, para otra cosa.

El gran reto es saber vivir el presente. La nostalgia es, la mayoría de veces, un distorsión.

El pesimista tiene todos los elementos para gozar de su situación favorita: el pasado le duele porque ya no está aquí; el presente, porque escoge vivirlo como una penitencia; y el futuro, porque decide prever lo peor. Se reúne a diario con el victimista para retroalimentarse.

Supongo que perder el sentido de la realidad debe ser peor que no haberlo tenido nunca.

Hay cosas que, una vez experimentadas, no tienen vuelta atrás. Abrir la mente es una de ellas.

Uno de los mayores favores que nos podemos hacer es desarrollar al máximo y de forma permanente el criterio selectivo. Vale la pena ponérselo difícil a los manipuladores.

Para quien no toma decisiones en el momento oportuno la vida se convierte en una permanente y amarga especulación sobre su pasado.

Quien esté dispuesto al esfuerzo debería estar agradecido a todos aquellos que nos quieren colar falsedades sazonadas con alguna verosimilitud para darle apariencia de verdad. Nunca el estímulo para desarrollar el criterio propio había sido tan grande.

Es una falta de respeto intentar convencer a los demás de que sus opciones se reducen a un máximo de dos.

Los conflictos se parecen a los problemas de piel: si solo afrontas lo que se ve, las causas permanecen intactas.

Muchas convicciones consideradas inamovibles no son más que expresiones del miedo a reconocer ignorancias.

Los necesitados de permanente autobombo suele inclinar con mucha frecuencia la cabeza para mirarse los pies y verificar si su autoestima sigue aún ahí o ha desaparecido del todo.

El nivel lo tenemos, pero hay tres casos: no lo sabemos; lo sabemos pero decidimos no ponerlo en práctica; lo sabemos y vamos para adelante con él.

Nunca debemos olvidarnos de educar en el hábito del pensamiento propio y libre.

Me pregunto qué deseo motiva más: el de agradar o el de no decepcionar.

Pese a ser una de las trampas más antiguas, el maniqueísmo todavía consigue que sus redes sigan repletas de incautos.

La gente solo admite lo que le gusta oír. En alguna ocasión coincide con la realidad.

Me sorprende que tanta gente se conforme con una versión menor de sí mismos.

El problema no está en que lo que tú opines no coincida con lo que opinen determinadas personas. El problema está en tu necesidad de que así sea.

Cuanto más pequeño es el mundo que uno se construye, más incómodo se encuentra.

Los otros son víctimas de una maldición. No encuentro otra explicación al hecho de que siempre tengan la culpa de todo.

Cuánto talento vertido por las cloacas de la mediocridad, el conformismo y la manipulación.

Espero con ansia que llegue el día en que la expresión «Diálogo sincero» deje de ser un oxímoron.

La gente se muestra estupefacta ante el hecho de que los demás no estén de acuerdo con su monólogo.

Es sorprendente ver a supuestos negociadores retirándose de la mesa de negociación porque la otra parte tiene una posición inicial totalmente opuesta. ¿De qué se piensan que va la gestión de conflictos?

Se dice desear el entendimiento, pero se exige que sea el otro quien dé el primer paso. Lógico: los actos de conciliación debe iniciarlos el culpable, que siempre es el otro.

La tan habitual postura de desear una cosa y la opuesta al mismo tiempo, con el objetivo de contentar a todos, tiene exactamente el efecto contrario. Y, además, no ayuda a resolver el problema.

Comentarios (2)

  1. Fernando

    Muy valiosos sus aportes.

    Responder
    1. Javier Salvat (Publicaciones Autor)

      Muy amable por sus palabras, Fernando.

      Un cordial saludo.

      Responder

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